CRISTOLOGIA
PASION, MUERTE Y RESURECCION DE JESUCRISTO
CAPITULO I: INTRODUCCION.
Al resucitar Cristo venció a la muerte de
una vez y para siempre. La muerte ya no tendrá
dominio sobre Jesús, pues una vez que ha
iniciado su vida de resucitado permanecerá
así para siempre; por eso la resurrección
de Cristo es el único acontecimiento pleno,
definitivo, escatológico de toda la historia
de la salvación, porque aunque es un hecho
que se da en el tiempo y en la historia sin
embargo trasciende a la historia y al tiempo,
se hace eterno y entra en la dimensión de
Dios.
Si la salvación significa para el hombre
su comunión con Dios, entonces en la resurrección
de Jesús se da el máximo de la salvación
que Dios haya ofrecido al hombre, porque
en la resurrección de Cristo su humanidad
trasciende junto a la divinidad y entonces
se da una perfecta unidad del hombre con
Dios; esto significa que la humanidad de
Jesús ha sido totalmente conservada en su
resurrección, porque fue divinizada.
Por eso la resurrección de Cristo es el acontecimiento
principal de toda la historia de la salvación.
Todo lo sucedido antes de la resurrección
había sido provisional, comenzaba pero tenía
un fin; así por ejemplo el pueblo de Israel
fue liberado de la esclavitud del Faraón
y salió de Egipto; ciertamente Dios intervino
en ese acto, pero fue un acontecimiento provisional
porque más tarde Israel volvería a ser esclavo,
ya no de Egipto, pero sí de Asiria y Babilonia.
Al iniciar el estudio de la resurrección
de Cristo es importante darnos cuenta desde
un principio de que se trata de un hecho
sucedido en la historia pero que tiene alcances
hasta la eternidad; esto se ve con claridad
al comparar entre sí las narraciones que
hacen los evangelistas de la pasión y de
la resurrección de Jesús.
Hay en todos los evangelios una concordancia
en los hechos sucedidos en los últimos días
de la vida de Jesús; todos ellos los presentan
en el siguiente orden: Jesús entra en Jerusalén,
la Ultima Cena, la oración en el Huerto de
los Olivos, el juicio del Sanedrín, Jesús
ante Pilatos, ante Herodes, nuevamente ante
Pilatos, Barrabás, la crucifixión y la sepultura.
Esta claridad con que se encuentran descritas
la pasión y la muerte de Jesús se comprende
porque son acontecimientos que han sucedido
y están dentro de la historia. En cambio,
cuando los escritos del Nuevo Testamento
intentan describir la resurrección tienen
que recurrir a las más diversas expresiones
para poder narrar la experiencia que vivieron
los testigos al ver a Jesús resucitado; y
es que este hecho no pertenece a la historia
como la pasión y la muerte, sino que se trata
de una dimensión nueva jamás sucedida en
el devenir humano, y esta experiencia, única
en su género, tiene que ser también única
en su expresión literaria.
Antes de analizar los diversos pasajes bíblicos
que nos hablan de la resurrección, nos detendremos
a estudiar los últimos días de la vida de
Jesús, para comprender en donde está el valor
de su muerte y así entender por qué Dios
lo resucitó de entre los muertos.
Veamos ahora lo sucedido con Jesús y sus
discípulos durante los últimos días de la
vida terrena del Maestro, para ello seguiremos
los pasos que nos narran los evangelios,
buscando la razón de ser de esos pasos; después
nos acercaremos a la experiencia personal
de Jesús internamente, tratando de ver cuales
fueron sus sentimientos poco antes de morir,
todo esto hecho con el fin de valorar la
muerte de Jesús en su significado teológico.
II.A.- Los últimos días de Jesús sobre la
tierra.
La última etapa de la vida de Jesús comienza
cuando llega con sus discípulos a Jerusalén
para celebrar la Pascua Judía (Cf. Mc 11.1-11
y paralelos). Jesús es el Rabí (Maestro) de un grupo de discípulos a los
ha venido enseñando su doctrina y conviviendo
con ellos desde hace dos o tres años; ahora
han llegado juntos a Jerusalén para la celebración
que se aproxima. Los discípulos han aprendido
durante esos años a entender las acciones
de su Maestro y a escuchar su doctrina. En
Israel era frecuente encontrar grupos de
maestros y discípulos como este.
Jesús ha tenido la intención de fundar su
propia Iglesia, por eso es que llamó a sus
discípulos y los enseñó con su comportamiento
y su palabra. Esta misión de fundar la Iglesia
la fue descu-briendo por ser Hijo de Dios;
al final —después de su muerte— resultaría
hecha realidad, pero en esos días de su pasión
Jesús como hombre debió sufrir enormemente
la sensación de no haber cumplido su misión,
la cual habría ido descubriendo poco a poco
y de la cual estaría ya plenamente seguro,
tal como se lo había demostrado a sus discípulos.
Los judíos celebran cada año la Pascua para
conmemorar la intervención de Dios que los
salvó de la esclavitud en Egipto. Esta había
sido la mayor intervención de Dios en toda
la historia del pueblo de Israel, y por eso
los judíos festejaban cada año en Jerusalén,
donde se encontraba el Templo, el recuerdo
de la maravilla que Dios había obrado con
su pueblo. Jesús y sus doce discípulos llegaron
a Jerusalén para celebrar la Pascua y regresar
a Galilea donde continuaría su predicación
y su enseñanza, pero todo habría de cambiar
en unas cuantas horas; los acontecimientos
se desenvolvieron de tal manera y con tal
rapidez que todos quedaron desconcertados.
II.A.1.- Semana judía y semana actual.
Veamos ahora en un cuadro los pasos seguidos
por Jesús en Jerusalén, considerando un des-fase
entre los días de la semana judía y la cristiana,
pues en aquel tiempo los judíos contaban
la duración de los días a partir de una puesta
del sol, y su terminación hasta la siguiente.
La primera columna de la tabla siguiente
nos indica el día judío; en la segunda aparece
el mismo día, pero dividido en dos partes,
inicio y fin, con el propósito de compararlo
con las partes de nuestro día actual. En
la tercer columna se indican los días de
nuestra semana actual divididos también en
dos partes: día, que comprende desde el amanecer
hasta que oscurece, y noche hasta un nuevo
amanecer, ubicando en ellos los últimos acontecimientos
de la vida de Jesús en la parte que les corresponde.
|
Semana Judía:
|
Semana Cristiana: |
Suceso: |
|
Jueves |
Inicio: noche del miércoles. Fin: atardecer del jueves: |
Por la tarde: La Ultima Cena. Oración en Huerto de los Olivos. |
|
Viernes
|
Inicio: jueves en la noche: Fin: viernes al anochecer: |
Por la noche: Arresto de Jesús y juicio ante el Sanedrín
I. (Lc 22,54; Jn 18,13-24). Por la mañana: Juicio Sanedrín II (Mt 26,57-66; Lc 22,66-71) Jesús ante Pilatos I (Lc 23,2-7) Jesús ante Herodes (Lc 23,13-24) Jesús ante Pilatos II (Lc 23,13-24). Muerte en la cruz hacia las 3 PM. Sepultura, antes de del anochecer. |
|
Sábado
|
Inicio: viernes en la noche Fin: sábado al atardecer. |
Jesús está en el sepulcro, sus discípulos
se encuentran escondidos. |
|
Domingo |
Inicio: sábado por la noche. Fin: domingo al anochecer |
Jesús RESUCITA. |
Antes de analizar los diversos pasajes bíblicos
que nos hablan de la resurrección, nos detendremos
a estudiar los últimos días de la vida de
Jesús para poder comprender en donde está
el valor de su muerte, y así entender por
qué Dios lo resucitó de entre los muertos.
II.A.2.- La Ultima Cena.
En la tarde de nuestro jueves se reunió Jesús
con sus discípulos en Jerusalén para cenar,
sería la última vez que lo hiciera. Para
entonces ya se había dado cuenta de que el
Sanedrín lo buscaba.
El Sanedrín era la máxima autoridad religiosa
y civil de Israel; estaba formado por el
Sumo Sacerdote, un grupo de saduceos, un
grupo de fariseos y algunos ancianos de la
aristocracia laica. Como autoridad máxima
judía, el Sanedrín se vio obligado a intervenir
por las manifestaciones provocadas al llegar
Jesús a la ciudad, y luego al presentarse
en el Templo. No lo hizo de inmediato porque
sus miembros tenían miedo a la reacción del
pueblo sobre el cual Jesús ciertamente ejercía
influencia (Cf. Mt 21,14ss; Lc 19,47-48;
Jn 12,19), pero una vez decidido a intervenir
tenía que hacerlo antes de que comenzara
el sábado en que se celebraba la Pascua,
pues no hubiera sido posible hacerlo durante
la fiesta, por motivos religiosos. Entonces
convinieron los miembros del Sanedrín con
Judas Iscariote su traición y la entrega
de su Maestro en un lugar apartado.
II.A.3.- En el Huerto de los Olivos.
Después de cenar, Jesús y sus discípulos
se dirigieron al Huerto de los Olivos para
orar, porque Jesús sentía preocupación y
angustia (Mc 14,33), tanto que llegó a exclamar
en su oración "Padre, todo es posible para tí, aparta de
mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero,
sino lo que quieras tú" (Mc 14,36).
Los discípulos no comprendían lo que iba
a suceder y se quedaron dormidos; llegó entonces
la gente armada que había enviado el Sanedrín
a prender a Jesús, y Judas lo entregó con
un beso (Mc14,44-45). Jesús quedó hecho prisionero
y sus discípulos huyeron (Mc 14,50). Después de esto Jesús tendría
que caminar solo hacia la cruz.
Es importante darse cuenta de la traición
de Judas, de la reacción de los discípulos
y de las posteriores negaciones de Pedro.
En la reacción de los discípulos se constata
que todo lo que Jesús había enseñado y hecho
no fue suficiente para confirmarles la fe
en que él era el Hijo de Dios. Aparentemente,
al menos por esos días, no estaban convencidos
de la divinidad de Jesús, y es que ella no
era nada sencillo de entender.
El pueblo de Israel había sido depositario
de la revelación de Dios por más de mil años,
y estaba firmemente convencido de ser su
pueblo elegido (Ex 6,6ss), pero según la
revelación con-tenida en el Antiguo Testamento
Dios era un ser trascendente, omnipotente,
eterno, y por lo mismo extraño y lejano para
el mundo y para el hombre, al grado de que
los israelitas ni siquiera se atrevían a
pronunciar su nombre. Es cierto que Yahweh,
Dios, se manifestó en varias ocasiones al
pueblo de Israel, pero nunca descendió en
lo personal al mundo, sino que se comunicaba
con el pueblo a través de la nube, de los
ángeles, del sueño, etc. Ahora Jesús, con
sus treinta años de edad, se presenta en
medio del pueblo predicando que es el Hijo
de Dios, y dirigiéndose a él como un niño
se dirigiría a su padre, diciéndole Abbá,
hablándole con una de las palabras más familiares
que los niños pequeños aprendían a pronunciar.
El que Jesús llamara a Dios Abbá era una
verdadera blasfemia, una locura y un escándalo,
y el que un hombre se considerara Hijo de
Dios, y así lo predicara, era algo sencillamente
insoportable para los dirigentes religiosos
del pueblo judío.
Por otra parte Israel esperaba, y espera
todavía, un Mesías, si, pero de una personalidad
totalmente opuesta a la de Jesús; esperaba
un Mesías fuerte, a un hombre con poderes
divinos que fuera capaz de llevar al pueblo
hacia su libertad independizándolo del dominio
romano; que le uniera política y religiosamente,
que le diera prosperidad y bienestar; y Jesús
fue todo lo contrario. Esto explica la razón
que tenía el Sanedrín para tratar de acabar
con la vida de Jesús, ya que encontraba que
su predicación y su persona se apartaban
radicalmente de sus expectativas religiosas.
Jesús rompía con todos los moldes, su mensaje
no tenía cabida en el Antiguo Testamento.
Sería demasiado pedir que el Sanedrín pudiera
comprender lo que estaba sucediendo con Jesús;
sus propios discípulos, que lo conocieron
y convivieron con él, y que le vieron hacer
tantos milagros, no lo comprendieron: Judas
lo traicionó, Pedro lo negó, y los demás
lo abandonaron, ¿qué otra cosa iba a hacer
el Sanedrín?
Jesús se quedó solo prácticamente desde el
Huerto de los Olivos, incomprendido por los
apóstoles y por los judíos tendría que caminar
solo hacia la cruz y la muerte; desde ahora
con-templamos el paso tan difícil que debió
dar Jesús.
A lo largo de la historia de la salvación
Dios había pedido cosas difíciles: a Moisés
le pidió que liberara a todo un pueblo del
poder del Faraón, a Abraham que sacrificara
a su hijo Isaac, a María que aceptara ser
la madre del Hijo de Dios, etc., pero a todos
ellos Dios los protegió; a Jesús no, a Jesús
nadie le acompañó hasta su muerte, y fue
una muerte horrible.
En el capítulo siguiente, al tratar sobre
la actitud interna de Jesús en los últimos
días, veremos el significado de la traición
de Judas, de las negaciones de Pedro y de
la cobardía de los demás discípulos.
II.A.4.- Arresto de Jesús.
"Todavía estaba hablando, cuando de pronto
llegó Judas, uno de los Doce, acompañado
de un grupo con espadas y palos, de parte
de los sumos sacerdotes, de los escribas
y de los ancianos. El que le iba a entregar
les había dado esta contraseña: Aquel a quien
yo dé un beso, ése es, prendedle y llevadle
con cautela. Nada más llegar, se acerca a
él y le dice: Rabbí, y le dio un beso. Ellos
le echaron mano y le prendieron" (Mc 14,34-46).
El pueblo judío había sido conquistado por
el imperio romano desde el año 63 a.C.; con
él, al igual que con todas sus colonias,
la forma de dominio seguida fue de un gran
respeto hacia sus instituciones políticas
y religiosas, y en general hacia sus valores
culturales, militares, etc. La táctica romana
de dominio consistía en tener un representante
en el país, llamado Procurador, y varias
legiones de soldados encargados de imponer
y conservar la paz, tanto militar como diplomática-mente,
para que el pueblo pudiera trabajar y pagar
sus tributos al Emperador. Por eso el Sanedrín, como máxima autoridad
civil y religiosa de Israel, tenía cierta
libertad de acción; contaba incluso con un
pequeño ejército con el cual podía imponer
el orden entre los judíos, pero que era insuficiente
en número para enfrentarse a las legiones
romanas.
Junto con sus soldados, el Sanedrín envió
a un grupo de personas encargadas de hacer
aparecer el arresto de Jesús como consecuencia
de una pequeña revuelta callejera.
II.A.5.- Sanedrín I.
"Los que prendieron a Jesús le llevaron ante
el Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían
reunido los escribas y los ancianos... Entonces
el Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos y dijo:
¡Ha blasfemado! ¿Qué os parece? Respondieron
ellos diciendo: Es reo de muerte" (Mt 26,57 y 65-66).
"Caifás era el que aconsejó a los judíos que
convenía que muriera un solo hombre por el
pueblo" (Jn 18,14).
Jesús fue llevado ante el Sanedrín por primera
vez el mismo jueves en la noche; a partir
de entonces el procedimiento seguido para juzgarlo fue totalmente ilegal.
La legislación judía prescribía que los delitos
mayores, los merecedores de la pena capital,
se examinaran solamente de día, nunca en
tiempo de fiestas y nunca en el transcurso
de solo día. Además, los judíos estaban auto-rizados
para dar muerte ellos mismos a un reo por
blasfemia mediante el procedimiento de lapidación
(He 7,55s); sin embargo lo entregaron a Poncio
Pilatos para ser crucificado, lo cual indica
que la intención del Sanedrín era otra que
simplemente la de ejecutar a un blasfemo,
y es que Jesús había adquirido tal renombre
que los judíos tenían miedo de echarse al
pueblo encima en caso de ordenar ellos que
fuera lapidado, por eso les era más conveniente
hacer que lo condenaran los roma-nos por
motivos aparentemente políticos.
El mismo jueves por la noche el Sanedrín
declaró a Jesús reo de muerte, como lo comenta
el evangelio de Mateo, y sus miembros discutieron
acerca de la acusación. La sentencia que
reporta el evangelio de Juan en 18,14 nos
da la clave del resultado: "...convenía que muriera un solo hombre por
el pueblo".
Las acusaciones presentadas contra Jesús
fueron muchas: Considerarse Hijo de Dios,
considerarse el Mesías, correr a los vendedores
y cambistas del Templo, predecir la destrucción
de su edificio, llamar Abbá a Dios, pretender
tener poder de perdonar los pecados, etc.
La verdad es que Jesús con su actuación ponía
en tela de juicio toda la religión judía,
y esto resultaba intolerable para el Sanedrín,
de allí la frase del Sumo Sacerdote, era
mejor que muriera Jesús y no que todo el
pueblo se viera afectado en la base misma
de su religión.
La primera reunión con Jesús esa noche fue
para declararlo reo de muerte, pero el Sanedrín
quiso que muriera crucificado por los romanos
y no lapidado por los judíos.
II.A.6.- Sanedrín II.
"Llegada la mañana, todos los sumos sacerdotes
y los ancianos del pueblo celebraron consejo
contra Jesús para darle muerte. Y después
de atarle le llevaron y le entregaron al
Procurador Pilatos" (Mt 27,1-2).
El viernes por la mañana se reunió por segunda
vez el Sanedrín para preparar la estrategia
que seguirían para acusar a Jesús ante Poncio
Pilatos. En esta segunda reunión las acusaciones
cambiaron totalmente respecto a las que se
habían presentado la noche anterior: Acusarían
a Jesús de no querer pagar los impuestos
y de proclamarse Rey de los judíos, en oposición
al Emperador romano; incurriría entonces
en el grave delito de rebelión contra la
autoridad imperial y merecería el castigo
de morir en la cruz (Cf. Lc 23,2-3).
II.A.7.- Poncio Pilato I.
"Comenzaron a acusarle diciendo: Hemos encontrado
a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo
pagar tributos al César y diciendo que él
es Cristo Rey. Pilatos le preguntó: ¿Eres
tú el Rey de los judíos? El le respondió: Si, tu lo dices. Pilatos
dijo a los sumos sacerdotes y a la gente:
Ningún delito encuentro en este hombre. Pero
ellos insistían diciendo: Solivianta al pueblo,
enseñando por toda Judea, desde Galilea,
donde comenzó, hasta aquí. Al oír esto, Pilatos
preguntó si aquel hombre era Galileo. Y,
al saber que era de la jurisdicción de Herodes,
le remitió a Herodes, que por aquellos días
estaba también en Jerusalén" (Lc 23,2-7).
El evangelio de Lucas nos informa de una
primer comparecencia de Jesús ante Pilatos,
quien lo encuentra inocente pero lo envía
ante Herodes por ser originario de Galilea;
a su vez, Herodes no quiere juzgarlo y lo
regresa al Procurador Pilatos. Los otros
tres evangelistas condensan estos hechos
en una sola presentación ante Pilatos, sin
mencionar la visita a Herodes.
La actitud y las palabras de Pilatos nos
muestran que él no encuentra culpa en Jesús
y que se ha dado cuenta de su inocencia desde
el primer momento que lo vio, sin embargo
como Procurador romano debe buscar la paz
en su territorio, y un punto clave para ello
es conservar las buenas relaciones con el
Sanedrín; de allí su táctica evasiva de enviar
a Jesús con Herodes, y luego de dar al pueblo
a escoger entre la libertad de Jesús y la
de Barrabás. Desde su posición como funcionario
romano Pilatos no cree que Jesús se haya
rebelado contra el imperio, pero sí capta
lo importante que es para el Sanedrín condenar
a Jesús, por eso al final terminará lavándose
las manos en señal de que el castigo impuesto
ha sido por complacer a los judíos y no por
las acusaciones hechas a Jesús.
II.A.8.- Herodes.
"Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho,
pues hacía largo tiempo que deseaba verle
por las cosas que oía de él, y esperaba presenciar
alguna señal que él hiciera. Le preguntó
con mucha palabrería, pero él no respondió
nada. Estaban allí los sumos sacerdotes y
los escribas acusándole con insistencia.
Pero Herodes, con su guardia, después de
despreciarle y burlarse de él, le puso un
espléndido vestido y le remitió a Pilato" (Lc 23,8-11).
A la muerte de Herodes el Grande, en el año
4 a.C., el Emperador Augusto hizo que se
cumplieran sus disposiciones testamentarias
y dividió el reino entre sus hijos, dando
la zona nor-occidental a Herodes Filipo,
la Galilea a Herodes Antipas, y Samaria y
Judea a Arquelao. En el año 6 d.C., ante
la incapacidad de Arquelao como gobernante,
se añadieron Judea y Samaria a la provincia
de Siria y quedaron bajo el mando del Procurador
de Siria; es por eso que cuando ocurrió la
pasión de Jesús el sur de Palestina estaba
gobernado por Poncio Pilato, mientras que
Galilea lo era por Herodes Antipas, aunque
éste también estaba sometido al Imperio Romano;
todo esto nos lo confirma Lucas en 3,1: "En el año quince del imperio de Tiberio César
siendo Poncio Pilato Procurador de Judea,
y Herodes Tetrarca de Galilea...".
Poncio Pilatos, al saber que Jesús era de
Galilea, y en un intento por disuadir al
Sanedrín de sus acusaciones, envió al prisionero
ante Herodes Antipas aprovechando que éste,
como él mismo, se encontraba en Jerusalén
con motivo de la fiesta de Pascua. Por su
parte Herodes también se dio cuenta de la
responsabilidad que le pasaba Pilato; él
tenía poder para mandar lapidar a Jesús,
pero en conciencia no podía hacerse cargo
de ejecutar el plan del Sanedrín, por lo
que decidió regresarlo al Procurador.
II.A.9.- Pilato II.
"Pilatos convocó a los sumos sacerdotes, a
los magistrados y al pueblo y les dijo: Me
habéis traído a este hombre como alborotador
del pueblo, pero yo lo he interrogado delante
de vosotros y no he hallado en este hombre
ninguno de los delitos de que lo acusáis.
Ni tampoco Herodes, porque nos lo ha remitido.
Nada ha hecho, pues, que merezca la muerte.
Así que le castigaré y le soltaré. Toda la
muchedumbre se puso a gritar a una: ¡Fuera
ése, suéltanos a Barrabás! Este había sido
encarcelado por un motín que hubo en la ciudad
y por asesinato. Pilato les habló de nuevo,
intentando liberar a Jesús, pero ellos seguían
gritando: ¡Crucifícale, crucifícale..." (Lc 23,13-21).
En este pasaje vemos cómo Pilatos, en su
intento por no ejecutar a Jesús, recurre
a la costumbre de dejar en libertad a un
prisionero como regalo romano a los judíos
por la celebración de la Pascua, pues Pilatos
sigue convencido de la inocencia de Jesús.
Ante esta actitud, el Sanedrín se encarga
de difundir entre el pueblo instrucciones
para que se grite pidiendo la libertad de
Barrabás y la condenación de Jesús; entonces,
cuando Pilatos pregunta a la muchedumbre
cuál de los dos prisioneros debe ser puesto
en libertad, todos responden en favor de
Barrabás. Tal vez en otras circunstancias
los judíos no habrían aceptado la liberación
de un asesino, sin embargo el Sanedrín veía
en Jesús un peligro mucho mayor que el que
ofrecía Barrabás, ya que Jesús con su doctrina
cuestionaba todo el fundamento de la religión
judía, según la entendían los maestros de
la Ley.
Pilatos, habiendo agotado todos sus recursos,
viendo la insistencia del Sanedrín y teniendo
como prioridad el salvaguardar la paz en
la región a su cargo, en un último intento
preguntó: "Y ¿qué voy a hacer con el que llamáis Rey de
los judíos?".
II.A.10.- La crucifixión.
"Pilatos entonces, queriendo complacer a la
gente, les soltó a Barrabás y entregó a Jesús,
después de azotarle, para que fuera crucificado" (Mc 15,15).
La crucifixión era el castigo que los romanos
daban por los delitos más graves, como la
rebelión o el asesinato; lo aplicaban para
hacer desistir a la población de cometer
esos delitos, y para ello los reos eran puestos
en el suplicio en sitios donde pudieran ser
vistos por mucha gente. Era común que antes
de la crucifixión se diera a los condenados
un trago de vino con alguna droga que adormecería
sus conciencias y atenuaría su sufrimiento,
pero Jesús lo rechazó; también era una tradición
que los soldados encargados de la ejecución
se repartieran las ropas de los condenados,
como sucedió con Jesús. Estos dos hechos
adquirieron, vistos a la luz de las profecías
de los Salmos del Dolor (22,19 y 69,22),
una especial importancia para los evangelistas
que vieron en ellos su cabal cumplimiento.
También era costumbre colocar sobre el crucificado
un letrero en el que se indicaba la causa
de su condena. San Juan en 19,19 recuerda
que la tabla de la acusación de Jesús contenía
una inscripción el hebreo, griego y latín
que decía: "Jesús Nazareno, el Rey de los Judíos".
Los signos extraordinarios que según los
evangelios acompañaron a la muerte de Cristo
quieren ser testimonio de que una nueva era
ha comenzado: Las tinieblas que se extendieron
por todo el país y la ruptura de la cortina
del Templo que cubría al Sancta Sanctorum,
lugar santísimo donde solamente el Sumo Sacerdote
podía entrar para ofrecer el sacrificio expiatorio.
Estas señales son expresión y símbolo de
que la Antigua Alianza había terminado y
comenzaba un nuevo orden divino (Cf. Heb
8,6-13). También es testimonio de ello la
confesión del centurión romano al pie de
la cruz: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (Mc 15,39); en ella vemos que en el
momento en que el pueblo judío dejaba que
su Mesías muriera en manos de los romanos,
surgió la confesión de que Jesús es el Hijo
de Dios en labios de uno sus verdugos.
II.A.11.- La sepultura.
Por lo general la muerte de los crucificados
ocurría después de largas horas, cuando que-daban
exhaustos. Normalmente eran sepultados en
fosas comunes ubicadas en sitios apartados,
pero la valiente intervención de José de
Arimatea evitó que a Jesús le fuera dada
esa clase de sepultura: él fue donde Poncio
Pilatos y le pidió el cuerpo de Jesús para
sepultarlo en una tumba de su propiedad,
excavada en la roca (Cf. Mc 15,42s).
La relación que escribieron los evangelistas
sobre la sepultura de Jesús es sobria, concisa
y objetiva, pero precisamente es así como
la sepultura se convierte en la confirmación
oficial de su muerte. La sepultura es una
consecuencia de la muerte, es la muerte llevada
a su consumación perceptible para los sobrevivientes;
el entierro manifiesta en forma visible la
partida del hombre de este mundo, su separación
definitiva de la sociedad humana; el entierro
es la última despedida que los sobrevivientes
harán al difunto. Se trata de una separación
definitiva que fue vista por San Pablo como
la ruptura final del hombre con el pecado
del mundo.
II.B.- Valor teológico de la muerte de Jesús.
II.B.1.- Introducción.
Analizamos en las páginas anteriores los
últimos momentos de la vida terrena de Jesús
con-templados desde un punto de vista externo,
es decir desde el proceso seguido contra
Jesús por el Sanedrín y por Poncio Pilatos,
y las razones que los judíos y romanos tuvieron
para condenarlo a morir en la cruz. En esta
sección se tratará de ver cómo sufrió Jesús
su muerte y qué experiencia humana le significó;
de esta manera podremos comprender, por una
parte, la generosidad de Dios, y por la otra
el valor insustituible que tuvo la muerte
de Jesús en la cruz para la salvación de
los hombres. Para descubrir esta experiencia
interna de Jesús hemos de recurrir a la figura
del Siervo de Yahweh presentada en el Antiguo Testamento.
II.B.2.- El Siervo de Yahweh.
a).- Los cuatro himnos del Siervo.
La figura del Siervo de Yahweh se encuentra
escrita en el libro del profeta Isaías, en
la forma de cuatro himnos o cantos: Is 42,1-4;
49,1-6; 50,4-9; 52,13 a 53,12; de estos cuatro
himnos es el cuarto el que está más lleno
de dramatismo y el que mejor delinea la figura
del Siervo, dice:
"He aquí que prosperará mi Siervo, será enaltecido,
levantado y ensalzado sobremanera. Así como
se asombraron de él muchos, pues tan desfigurado
tenía el aspecto que no parecía hombre ni
su apariencia era humana, otro tanto se admirarán
muchas naciones; ante él cerrarán los reyes
la boca, pues lo que nunca se les contó verán,
y lo que nunca oyeron reconocerán ¿Quién
dio crédito a nuestra noticia? Y el brazo
de Yahweh ¿a quién se le reveló? Creció como
un retoño delante de él, como la raíz de
tierra árida. No tenía apariencia ni presencia;
y no tenía aspecto que pudiéramos estimar".
"Despreciable y desecho de hombres, varón
de dolores y sabedor de dolencias, como uno
ante quien se oculta el rostro, despreciable,
y no le tuvimos en cuenta".
"Todos nosotros como ovejas erramos, cada
uno marchó por su camino y Yahweh descargó
sobre él la culpa de todos nosotros. Fue
oprimido, y él se humilló y no abrió la boca.
Como un cordero al degüello era llevado,
y como oveja que ante los que la trasquilan
está muda, tampoco él abrió la boca".
"Tras el arresto y juicio fue arrebatado,
y de sus contemporáneos ¿quién se preocupa?
Fue arrancado de la tierra de los vivos;
por las rebeldías de su pueblo ha sido herido;
y se puso su sepultura entre los malvados
y con los ricos su tumba, por más que no
hizo atropello ni hubo engaño en su boca.
Mas plugo a Yahweh quebrantarle con dolencias.
Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia,
alargará sus días, y lo que plazca a Yahweh
se cumplirá por su mano. Por las fatigas
de su alma, verá la luz, se saciará. Por
su conocimiento justificará mi Siervo a muchos
y las culpas de ellos él soportará.
Por eso le daré su parte entre los grandes
y con poderosos repartirá despojos, ya que
indefenso se entregó a la muerte y con los
rebeldes fue contado, cuando él llevó el
pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes".
Este cuarto himno, así como los tres que
le preceden, fueron escritos en una de las
épocas más difíciles de la relación que vivió
el pueblo de Israel con Dios. Yahweh había
prometido a su pueblo darle una numerosa
descendencia, una tierra propia para que
la habitara, un Rey, una Ley y un Templo:
|
Promesa de descendencia numerosa: |
1800 a.C |
A Abraham. |
|
Promesa de un territorio propio:
|
1200 a.C. |
A Moisés y Josué |
|
Promesa de una Ley: |
1170 a.C. |
A Moisés. |
|
Promesa de una gran dinastía: |
1000 a.C. |
A David. |
|
A David. |
950 a.C. |
A Salomón. |
Todas estas promesas le había cumplido Dios
a Israel como pueblo, sin embargo él no supo
corresponder a esa generosidad, no cumplió
la parte que le correspondía, fue infiel
a su Dios (Cf. Ez 16,23s). Por esa falta
de correspondencia Yahweh quitó a Israel
todas las promesas que le había cumplido;
esto sucedió históricamente en el año 586
a.C., fecha en la que Babilonia conquistó
a Israel, destruyó el Templo de Jerusalén,
deportó a su Rey y a la mayor parte del pueblo
apropiándose su territorio, le suprimió la
Ley que había recibido Moisés y le obligó
a seguir la propia de Babilonia; finalmente
hizo que los israelitas tuvieran que casarse
con babilonios, perdiendo así la pureza de
su raza. Fue en la amargura de este exilio
cuando un profeta escribió los cantos del
Siervo de Yahweh.
El profeta Isaías expresa en estos cantos
la experiencia dolorosa de un pueblo que
se ve abandonado por su Dios (Is 40-55).
Los sufrimientos y las calamidades del Siervo
reflejan la situación que afronta el pueblo
de Israel al tener que vivir la amarga experiencia
de su exilio en Babilonia, la cual acepta
como un castigo por su infidelidad. En ese
momento de dolor, abandono y sufrimiento,
Dios la da a su pueblo una esperanza que
el Deutero-Isaías recoge en la figura del
Siervo de Yahweh.
b).- Contenido doctrinal de los cantos del Siervo
de Yahweh.
El Siervo de Yahweh:
1.- Es inocente, no tiene culpa (53,9).
2.- Carga con las culpas de los demás (53,7):
"Yahweh descargó sobre él las culpas de todos
nosotros".
3.- No reclama (42,2): "No vociferará ni alzará el tono, y no hará
oír en la calle su voz".
(50,6): "Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban
y mis mejillas a los que
mesaban mi barba"
4.- Dios mismo le infringió este sufrimiento
(53,6): "Yahweh descargó sobre él la culpa de todos
nosotros", (53,10): "Mas plugo a Yahweh quebrantarle con dolencias".
5.- Lo abandonaron los suyos (49,7): "Aquel cuya vida es despreciada y es abominado
de las gentes".
6.- Dios mismo lo abandonó (49,4): "Pues yo decía: Por poco me he fatigado, en
vano e inútilmente mi vigor he gastado ¿De
veras Yahweh se ocupa de mi causa, y mi Dios
de mi trabajo?
7.- Y Dios le había encomendado una misión
(42,3s): "Lealmente hará justicia; no desmayará ni
se quebrará hasta implantar en la tierra el derecho,
y su instrucción atenderán las islas. Así
dice Dios..."
8.- Su vida termina en el más completo abandono,
sin haber podido descubrir para qué lo había
llamado Dios. Ya muerto es enterrado entre
los malhechores (53,9): "Y se puso su sepultura entre los malvados".
c).- Valor salvífico del sufrimiento del
Siervo.
El sufrimiento del Siervo se convierte en
causa de salvación para los demás, y al padecer
en favor de los otros lo hace también en
favor suyo; al cargar con la culpa, la anula;
queda así puesta la condición necesaria para
la salvación designada metafóricamente como
una curación: "El soportó el castigo que nos trae la paz,
y con sus cardenales hemos sido curados" (53,5).
La salvación que da el Siervo de Yahweh consiste
en un estado de seguridad, que resulta del
apaciguamiento ((shalom = paz) instaurado en todos los ámbitos de
la vida humana y que, como lo muestran sobre
todo las descripciones bíblicas del estado
original y de la salvación escatológica,
se debe en último término a la paz con Dios;
y la paz, para la Biblia, es un estado de
armonía de todas las relaciones del hombre
con Dios, con los demás seres humanos y con
la naturaleza.
La obra y la salvación del Siervo tendrán
un éxito perdurable. Esta idea del éxito
final luego de pasar por todas las dificultades
se encuentra en los poemas del Siervo (42,2;
49,4; 50,7s) y culmina con la proclamación
de Yahweh en el Canto cuarto; en él, el Siervo
obtendrá un éxito inaudito e inesperado,
para maravilla de los pueblos y reyes "subirá y crecerá mucho" (52,13s). Este éxito se ilustra mediante
dos series de imágenes típicamente bíblicas:
una pertenece al ámbito militar por tratarse
de una victoria en batalla, "le dará una multitud como parte, y tendrá
como despojo una muchedumbre"; la otra está tomada del ámbito forense
y se refiere a la victoria de su causa ante
el tribunal, cuando finalmente el Siervo
sea reconocido como justo (53,11).
La exaltación, victoria o justificación del
Siervo consiste en que "verá la luz" (53,11). En el lenguaje de la Biblia
y del Oriente antiguo esto significa que
vivirá y "prolongará sus años" (53,10); el Siervo podrá incluso trasmitir
la vida después de la muerte: "Verá su descendencia" (53,10); así el Siervo vuelto a la
vida transmitirá esa vida , y siendo justo
justificará a Israel. En cuanto sea exaltado,
ejercerá la misión de mediador entre Dios
y los hombres.
II.B.3.- La muerte de Jesús y la figura del
Siervo.
La muerte de Jesús nos hace ver que su misión
no es otra que la descrita para el Siervo
de Yahweh, ya que él hizo realidad aquello
que en el libro del profeta Isaías era solamente
una promesa. Jesús es el Siervo de Yahweh,
y su figura como tal ejerció un influjo notable
en la Cristología del Nuevo Testamento (Cf
Mc 1,11; 10,45; Lc 22,37; 24,25-26; He 3,13-18;
8,26-36; I Cor 15,3; 2 Cor 5,21; Fil 2,7;
Heb 9,28).
Jesús, al igual que el Siervo, es inocente;
por eso Pilatos se lava las manos. Jesús
carga con las culpas de los demás: "Cristo murió por nuestros pecados" (I Cor 15,3). Jesús no reclama: "pero no sea lo que yo quiero, sino lo que
tu quieras" (Mc 14,36). Dios mismo le infringe
este sufrimiento: "¡Abba, Padre!; todo es posible para ti; aparta
de mí esta copa...". Lo abandonaron los suyos, Pedro no
negó (Mc 14,66-72), Judas lo traicionó, sus demás discípulos se escondieron
(Mc 14,50), Dios mismo parece haberlo abandonado:
"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".
La muerte de Jesús tiene valor por haberse
cumplido en ella la profecía del Siervo de
Yahweh y no por el sufrimiento físico que
implicó, pues muchos otros también sufrieron
el dolor tremendo de ser crucificados, y
otras personas han padecido enfermedades
muy dolorosas por un tiempo más largo que
el que duraba el tormento de la crucifixión.
La vida y la muerte de Jesús tienen un enorme
valor por la confianza que durante ellas
demostró en su Padre Dios, una confianza
sin límites llevada hasta el extremo.
Tratemos ahora de comprender lo que pasaba
en el interior de Jesús durante sus últimos
días.
Jesús, a medida que iba creciendo y desarrollándose,
descubría su divinidad. Este descubrimiento
no debe haberle sido sencillo de aceptar,
porque como ser humano era igual a nosotros
y por lo tanto tenía nuestra misma anatomía
y nuestra misma forma de pensar, de tal manera
que para poder juzgar algo necesitaba contar
con elementos; su juicio era limitado pues
como humano no podía adivinar el futuro,
ni predecirlo, ni conocer lo que las personas
sentían y pensaban. Era de nuestra misma
condición en todo, menos en el pecado. Como
Dios, en cambio, lo sabía todo, podía comprender
las cosas presentes, las pasadas y las futuras;
era omnisciente y omnipotente.
Cuando Jesús comenzó a descubrirse como Dios,
cuando comenzó a notar que Dios estaba presente
en él, tuvo que ir poco a poco aprendiendo
a traducir su divinidad a términos de su
humanidad; es como el caso de un místico
que tenga una experiencia muy fuerte de Dios,
que tiene que aprender a expresarla con la
lógica y dentro de las categorías humanas
para que sea comprensible a los demás.
Jesús siempre fue Dios, desde su nacimiento
hasta su muerte, desde antes de encarnarse
hasta después de ser glorificado en la Resurrección,
pero como hombre verdadero tuvo que pasar
por un proceso humano para comprender su
divinidad; podríamos decir que a medida que
iba creciendo, humanamente hablando, aprendía
a comprender a Dios y a convivir con él.
El conocimiento pleno de su misión en el
mundo fue manifestado por Jesús en la sinagoga
de Nazaret, en una ocasión que ha sido recordada
por Lucas en 4,16-21: "Vino Jesús a Nazaret, donde se había criado, y, según su costumbre, entró en la sinagoga
el día sábado, y se levantó para hacer la
lectura. Le entregaron el volumen del profeta
Isaías, y desenrollando el volumen, halló
el pasaje donde estaba escrito: 'El Espíritu
del Señor está sobre mí, porque me ha ungido
para anunciar a los pobres la Buena Nueva,
me ha enviado para proclamar la liberación
a los cautivos y dar la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos y proclamar
el año de gracia del Señor'. Enrollado el
volumen lo devolvió al ministro, y se sentó.
En la sinagoga todos los ojos estaban fijos
en él. Comenzó a decirles: 'Esta Escritura,
que acabáis de oír, se ha cumplido hoy" A continuación Jesús manifestó a los
presentes que en él se cumplía todo aquello que el profeta Isaías había
escrito muchos años antes. Se trata este
texto de una profecía de carácter mesiánico,
y si Jesús se la aplicó es porque tenía la
certeza de ser el Mesías, el Salvador de
los hombres.
Tomando el cuenta que Jesús se había descubierto
como el Hijo de Dios, a quien llamaba Abba, el haberse identificado en la sinagoga
como el Mesías y Salvador profetizado por
Isaías no puede reducirse a un momento de
emoción religiosa, sino a una realidad comprendida
que también es aceptada por Pedro en Mc 8,27-29
cuando Jesús pregunta "¿Quién dicen los hombres que soy yo?. Ellos
le dijeron, unos, que Juan el Bautista; otros
que Elías; otros que uno de los profetas.
Y él les preguntaba: y vosotros ¿quién decís
que soy yo?. Pedro le contesta: 'Tú eres el Cristo..."
A lo largo de su vida Jesús se ha descubierto
ser el Hijo de Dios y se ha percatado de
su misión como Mesías, sin embargo en el
momento en que se encuentre próximo a morir
todo habrá de cuestionarlo, pues se verá
traicionado por Judas, negado por Pedro y
abandonado por todos los suyos. Ya desde
su oración en el huerto de Getsemaní Jesús
comienza a sentir una terrible angustia humana,
y se dirige al Padre: "Abba, todo es posible para tí; aparta de
mí esta copa..." (Mc 14,36). El hecho de que estas
palabras hayan sido conservadas en arameo
es prueba de que se trasmiten tal como fueron
dichas por Jesús; en ellas manifiesta el
horror tremendo que experimenta al ver que
su existencia terminará en la cruz, y lo
que es peor, sentir que allí fracasará su
misión. Luego, en sus últimos momentos, apelará
al Padre pensando que también El le ha abandonado:
"Eloi, Eloi, ¿lema sabactani?", Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?, palabras que el evangelista
Marcos conservó también en arameo, la lengua
madre de Jesús.
La muerte de Jesús es una tremenda desilusión
porque implica que todo aquello que había
experimentado como Hijo de Dios venía a convertirse
en una mera ilusión; su muerte en la cruz
implicaba que había fracasado en el cumplimiento
de su misión, que ni era el Hijo de Dios,
ni el Mesías, ni el Salvador. Esta desilusión
es la que sentía Jesús, el hombre, aquel
viernes en que era sentenciado a muerte por
Poncio Pilatos; pero sería el hecho de continuar
hasta la cruz a pesar del abandono de los
suyos, de obedecer ciegamente a Dios a pesar
de su aparente abandono, lo que lo convertirá
en el Salvador de los hombres, en el Mesías,
porque Hijo de Dios nunca dejó de serlo.
La cruz nos da una gran luz sobre el significado teológico de la vida y la muerte de Jesús: Si Jesús pudo llegar hasta ella es porque durante su vida pudo sentir su filiación divina y la cercanía de Dios. Fue para él tan única la experiencia de descubrir a Dios en su propia persona como lo fue única su muerte en la más completa soledad y abandono. Ciertamente él sintió el abandono de Dios poco antes de morir, pero sabía en el fondo de su ser que era verdad todo aquello que descubrió en su vida, que era auténtica su filiación divina, que Dios se la demostró permitiéndole hacer numerosos prodigios, y por eso creyó contra toda esperanza.
La muerte en cruz de Jesús nos muestra el
inmenso amor de Dios que se hizo hombre en
Jesús. Solamente por esta tan especial presencia
de Dios en sí mismo pudo llegar Jesús con
fidelidad hasta su último momento.
II.B.4.- La muerte de Jesús y la actitud
de sus discípulos.
La actitud de los apóstoles habla también
de lo difícil que fue para Jesús terminar
su vida terrena en la cruz.
Aquella trágica semana de su muerte los discípulos
habían llegado a Jerusalén con su Maestro
para celebrar la Pascua, pero repentinamente
los acontecimientos hicieron que cambiara
por completo el curso de la vida de Jesús
al ser apresado. Si Jesús pudo continuar
solo después de su captura fue porque había
sido en su propia persona testigo de la más
grande manifestación de Dios: su Encarnación.
Los discípulos de Jesús, en cambio, no pudieron
seguirlo.
a).- La traición de Judas.
"Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote,
fue donde los sumos sacerdotes, y les dijo:
¿Qué queréis darme y yo os lo entregaré?
Ellos le asignaron treinta monedas de plata.
Y desde ese momento andaba buscando la oportunidad
para entregarle" (Mt 26,14-16).
Todos los datos que nos proporcionan los
Evangelios sobre Judas se entienden mejor
si pensamos que entregó a su Maestro, más
que por cualquier otra razón, para poner
a prueba su divinidad; por eso al ver que
Jesús no hacía nada por salvarse se asustó,
fue a regresar las monedas que había recibido
y se ahorcó. Judas quería convencerse de
que Jesús era el Hijo de Dios, el Mesías,
y con su lógica muy personal pensó que entregándolo
al Sanedrín lo obligaría a manifestar su
poder para liberarse; cuando Judas se dio
cuenta de que no sucedía así, y que Jesús
sería crucificado, cayó en una profunda crisis
de arrepentimiento por la magnitud de la
traición que había realizado. Judas nunca
quiso que su Maestro muriera, él lo que quería
era que demostrara su poder divino.
"Entonces Judas, el que le entregó, viendo
que había sido condenado, fue acosado por
el remordimiento, y devolvió las treinta
monedas a los sumos sacerdotes y a los ancianos,
diciendo: 'Pequé entregando sangre inocente'.
Ellos dijeron: 'A nosotros, ¿qué? Tú verás'. El tiró las monedas en el Sanedrín;
después se retiró y fue y se ahorcó" (Mt 27,3-5). Como se deduce de este
pasaje de Mateo, la verdadera intención de
Judas no era cobrar el dinero por su traición
sino adelantar las cosas; quiso obligar a
Jesús a que manifestara su divinidad y por
eso lo entregó.
b).- Las negaciones de Pedro.
"Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote,
y se reúnen todos los sumos sacerdotes, los
ancianos y los escribas. También Pedro le
siguió de lejos, hasta dentro del palacio
del Sumo Sacerdote, y estaba sentado con
los criados, calentándose al fuego... Estando
Pedro abajo en el patio, llega una de las
criadas del Sumo Sacerdote y al ver a Pedro
calentándose, le mira atentamente y le dice:
'También tu estabas con Jesús de Nazaret'.
Pero él lo negó: 'Ni se ni en-tiendo qué
dices', y salió fuera, al portal, y cantó
un gallo. Le vio la criada y otra vez se
puso a decir a los que estaban allí 'Este
es uno de ellos'. Pero él lo negaba de nuevo.
Poco después, los que estaban allí volvieron
a decir a Pedro: 'Ciertamente eres uno de
ellos pues además eres Galileo'. Pero él,
se puso a echar imprecaciones y a jurar ¡Yo
no conozco a ese hombre de quien habláis!
(Mc 14,53-54; 66-71).
Pedro es el discípulo que más tiempo sigue
a Jesús, le sigue hasta el momento en que le llevan ante el Sanedrín por primera
vez. Pedro quiere hasta el último momento
creer en su Maestro , se hace el valiente
y le acompaña, pero cuando ve que a él lo
identifican como uno de sus discípulos siente
miedo de ser también condenado y niega a
Jesús, públicamente lo desconoce; pero los
demás discípulos ni siquiera intentaron seguirlo,
corrieron a esconderse en cuanto lo prendieron.
II.C.- Conclusión.
Una cosa está clara entre todos estos sucesos
de la pasión y muerte de Jesús: nada de lo
que él les enseñó a sus discípulos, nada
de las actividades que con ellos había realizado,
ni siquiera sus numerosos milagros, bastaron
para convencerlos de la divinidad, del mesianismo
y de la salvación contenidos en su Maestro.
A pesar de todo lo dicho y hecho por Jesús
sus discípulos lo abandonaron porque en los
últimos momentos de su vida dudaron de él.
Esto es muy importante para la Cristología,
porque significa que la verdadera confirmación
de todas las pretensiones de Jesús está en
su resurrección. Sin el misterio de la resurrección
la divinidad de Jesús y su mesianismo seguirían
siendo una realidad, pero sólo para Jesús
mismo, porque nadie más hubiera creído que
era el Hijo de Dios, el Mesías y el Salvador.
La resurrección viene a ser el acontecimiento
pleno, definitivo y escatológico que muestra
el amor generosísimo del Padre para con el
hombre. La vida terrena de Jesús tiene también
una gran importancia: era verdaderamente
tan imprescindible como se verá luego en
el tema de la Encarnación, ya que sin la
experiencia personal de los discípulos que
convivieron con él nadie hubiera podido identificar
a Jesús resucitado, nadie hubiera podido
ser testigo de este acontecimiento fundamental
de la Historia de la Salvación.
II.D.- Nota bibliográfica sobre la pasión
y muerte de Jesús.
Para una mayor información sobre los temas
tratados en este capítulo se recomienda la
lectura de las siguientes obras:
Bornkamm G., "Jesús de Nazaret", en especial
las páginas 23 a 54 del capítulo 'Tiempo
y ambiente'; también las páginas 174 a 192
del capítulo 'El viaje de Jesús a Jerusalén'.
Turín, 1968.
AA. VV., "Textos de la época del exilio: El Siervo
de Dios". Tomo I, páginas 167 a 190.
H. Urs von Balthasar, "Camino de la cruz".
Mysterium Salutis Tomo II, páginas 195 a 233.
- - o - -
CAPITULO III: LA RESURRECCION DE JESUS.
III.A.- Introducción.
Unos hombres, los once apóstoles, cuya existencia
y actividad conocemos por el Nuevo Tes-tamento,
atestiguan que han sido encontrados otro
hombre, Jesús, que ha vuelto de la muerte.
Nuestros contemporáneos quisieran juzgar
con pruebas el valor de su testimonio, pero
el testimonio que versa sobre una experiencia
única de fe no es en sí mismo verificable.
Para los hombres de la Biblia la verificación
de los hechos no puede descansar en Dios,
que hace lo que quiere, sino sola-mente en
el hombre, que puede equivocarse.
En ninguna otra ocasión se ha acercado tanto
Dios al hombre como en el momento de la resurrección
de Jesús, por eso mismo esa presencia suya
tan única y tan extremadamente fuerte desbarata
cualquier lenguaje o cualquier expresión
humana que trate de englobarla; y así como
Jesús tuvo que aprender a expresar su divinidad
en términos de su humanidad, así también
los Once tuvieron que expresar en términos
convincentes su experiencia de haber encontrado
a Jesús, su Maestro, resucitado y glorificado.
Los once apóstoles dudaron de la divinidad
de Jesús en los últimos momentos de su vida
terrena porque no tenían ningún punto de
referencia o de comparación para creer en
ella, solamente tenían la palabra del hombre
Jesús, que predicando y haciendo milagros
los había invitado a creer en él como el
Hijo de Dios; luego vino su muerte y con
ella la desilusión total. Pero después el
panorama cambió radicalmente, porque los
Once que anduvieron con él lo encontraron
vivo, resucitado, vencedor de la muerte;
entonces sí creyeron en todo lo que él les había enseñado.
Esta vivencia única de los apóstoles debieron
trasmitirla primero a través de la predicación
oral y luego a través de sus escritos; es
así como encontramos en el Nuevo Testamento
toda una serie de textos, expresiones, y
afirmaciones referentes a la resurrección
de Jesús de entre los muertos.
El Nuevo Testamento es hoy para nosotros
expresión de lo que fue para los once apóstoles
el seguir a su Maestro por dos o tres años
antes de su muerte. Los once pudieron identificar
a Jesús resucitado porque lo conocían; de
la misma manera para que nosotros podamos
identificar la presencia de Jesús resucitado
en nuestras vidas necesitamos conocer la
experiencia de los once apóstoles expresada
en el Nuevo Testamento. Ahora bien, todo
el material que habla sobre la resurrección
de Jesús en el Nuevo Testamento puede reducirse a tres categorías o géneros literarios:
apariciones, relatos de la tumba vacía y
fórmulas de fe; cada uno de estos géneros
corresponde a diversas circunstancias y contextos,
de manera que para poder obtener una experiencia
coherente de la resurrección de Nuestro Señor
necesitamos analizar cada uno de estos tres
géneros.
Antes de pasar al análisis de ellos, es útil
ver en un cuadro sinóptico todos los textos
neotestamentarios clasificados según los
tres géneros mencionados.
III.B.- Cuadro sinóptico de los textos.
III.B.1.- Apariciones de Jesús resucitado.
a).- Desde el punto de vista de Jesús:
"Se hizo ver" (Textos datados entre los años 33
y 70 d.C.)
1.- I Cor 15,5
2.- Mc 16,7
3.- Mt 28,16-17
"Se presentó" (Corporalización de Jesús. Textos
datados entre los años 70 y 100 d.C.)
1.- Mc 16,9-20
2.- Lc 24,13-35
3.- Lc 24,36-49
4.- Jn 20,19-23
5.- Jn 20,24-39
6.- Jn 21, 1-13
b).- Desde el punto de vista de los testigos.
Testigos oficiales de la resurrección: Los
once apóstoles.
Testigos no oficiales:
a).- Pablo de Tarso.
b).- Todos los apóstoles, los 500 hermanos
(I Cor 15,5-8), los dos
discípulos de Emaús (Lc 24,13-35), los dos
discípulos (Mc 16,12).
c).- Las mujeres.
III.B.2.- Relatos de la tumba vacía. (Entre los años 60 y 100 d.C,)
1.- Mc 16,1-8
2.- Mt 28,1-20
3.- Lc 24,1-10
4.- Jn 20,1-18
III.B.3.- Las fórmulas de fe.
1.- I Cor 15,3ss.
2.- I Tes 1,10; 4,14
3.- Rom 10,5-8; 10,9
4.- I Tim 3,16
5.- Ef 4,7-10
6.- I Pe 3,18-22; 4,6
III.C.- Las apariciones.
El testimonio más impactante desde el punto
de vista psicológico, y el de mayor valor
histórico y teológico sobre la resurrección
de Jesús, es sin duda alguna el contenido
en los relatos de las apariciones. Con el
objeto de poder estudiarlos mejor nos fijaremos
primero en la forma en que presentan esos
relatos a Jesús resucitado, para luego ver
a quienes se les aparece y evaluar el testimonio
de los diversos personajes que presenciaron
la resurrección.
III.C.1.- Las apariciones, vistas desde Jesús.
Por la forma en que se expresa la manera
en que Jesús se presentó ante los testigos
de su resurrección, encontramos una evolución
comprendida en dos etapas bien identificables:
Al principio, en los relatos escritos entre
el año 33 y el 70, los testigos describen
su experiencia diciendo que Jesús "se
les hizo ver"; es hasta después del
año 70, cuando ya estaban escritos los evangelios
de Marcos y Mateo, cuando se comienza a corporalizar
a Jesús resucitado.
a).- Se hizo ver.
1.- En I Cor 15,3.
San Pablo, en su primer Carta a los Corintios,
15,3, escribe: "Os trasmití, en primer lugar, lo que recibí:
Que Cristo murió por nuestros pecados, según
las Escrituras; que fue sepultado y resucitó
al tercer día, según las Escrituras, que
se hizo ver de Cefas...". La antigüedad de este texto está
garantizada por la misma fecha de la carta
que se ubica entre los años 55 y 56, y sobre
todo por la forma en que Pablo hace la introducción
"Os trasmito, en primer lugar, lo que a mi
vez recibí". Se trata del paso de una tradición
oral a escrita, donde trasmitir y recibir son términos técnicos utilizados en el judaísmo
para indicar la memorización y la comunicación
de un mensaje impor-tante como este que Pablo
trasmite y que antes recibió, el cual parece,
por su origen, ser el texto más antiguo del
Nuevo Testamento, pues se le sitúa entre
los años 40 y 42 d. C, apenas unos siete
después de la resurrección.
que "se hizo ver"; en el griego original es ophte, un aoristo pasivo del verbo orao, que significa "ver". La utilización
de esta expresión indica que se trata de
un hecho pasado, y la acción está expresada
en forma pasiva. Se hizo ver, algo que estaba oculto se hizo visible,
pero eso no depende del observador sino de
Cristo resucitado; él es el agente activo
y de él depende que se le vea; esto significa
que no cualquier persona podía haberlo visto,
sino solamente aquellas que él quiso que
le vieran.
La expresión "se hizo ver" desborda ampliamente el aspecto sensible.
Cuando Dios se hizo ver de Abraham y de Moisés,
ellos no lo percibieron de forma sensible
porque nunca lo habían visto. Con las apariciones
de Cristo pasa lo mismo: la visión de aquellos
que no le conocieron no afecta sus sentidos,
pero los discípulos que con él convivieron
sí lo sienten, sí lo ven y lo escuchan, y
sí pueden hacer sensible esa experiencia
dándole forma y expresión. Pero repetimos:
el que Jesús se haga ver no depende de la
voluntad de los discípulos, ya que no se
trata de un objeto físico que el que quiera
puede ver, sino que es el mismo Jesús quien
produce un efecto tal en sus discípulos que
ellos se dan cuenta, sin lugar a dudas, que
se trata de su Maestro que ha dejado de estar
muerto y ahora se nuestra nuevamente vivo
ante ellos. San Pablo, que encontró a Jesús
en el camino a Damasco, no pudo identificarlo
porque no lo conocía; solamente sabía que
estaba presenciando la aparición de un ser
extraordinario a quien preguntó ¿Quién eres tú, Señor?
Es importante hacer notar que el hacerse ver de Jesús tiene por objeto comunicar algo
a quien lo ve, realizar alguna acción o enviar
a una misión, como veremos más adelante.
2.- En Mc 16,6-7.
"No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret,
el Crucificado; ha resucitado, no está aquí.
Ved el lugar donde lo pusieron. Pero id a
decir a sus discípulos y a Pedro que irá
delante de vosotros a Galilea; allí le veréis,
como os dijo".
Si tomamos en cuenta que Mc 16,9-20 es un
apéndice posterior a la redacción original
del evangelio de Marcos, hecho probablemente
por la comunidad primitiva con pasajes de
los demás evangelios y del libro de Hechos
de los Apóstoles, como lo demostró V. Taylor
en su obra "The Gospel According to
St. Mark" (Londres 1963, pag. 610-615),
entonces lo único que originalmente diría
el evangelio de Marcos es: "allí le veréis" (16,7). Esto no resulta extraño ya
que el evangelio de Marcos es el más antiguo
y por eso, al igual que en las cartas de
Pablo, sólo se habla de Jesús resucitado
con la expresión "se hizo ver".
En Mc 14,27 dice Jesús a sus discípulos:
"Todos os vais a escandalizar, ya que está
escrito: 'Heriré al pastor y se dispersarán
las ovejas. Pero después de mi resurrección,
iré delante de vosotros a Galilea". Esto lo dice Jesús cuando van de
camino hacia el Huerto de los Olivos, es
decir, poco antes de ser hecho prisionero.
Pensamos que Marcos se refiere a una aparición
de Jesús resucitado cuando dice "allí le veréis"; de ser así, Marcos y Pablo cuando
hablan de las apariciones de Jesús solamente
lo hacen en el sentido de la expresión "se
hizo ver", pues el "allí le veréis" de Marcos es una acción que depende
solamente de Jesús al hacerse ver y reconocer,
no depende de los que lo observan.
3.- En Mateo 28,16-17.
"Por su parte, los once discípulos marcharon
a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Y al verle le adoraron; algunos sin embargo
dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló
así..."
Aquí, como Marcos y Pablo, Mateo utiliza
el verbo "ver" aplicado a las apariciones
de Jesús, sin embargo comienza ya a corporalizar
al resucitado pues lo presenta hablando con
sus discípulos, cosa que no sucedió con los
otros, que escribiendo antes que Mateo solamente
dicen que Jesús se hizo ver. Más adelante
veremos cuando y por qué se hizo necesario
"dar cuerpo" a Jesús resucitado
en una forma más clara en los evangelios
de Lucas y Juan, que fueron los últimos en
ser escritos.
La mención de Galilea como el lugar donde
los discípulos verían a Jesús, tanto en Marcos
16,7 como en Mateo 28,16, se debe a una tradición
que menciona a Galilea como el lugar de donde
debe partir la difusión del Evangelio.
4.- Conclusión.
En el encuentro de Jesús resucitado con sus
discípulos el acento recae en las experiencias
sensibles, como lo indica el significado
del verbo griego ophté que aparece en los textos decisivos: 4 veces
en I Cor 15,3ss; en Lc 24,34; y en He 9,17;
13,31; 16,9; 21,16. En los LXX se utiliza este verbo para denominar la
manifestación de Dios o de los seres celestes,
que normalmente son inaccesibles a los ojos
humanos porque no podrían soportarlos y porque
a Dios no puede vérsele sino cuando él mismo
desea manifestarse. El verbo opthé dice, pues, más que lo que significa una
visión, ya que el punto de reconocimiento
no es del sujeto hacia el objeto, como en
la visión común, sino del objeto de la aparición
al sujeto que ha de percibirla.
Por significar el verbo ophté la irrupción de lo oculto e invisible en
el ámbito de lo visible, resulta un término
especialmente adecuado para calificar el
momento de la intervención de Jesús resucitado
en la historia humana. El uso de este verbo
como el término más antiguo para designar
la última manifestación de Jesús, nos ayuda
mucho a comprender el significado que debe
darse a la expresión "aparición",
pues como ya hemos dicho señala que el acto
depende únicamente de Jesús que sale al encuentro
de quien él quiere, cuando él quiere, y como
él quiere, y no del testigo; pero debe quedar
bien claro que el problema de dar testimonio
de su resurrección radica en poder reconocer
en él al mismo Jesús previamente conocido
en su vida terrena.
b).- "Se presentó..."
Encontramos en el Nuevo Testamento una segunda
etapa en lo que se refiere a la forma en
que se describen las apariciones de Jesús
resucitado; en esta etapa aparece alguna
característica que indica que la figura aparecida
dispone de un cuerpo humano, la aparición
se "corporaliza". Recién ocurrida
la resurrección de Jesús, esta segunda etapa
no era necesaria porque todavía vivían los
testigos de su vida y sus hechos (principalmente
los once discípulos que podían identificar
cualquier manifestación de Jesús), pero con
el tiempo unos fueron muriendo y otros llegando
a una edad avanzada, y las comunidades cristianas
se iban multiplicando mientras Jesús seguía
actuando en la historia de la Iglesia, haciéndose
presente en ella como lo prometió cuando
dijo "Yo estaré con vosotros todos los días, hasta
el fin del mundo" (Mt 28,19).
La pérdida de los testigos de la resurrección,
por su muerte o su avanzada edad, hizo que
se fuera dificultando la identificación de
Jesús resucitado con Jesús crucificado, y
es en ese momento cuando los discípulos de
los apóstoles comenzaron a convertir en expresión
literaria lo que para sus maestros había
sido vivencia. Así, corporalizando la aparición
del resucitado, quedaba establecida para
siempre la identidad entre el Jesús que vivió,
que fue hombre y murió crucificado, y el
que se apareció luego de haber resucitado.
Sin esta corporalización que se da en los
evangelios de Lucas y de Juan habría existido
el peligro de que la identificación de Jesús
no se hubiera hecho en la forma precisa;
entonces Jesús quedaría sin influir en la
historia humana, porque muertos los testigos
de la resurrección la humanidad vendría a
quedar como si nunca hubiera resucitado.
Jesús, sin el testimonio de los apóstoles
y la corporalización de sus apariciones en
los evangelios, ciertamente habría resucitado
de entre los muertos, pero ningún ser humano
sobre la tierra podría haberlo afirmado con
certeza; por eso es que el papel de los once
apóstoles es fundamental para la vida de
la Iglesia, porque son ellos los que nos
hablan de la resurrección, son ellos los
que garantizan para todo el futuro de la
humanidad que el Hijo de Dios, Jesucristo,
ha resucitado y está presente en su Iglesia.
1.- Marcos 16,14-15.
"Por último, estando a la mesa los once discípulos,
se les apareció y les echó en cara su incredulidad
y su dureza de corazón, por no haber creído
a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo...".
Este apéndice al evangelio de Marcos contiene
dos elementos de corporalización: están los
discípulos sentados a la mesa, y el resucitado
les habla. El primer elemento de corporalización,
"estando a la mesa los once discípulos", se encuentra también en Lucas 24,36
y en Juan 20,19. Juan nos da, además, un
elemento interesante: "estando cerradas, por miedo a los judíos,
las puertas del lugar donde se encontraban
los discípulos, se presentó Jesús en medio
de ellos..."; dice el texto claramente que fue
Jesús quien entró para encontrarse con sus
discípulos que estaban encerrados por miedo
a que les hicieran lo mismo que a su Maestro.
Al igual que en los escritos de Marcos, Mateo
y Pablo, Jesús es quien se hace reconocer
por sus discípulos; ellos están inmovilizados
por el miedo pero para Jesús resucitado no hay obstáculos,
no lo detienen las puertas cerradas; solamente
él puede hacer eso.
El segundo elemento de corporalización es
hacer que la aparición de Jesús hable a los
discípulos, y este es un tema que ya habíamos
visto al estudiar a Mateo 28,16-17.
El habla es uno de los dones más espirituales
que hay en el hombre, ya que en el momento
de hablar requerimos de una inteligencia
humana capaz de interpretar lo que nosotros
decimos, por eso no es de extrañar que el
primer elemento de corporalización de Jesús
resucitado sea precisamente el habla.
La palabra es un elemento que tiene en toda
la Sagrada Escritura una gran importancia;
ya desde el Génesis es la Palabra de Dios
la que crea (Gn 1,3.6.9.11.14 etc.), y a
todo lo largo de la Biblia encontraremos
ejemplos de la fuerza divina y humana contenida
en la comunicación oral. Así en el texto
de Marcos que estamos comentando, lo que
Jesús resucitado dice a los discípulos, a
continuación, es la encomienda de llevar
su Evangelio a todas las gentes, pero este
aspecto especial lo veremos más adelante
al estudiar a los Once como testigos oficiales
del triunfo de Jesús sobre la muerte.
En Marcos 16,12 dice el Evangelio lo siguiente:
"Después de esto, se apareció, bajo otra figura,
a dos de ellos cuando iban camino a una aldea". Aquí encontramos otro elemento de
corpo-ralización, "bajo otra figura",
en el que no se precisa de qué se trata.
Es muy probable que Marcos se refiera a los
dos discípulos de Emaús mencionados en Lc
24,13ss porque también ellos se dirigían
a una aldea, y también ellos, como en la
versión de Marcos, se volvieron para comunicar
la noticia a los demás. Trataremos sobre
estos dos discípulos más adelante, al estudiar
a los testigos no oficiales de la resurrección
de Jesús, aquí solamente nos interesa el
elemento de corporalización que es citado
escuetamente como "bajo otra figura".
2.- Lucas 24,13-35.
"Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo
llamado Emaús, que distaba sesenta estadios
(como dos kilómetros y medio) de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre
todo lo que había pasado. Y sucedió que,
mientras ellos conversaban y discutían, el
mismo Jesús se acercó y siguió con ellos;
pero sus ojos estaban retenidos para que
no le reconocieran. El les dijo: '¿De qué
discutís entre vosotros mientras vais andando?'
Ellos se pararon con aire entristecido. Uno
de ellos llamado Cleofás le respondió: '¿eres
tú el único residente en Jerusalén que no
sabe las cosas que estos días han pasado
en ella?' El les dijo: '¿Qué cosas?' Ellos
le dijeron: 'Lo de Jesús el Nazareo, que
fue un profeta poderoso en obras y palabras
delante de Dios y de todo el pueblo; cómo
nuestros sumos sacerdotes y magistrados le
condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros
esperábamos que sería él que iba a liberar
a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos
ya tres días desde que esto pasó. El caso
es que algunas mujeres de las nuestras nos
han sobresaltado, porque fueron de madrugada
al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron
diciendo que hasta habían visto una aparición
de ángeles, que decían que él vivía. Fueron
también algunos de los nuestros al sepulcro
y lo hallaron tal como las mujeres habían
dicho, pero a él no le vieron'. El les dijo:
'¡Oh insensatos y tardíos de corazón para
creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No
era necesario que el Cristo padeciera esto
y entrara así en su gloria?' Y, empezando
por Moisés y continuando por todos los profetas,
les explicó lo que había sobre él en todas
las Escrituras. Al acercarse al pueblo a
donde iban, él hizo ademán de seguir adelante.
Pero ellos le forzaron diciéndole: 'Quédate
con nosotros, porque atardece y ya el día
ha declinado'. Y entró a quedarse con ellos.
Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con
ellos, tomó el pan, pronunció la bendición,
lo partió y se los iba dando. Entonces se
les abrieron los ojos y le reconocieron,
pero él desapareció de su lado. Se dijeron
uno a otro: '¿No estaba ardiendo nuestro
corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba
en el camino y nos explicaba las Escrituras?'
Y, levantándose al momento, se volvieron
a Jerusalén y encontraron reunidos a los
Once y a los que estaban con ellos, que decían:
'¡Es verdad! ¡E Señor ha resucitado y se
ha aparecido a Simón!' Ellos, por su parte,
contaron lo que habían pasado en el camino
y cómo le habían conocido en la fracción
del pan".
2.a.- El Resucitado.
Esta narración de la aparición de Jesús resucitado
se apega a una tradición que viene desde
el Antiguo Testamento: se trata de un personaje
divino que toma forma humana para alternar
con los hombres, y que desaparece en el instante
mismo en que su identidad se ha manifestado;
así tenemos que Yahweh se pareció a Abraham
y se paseó con él adoptando la figura humana
(Gn 18,1ss); el ángel Rafael acompañó a Tobías
sin ser reconocido (Tob 5,4) y luego se volvió
repentinamente invisible (Tob 12,21); es
la misma situación que encontramos en Marcos
16,12 donde Jesús se aparece con otro semblante,
o en Juan 20,15 donde María Magdalena confunde
a Jesús con el hortelano.
No se trata de que Jesús se aparezca con
distintos semblantes o con diversos disfraces,
sino que el problema es más bien de los testigos:
son sus ojos los que en un principio están
impo-sibilitados para reconocer a Jesús,
y luego, cuando él así lo quiere, se abren
y le reconocen (Lc 24,16.31). Lucas "corporaliza"
así a Jesús resucitado no para que sea reconocido
por los dos discípulos de Emaús, sino para
enseñar a los cristianos de su tiempo que
el lugar del encuentro con Jesús es en la
Eucaristía. Vamos ahora a analizar este relato
en relación con la fracción del pan y más
adelante estudiaremos por qué surgió la necesidad
de esta corporalización.
2.b.- Lo reconocen al partir el pan.
Si comparamos la descripción de la Fracción
del Pan que hace aquí Lucas, con la narración
de la Ultima Cena, nos daremos cuenta de
la similitud que existe entre ambas:
|
Lc 24,30:
|
Lc 22,19: |
|
"Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición,
lo partió y se los iba dando...". |
"Tomó el pan, y, dadas las gracias, lo partió y se los dio diciendo...". |
La manera de bendecir el pan, de partirlo
y dárselo a los discípulos es igual en uno
y otro relatos. Parece ser que la intención de Lucas
al escribir este pasaje de la aparición de
Jesús a los discípulos de Emaús fue el de
mostrar que será en la Eucaristía donde los
cristianos encontrarán a Jesús resucitado;
pero ese encuentro, por supuesto, no será
igual a la experiencia vivida por los once
apóstoles. Ahora, si comparamos el episodio
de Emaús con los Hechos de los Apóstoles,
cuando Felipe el evangelizador de Samaria
bautiza al eunuco, encontraremos bastante
concordancia en la forma:
|
Lc 24,13-33:
|
He 8,26-39: |
|
En el camino de Jerusalén a Emaús van dos
discípulos. |
En el camino de Jerusalén a Gaza se encuentran Felipe y el eunuco. |
|
Jesús se acerca a los dos discípulos y los
interroga. |
Felipe alcanza al carro e interroga al eunuco. |
|
Los discípulos relatan a Jesús los hechos
que los turban. |
El eunuco pide explicaciones a Felipe sobre el texto de Isaías. |
|
Jesús explica las Escrituras y les aclara
el sentido de los hechos. |
Felipe anuncia lo concerniente a Jesús, aclarando así el texto de Isaías. |
|
Los discípulos invitan a Jesús para que se
quede con ellos. |
El eunuco solicita el bautismo. |
|
Jesús parte el pan, y los discípulos le reconocen.
Jesús desaparece. |
Felipe bautiza al eunuco, y en seguida desaparece. |
|
Todavía emocionados, los discípulos regresan
a Jerusalén |
El eunuco sigue su camino lleno de gozo. |
Lucas, que escribió tanto su evangelio como
el libro de los Hechos, estructura con un
mismo esquema las dos narraciones. En ellas
tanto Jesús resucitado como Felipe interpretan
el texto del Antiguo Testamento en función
de Cristo; los peregrinos y el eunuco, por
su parte, expresan una demanda semejante: la aclaración de los hechos,
y la Eucaristía y el Bautismo constituyen
el punto culminante de estos relatos. En
ambos episodios Lucas muestra cual debe ser
el comportamiento cristiano: encontrar a
Jesús resucitado en el Bautismo y en la Eucaristía.
3.- Lucas 24,36-49.
"Estaban hablando de estas cosas cuando él
se apareció en medio de ellos y les dijo:
'¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan
dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos
y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved
que un espíritu no tiene carne y huesos como
véis que yo tengo'. Y diciendo esto, les
mostró las manos y los pies. Como ellos no
acabasen de creerlo a causa de la alegría
y estuviesen asombrados, les dijo: '¿Tenéis
aquí algo de comer?' Ellos le ofrecieron
parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante
de ellos".
3.a.- "Un espíritu no tiene carne ni
huesos".
Lucas se propone aquí mostrar que la aparición
de Jesús no es una simple ilusión, que Jesús no es un espíritu ni un fantasma, porque
en ese tiempo se creía en los espíritus (Cf
Mc 6,49; Mt 14,29), pues según la mentalidad
hebrea los espíritus de los muertos podían
reaparecer, siendo reconocidos porque no
tenían cuerpo (Cf I Sam 28,13-14; 2 Sam 5,1;
Gn 29,14); es por eso que Lucas quiere defender
el mensaje de la resurrección de Jesús contra
quien pudiera argumentar que los discípulos
habían visto simplemente a un fantasma.
La expresión "no tiene carne ni huesos" significa que la visión es real; esta
es una forma lite-raria de distinguir el
mundo corpóreo del incorpóreo. Sin embargo
Lucas no tiene la intención de afirmar que
el Resucitado tiene cuerpo, pues en su mismo
evangelio dice "Los hijos de este mundo toman mujer o marido,
pero los que alcancen a ser dignos de tener
parte en aquel mundo y en la resurrección
de los muertos, ni ellos tomarán mujer ni
ellas marido, ni pueden ya morir, porque
son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo
hijos de la Resurrección" (Lc 20,36). También san Pablo habla
del "cuerpo espiritual del resucitado"
en I Cor 15,42ss.
3.b.- "Mirad mis manos y mis pies".
Esta expresión, Mirad mis manos y mis pies, se encuentra en forma semejante en el evangelio
según san Juan, 20,20: "Les mostró las manos y el costado...", y es una expresión típica para demostrar
la identidad de Jesús crucificado con Jesús
resucitado; indica que el mismo hombre que
fue crucificado, que tiene las señales de
la cruz, las huellas de los clavos en las
manos y en los pies, y la huella de la lanza
en el costado, es el mismo que ahora está
vivo y se les aparece resucitado.
La corporalización o materialización de Jesús
resucitado es propia de los evangelios de
Lucas y Juan, ambos escritos después del
año 70, y su intención es mostrar que la
aparición presenciada no es la de un fantasma
ni la de un impostor, sino que se trata precisamente
del mismo Jesús de Nazaret que conserva las
huellas de su pasión y muerte.
3.c.- "Lo tomó y comió delante de ellos".
En la Sagrada Escritura el acto de comer
tiene el significado de comienzo de una nueva
vida: Elías comió pan antes de emprender
el camino hacia el monte Horeb (I Re 19,1-8);
Ester dispuso una fiesta cuando comprobó
que su pueblo había escapado del aniquilamiento;
Job comió cuando supo que su prueba había
terminado (Job 42,11); el propio evangelio
de Lucas 15,23 nos habla del banquete que
el padre da a su hijo pródigo cuando regresa
arrepentido; por eso el hecho de que Jesús
coma delante de sus discípulos significa
que ya no está muerto, que ha resucitado,
que ha iniciado una nueva existencia.
La resurrección marca el inicio de una nueva
era para el hombre, porque al haber resucitado
Jesús surge la esperanza de que la existencia
humana no terminará con la muerte.
4.- Juan 20,19-23.
"Al atardecer de aquel día, el primero de
la semana, estando cerradas, por miedo a
los judíos, las puertas del lugar donde se
encontraban los discípulos, se presentó Jesús
en medio de ellos y les dijo: 'La paz sea
con vosotros'. Dicho esto, les mostró las
manos y el costado. Los discípulos de alegraron
al ver al Señor. Jesús les dijo otra vez:
'La paz con vosotros...".
4.a.- "...el primero de la semana".
La aparición a los once apóstoles "al
atardecer de aquel día, el primero de la
semana" y a Tomás ocho días después,
no pueden ser tomadas como indicaciones cronológicas
estrictas sino como evocaciones litúrgicas;
se trata de la tradicional celebración de
la Eucaristía que en la Iglesia primitiva
se efectuaba al atardecer de nuestro día
sábado, que para los judíos era ya domingo,
coincidiendo con el oficio divino que se
celebraba en las sinagogas.
4.b.- "estando cerradas, por miedo a
los judíos, las puertas...".
Si Jesús se presenta entre los apóstoles
estando las puertas cerradas, no es para
mostrar su capacidad de pasar a través de
ellas, sino porque el evangelista quiere
hacernos ver que es Jesús resucitado quien
sale al encuentro de los discípulos. Ellos
echaron los cerrojos a las puertas por miedo
a los judíos, pero Jesús se aparece libremente
ante ellos cuando quiere, sin que esos obstáculos
puedan detenerlo.
4.c.- "La paz con vosotros".
Esta frase aparece también en Lc 24,36. Al
saludar a sus discípulos con estas palabras
Jesús no trata de darles el saludo acostumbrado
entre los judíos ni de expresarles un deseo,
sino de otorgarles el don que les había prometido
en Jn 14,27.28, en su discurso de despedida:
"Os dejo mi paz, mi paz os doy; no os la doy
como la da el mundo. No se turbe vuestro
corazón ni se acobarde. Habéis oído que os
he dicho: Me voy al Padre y volveré a vosotros..."
4.d.- "Les mostró las manos y el costado".
Aquí no muestra Jesús sus manos y sus pies
como en el evangelio de Lucas, sino sus manos
y su costado, pero la intención del pasaje
es la misma en ambos evangelios: la de mostrar
la identidad de Jesús crucificado y resucitado.
Esta razón de la identificación de Jesús
explica el gozo con que los discípulos aceptan
la invitación de ver sus manos y su costado,
de otra manera sería ilógico que pudieran
alegrarse de ver las huellas del sufrimiento
de su maestro.
5.- Juan 20,24-29.
"Tomás, uno de los doce, llamado el Mellizo,
no estaba entre ellos cuando vino Jesús.
Los otros discípulos le decían: 'Hemos visto
al Señor'. Pero el les contestó: 'Si no veo
en sus manos la señal de los clavos y no
meto mi dedo en el agujero de los clavos
y no meto mi mano en su costado, no creeré'.
Ocho días después estaban otra vez los discípulos
dentro y Tomás con ellos. Se presenta Jesús
en medio estando las puertas cerradas, y
dijo: 'La paz con vosotros'. Luego dice a
Tomás: 'Acerca aquí tu dedo y mira mis manos;
trae tu mano y métela en mi costado, y no
sea incrédulo sino creyente'. Tomás le contestó:
Señor mío y Dios mío'. Dísele Jesús: 'Porque
has visto has creído. Dichosos los que no
han visto y han creído".
5.a.- Tomás.
Tomás no aceptó la palabra de los otros discípulos
que habían visto a Jesús resucitado; su obstinación
en la incredulidad nos recuerda el relato
de la resurrección de Lázaro, en Jn 11,14-16,
cuando, refiriéndose a la muerte de su amigo,
Jesús dijo a los apóstoles: "Me alegro por vosotros de no haber estado
allí, para que tengáis fe"; pero para Tomás la resurrección seguía siendo imposible,
por eso no creyó que Jesús hubiera resucitado
hasta que lo comprobó, y es su incredulidad
precisa-mente el tema que el evangelista
toma para dramatizar la realidad de la resurrección
del Señor.
5.b.- Dramatización de la duda.
Al exigir que se le deje examinar el cuerpo
de Jesús, con dedos y manos, Tomás pide más
de lo que se dio a los otros discípulos,
a los que Jesús solamente mostró sus heridas.
Los discípulos y Tomás asumieron dos actitudes
distintas ante la aparición de Jesús: Ellos,
cuando lo vieron, se sintieron movidos a
reconocerlo, Tomás, en cambio, se sintió
llevado a la duda y quiso comprobar el milagro.
El empeño de Tomás por tocar el cuerpo de
Jesús es una actitud realista que no deja
ninguna duda de que es la misma persona que
fue crucificada la que allí se mostró resucitada.
5.c.- La fe de Tomás.
Cuando por fin Tomás disipa sus dudas expresa
su fe con una fórmula muy clara: "Señor mío y Dios mío"; la fuente de estos dos títulos está
en la misma Sagrada Escritura, en términos
utilizados en la traducción de los LXX:
YAHWE = KIRIOS = SEÑOR.
ELOHIM = THEOS = DIOS.
Lo más cercano que encontramos en la Biblia
a la confesión de fe de Tomás es el Salmo
35,22.23, que dice: "...Señor, no estés lejos de mí; despiértate,
levántate a mi juicio, en defensa de mi causa,
oh mi Dios y Señor". Por tanto Tomás se dirige a Jesús
con una expresión tomada de la que el pueblo
judío aplicó a Yahweh.
6.- Juan 21,1-13.
"Después de esto, se manifestó Jesús otra
vez a los discípulos a orillas del mar de
Tiberíades. Se manifestó de esta manera.
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado
Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea,
los de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón
Pedro les dice: 'Voy a pescar'. Le contestan
ellos: 'También nosotros vamos contigo'.
Fueron y subieron a la barca, pero aquella
noche no pescaron nada. Cuando ya amaneció,
estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos
no sabían que era Jesús. Díseles Jesús: 'Muchachos,
¿no tenéis pescado?' Le contestaron: 'No'.
El les dijo: 'echad la red a la derecha de
la barca y encontraréis'. La echaron, pues,
y ya no podían arrastrarla por la abundancia
de peces'. El discípulo a quien Jesús amaba
díce entonces a Pedro: 'es el Señor'. Cuando
Simón Pedro oyó 'es el Señor', se puso el
vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó
al mar. Los demás discípulos vinieron en
la barca, arrastrando la red con los peces;
pues no distaban mucho de tierra, sino unos
doscientos codos. Nada más saltar a tierra,
ven preparadas unas brazas y un pez sobre
ellas y pan. Díseles Jesús: 'Traed algunos
de los peces que acabáis de pescar'. Subió
Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena
de peces grandes: ciento cincuenta y tres.
Y, aun siendo tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice: 'Venid y comed'. Ninguno
de los discípulos se atrevía a preguntarle:
¿Quién eres tú?, sabiendo que era el Señor.
Viene entonces Jesús, toma el pan y se los
da; y de igual modo el pez".
6.a.- La pesca milagrosa.
El significado simbólico que se desarrolla
en torno a la pesca milagrosa en Jn 21,1-13 es el mismo que en Lc 5,10: la misión
apostólica figurada como "pesca de hombres";
este simbolismo de la misión se lleva más
lejos en el evangelio de Juan que en el de
Lucas; ambos coinciden en el gran número
de los que habrían de ser ganados para la
misión apostólica, pero sólo Juan menciona
los 153 peces, y el hecho de que la red no
se rompió a pesar del peso.
La cifra 153 simboliza la totalidad de los
hombres a los cuales se dirige la misión;
según san Jerónimo, en su comentario a Ez
47,6-12, los zoólogos griegos habían encontrado
153 clases distintas de peces, por eso es
que este número indica la cantidad total.
Que la red no llegue a romperse significa
que la comunidad cristiana no se rompe en
cisma, a pesar del gran número de las distintas
razas que entran en ella, pues el verbo que
ha sido traducido como rompió es chizein está relacionado con cisma o división, y
a él se hace referencia en Jn 7,43; 9,16;
10,19. En este relato es Pedro quien dirige
la operación de sacar la red a tierra, de
esta forma se confirma simbólicamente su
función de encabezar la misión apostólica.
6.b. Simbolismo eucarístico de la comida.
Cuando Jesús ofrece el pan y el pescado a
sus discípulos es cuando lo reconocen. La
des-cripción de esta comida, donde dice que
Jesús tomó el pan y se los repartió, y del
mismo modo el pez, viene a ser un eco del
milagro de la multiplicación de los panes
y los peces: "Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar
gracias, los repartió entre los que estaban
recostados y lo mismo los peces...". El hecho de que ambas escenas, correspondientes
a los capítulos 6 y 21, sean las únicas del cuarto evangelio
que tienen lugar a orillas del lago de Tiberíades,
ayuda naturalmente al lector a establecer
un nexo entre ellas.
En todos los evangelios se han elaborado
los relatos de las comidas relacionadas con
la multiplicación de los víveres conforme
a un patrón basado en la Ultima Cena, esto
está hecho con intención de establecer una
conexión entre el milagro de la multiplicación
y la Eucaristía; podemos concluir de ello
que la presencia de Jesús resucitado en la
Eucaristía es inagotable, pues del mismo
modo como de unos cuantos panes y peces pudieron
comer miles de gentes, así de la Eucaristía
se pueden nutrir espiritualmente cuantos
lo deseen.
Por otra parte, hay cierta semejanza entre
la comida de Jn 21 y la descrita en Lc 24,30.31
y 35 con motivo de la aparición de Jesús
a los dos discípulos de Emaús. La insistencia
de Lucas en que los discípulos reconocieron
a Jesús al partir el pan, se entiende como
una enseñanza eucarística encaminada a instruir
a la comunidad cristiana sobre la posibilidad
de un encuentro con Jesús resucitado en la
fracción litúrgica del pan.
c).- Conclusión.
Al terminar de analizar los diversos relatos
de las apariciones de Jesús resucitado, desde
su punto de vista, surgen dos conclusiones:
Por una parte lo que implicó para la primitiva
comunidad cristiana que Jesús hubiera resucitado,
y por otra la razón por la cual las apariciones
fueron corpo-ralizadas. Veámoslas con detalle:
c.1.- Implicaciones de la resurrección de
Jesús.
|
PASADO: |
PRESENTE |
FUTURO: |
|
El Padre envía a Jesús. Se cumple en él el
Antiguo Tes tamento. |
Resucitó. |
Está presente siempre en la historia humana hasta el final de los tiempos. La Eucaristía Inicia una nueva era en la
historia de la salvación, como el lugar de
encuentro con Jesús resucitado para todos los cristianos.
|
Viendo hacia el pasado, la resurrección de
Jesús implica que en él se ha cumplido lo
que se había anunciado en el Antiguo Testamento,
pues como dice Lucas en el pasaje de la aparición
a los peregrinos de Emaús, "Y empezando por Moisés y continuando con todos los profetas, les
explicó lo que había sobre él en todas las
Escrituras". Por Moisés y los profetas entendían
los judíos al Pentateuco, cuya redacción
se atribuyó a Moisés, y todo el resto del
Antiguo Testamento; pues bien, todo esto llega a su complimiento en Cristo
Jesús resucitado. También, en relación con
el pasado, la resurrección confirma a Jesús
como el enviado del Padre y como el Hijo
de Dios; al respecto dice el evangelio de
Juan, "Como mi Padre me envió, también yo os envío".
Viendo hacia el futuro, la resurrección implica
que el Hijo de Dios estará siempre presente
en la historia humana; una vez que ha resucitado
y vencido a la muerte ya no morirá más, así
lo afirma san Pablo en I Cor 15,26, y san
Marcos concluye su evangelio diciendo "Y he aquí que yo estoy con vosotros todos
los días hasta el fin del mundo".
La resurrección hace posible esta constante
y permanente presencia de Jesús, el Cristo,
el Hijo de Dios, en la historia humana y
en su Iglesia; la resurrección implica también
que se ha iniciado una nueva era en la historia
de la salvación, esto es lo que nos enseñan
Lucas y Juan al presentar a Jesús resucitado
comiendo con sus discípulos. La resurrección
también implica que Jesús continuará estando
presente en la historia humana a través de
la Eucaristía, que será para los cristianos
el lugar de encuentro con Jesús resucitado.
c.2.- Corporalización del Resucitado.
En todos los relatos de apariciones de Jesús
en los que se encuentran elementos de corpora-lización
aparecen también elementos de duda o de incredulidad,
en cambio en aquellos pasajes en que no hay
elementos de corporalización tampoco se menciona
duda alguna por parte de los testigos; esto
nos ayudará a comprender por qué se comenzaron
a corporalizar las apariciones.
|
CITA: |
APARICION |
DUDA: |
CORPORALIZACION: |
|
Apéndice e Marcos. (16,9-20 |
A María Magdalena: A dos de ellos: A los Once: |
No le creyeron No les creyeron Les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón |
Se apareció con otra figura. Les dijo... |
|
Mt 28,16-20 |
A los Once: |
Algunos, sin embargo, dudaron |
Jesús se acercó a ellos y les habló así.
|
|
Lc 24,13-35 |
A los dos de Emaús |
Sus ojos estaban retenidos para que |
Se les aparece en forma de un peregrino.
|
|
Lc 24,36-43 |
A los Once: |
¿Por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? |
Mirad mis manos y mis pies. Lo tomó y comió delante
de ellos. |
|
Jn 20,19-29 |
A los Once: |
Si no veo en sus manos la señal de de los
clavos... |
Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae
tu mano y métela en mi costado... |
|
Jn 21,1-13 |
A Pedro y otros |
Pero los discípulos no sabían que era Jesús. |
Estaba Jesús en la orilla. Jesús les dice
"venid y comed". |
|
He 16,12ss |
A Pablo: |
¿Quién eres. Señor? |
una luz que me rodeaba a mí y a mis compañeros... oí una voz que me decía e lengua hebrea:
Saulo, Saulo ¿por qué me persigues? |
Es de esta forma como todos los relatos que
de alguna manera incluyen la corporalización
hablan también de duda entre los testigos.
Por otra parte Marcos y Pablo, que no corporalizan
las apariciones de Jesús resucitado, tampoco
mencionan dudas por parte de quienes las
presencian. Este detalle es significativo
ya que tanto Marcos como Pablo escribieron
antes del año 70, en tanto que el apéndice
de Marcos, Lucas, Juan y Hechos fueron escritos
después de ese año.
La explicación de este cambio consiste en
que entre más tiempo pasaba más envejecían
los discípulos (incluso algunos ya habrían
muerto), y con ellos se perdía toda posibilidad
de identificar a Jesús crucificado con Jesús
resucitado; por eso los autores se dieron
a la tarea de plasmar en letra escrita esta
identidad para beneficio de las futuras generaciones
de cristianos. Corporalizando al Resucitado
se hace evidente esa identidad: el mismo
ser que nació en Belén, que se crió en Nazaret,
que convivió con los discípulos, que fue
crucificado y conserva las señales de su
crucifixión, es ahora el que está vivo y
se hace ver de los suyos.
La corporalización no tiene otra finalidad
que la señalada, por eso es que siempre que
hay elementos de ella existen también elementos
de duda en los que en ocasiones surge la
pregunta de quién será el aparecido. El planteamiento
de estas dudas es aprovechado por el autor
para afirmar la identidad de Jesús, pero
esto no quiere decir que realmente Jesús
resucitado se haya presentado con su cuerpo
físico, o que haya comido con sus discípulos,
sino que ellos no encontraron otra forma
de expresar en sus escritos que Jesús de
Nazaret había vuelto a la vida.
III.C.1.- Las apariciones, desde el punto
de vista de los testigos.
a).- Testigos oficiales de la resurrección:
los once apóstoles.
Según vimos anteriormente, los únicos que
podían identificar a Jesús resucitado con
Jesús muerto en la cruz eran los once apóstoles,
y esto debido a que habían convivido con
él por varios años y le conocían perfectamente.
Esta calidad de los Once como testigos oficiales
de la resurrección se expresa en los textos
del Nuevo testamento en varias formas:
1o.- La aparición de Jesús a los once apóstoles
es la conclusión de los cuatro evangelios,
conforme a su redacción definitiva.
2o.-
Solamente a ellos se les encomienda una misión
en el momento mismo en que Jesús se les aparece:
"Id, pues, y haced discípulos en todas las
gentes, bautizándolas en el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28,19); "Id por todo el mundo y proclamad la Buena
Nueva a toda la creación" (Mc 16,15); "y se predicará en su nombre la conversión
para el perdón de los pecados a todas las
naciones" (Lc 24,47); "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis
los pecados, les quedan perdonados; a quienes
se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20,22.23).
3o.- Todos los demás testigos de la resurrección,
los no oficiales, hacen referencia a los
Once: "Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos..." (Mt 28,7); "Ella fue a comunicar la noticia a los que
habían vivido con él, que estaban tristes
y llorosos..." (Mc 16,10); "Regresando del sepulcro, anunciaron todas
estas cosas a los Once y a todos los demás..." (Lc 24,9); "Fue María Magdalena y dijo a los discípulos
que había visto al Señor y que había dicho
estas palabras..." (Jn 20,18); "Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron
reunidos a los Once y a los que estaban con
ellos" (Lc 24,33); "Se apareció a Cefas y luego a los Doce" (I Cor 15,5).
Jesús resucitado sensiblemente hablando no
tenía cuerpo, de allí el valor que tiene
el testi-monio de los Once: son ellos los
que le "dan cuerpo" a la aparición
de Jesús, son ellos los que, al darse cuenta
de que había vencido a la muerte, vuelven
a recordar, y entonces comprenden, todo lo
enseñado por él. Con la resurrección de Cristo
ellos detectan la presencia máxima de Dios
en la historia humana y la traducen a categorías
humanas, le dan forma, la hacen comprensible
para los hombres de su tiempo, y también
para los hombres de todas las épocas y de
todas las latitudes.
b).- Los testigos no oficiales de la resurrección.
Como dice Mateo al final de su evangelio,
Jesús estará siempre presente en la historia
humana y en su Iglesia; esto indica que después
de los Once tuvo que haber otros testigos
de la resu-rrección. La diferencia con estos
últimos es que aquellos hicieron la primera
identificación de la cual dependen todas
las demás. Jesús se seguía haciendo presente,
pero todo aquel que lo descubría en su vida
tenía que recurrir a alguno de los Once para
poder identificar como verdadera la presencia
de Cristo resucitado.
b.1).- Pablo de Tarso.
La situación de Pablo es muy singular, ya
que al igual que los apóstoles recibió la
misión de predicar el Evangelio como fruto
de su encuentro con Jesús resucitado, pero
a diferencia de ellos no tuvo la experiencia
de haber conocido a Jesús en su vida terrena,
sin embargo en su carta a los Gálatas da
la impresión de no tener necesidad de recurrir
a los discípulos para instruirse en la fe
cristiana:
"Porque os hago saber, hermanos, que en evangelio
anunciado por mí no es de orden humano, pues
no lo recibí ni aprendí de hombre alguno,
sino por revelación de Jesucristo. Pues ya
estáis enterados de mi conducta anterior
en el judaísmo, cuán encarnizadamente perseguía
a la Iglesia de Dios y la devastaba, y cómo
sobrepasaba en el judaísmo a muchos de mis
compatriotas contem-poráneos, superándoles
en el celo por las tradiciones de mis padres.
Mas, cuando Aquel que me separó desde el
seno de mi madre y me llamó por su gracia,
tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para
que le anunciase entre los gentiles, al punto,
sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre,
sin subir a Jerusalén donde los apóstoles
anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde
nuevamente volví a Damasco" (Gal 1,11-17).
Habla aquí Pablo de su misión entre los gentiles,
pues para eso se le apareció Jesús, para
hacer que fuera a predicar el Evangelio entre
los paganos (Cf He 9,1-19; 22,6-21; 26,12-23).
Dice también en esta carta que el Evangelio
lo recibió de Jesucristo sin mediación de
hombre alguno, y además dice que no fue a
Jerusalén sino que de inmediato se puso a
predicar; pero la carta a los Gálatas fue
escrita cerca del año 57, en cambio la fórmula
de fe escrita por Pablo en I Cor 15,3ss,
"Porque os trasmití, en primer lugar, lo que
a mi vez recibí...", se puede fechar tres años antes,
y en realidad es anterior a los escritos
de Pablo, posiblemente de los años 40 a 42,
pero él la aceptó y se incluyó entre los
testigos de la resurrección ubicando antes
de sí a Pedro, que tiene un lugar primordial
en la Iglesia, luego a los Doce, probablemente
contando entre ellos a Matías en lugar de
Judas, a otros quinientos hermanos, y a Santiago,
el pariente de Jesús, que tuvo también un
lugar importante en la iglesia de Jerusalén.
Si Pablo aceptó esta fórmula, en la que se
da clara importancia a los testigos oficiales,
y que es mucho más antigua que la carta a
los Gálatas, entonces hay que pensar que
Pablo ha exagerado en lo escrito en ella.
Es cierto que Pablo es el apóstol de los
gentiles y el gran difusor del cristianismo,
pero esto no significa que sea testigo oficial
de la resurrección. Se le apareció Jesús
resucitado, como él mismo lo dice en I Cor
9,1, "¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro?,
pero esto no le da la misma capacidad que
tuvieron los discípulos para identificarlo.
Pablo no parece ser tan independiente como
se presenta en la carta a los Gálatas, pues
luego de su prodigiosa conversión tuvo que
ir a Damasco a recibir de Ananías la salud
perdida de sus ojos y la imposición de manos
que habría de trasmitirle la presencia del
Espíritu Santo, además de que en la misma
carta declara que tuvo que recurrir a los
discípulos: "Luego, de allí a tres años, subí a Jerusalén
para conocer a Cefas y permanecí quince días
en su compañía...", y en Gal 2,1-2 dice "subí nuevamente a Jerusalén con Bernabé,
llevando también a Tito. Subí movido por
una revelación y les expuse el evangelio
que proclamo entre los gentiles —tomando
aparte a los notables— para saber si corría
o había corrido en vano". Es también muy significativo que
Pablo haya tenido que recurrir a Pedro para
resolver la cuestión de la circuncisión de
los paganos; He 15 describe lo que se ha
dado en llamar el "Primer Concilio de
la Iglesia", originado porque Pablo
fue a Jerusalén para discutir con Pedro si
la circuncisión debía exigirse o no a los
cristianos convertidos del paganismo: "Llegados a Jerusalén fueron recibidos por
la Iglesia y por los apóstoles y presbíteros,
y contaron cuanto Dios había hecho juntamente
con ellos... Después de una larga discusión,
Pedro se levantó y les dijo..." (He 15,4.7).
En conclusión, podemos decir que Pablo ciertamente
es testigo de la resurrección del Señor,
pero no como los discípulos que pudieron
identificarlo de inmediato, sino que Pablo
tuvo que recurrir a Ananías, a Pedro y a
varios más de los apóstoles.
b.2).- Todos los apóstoles, los quinientos
hermanos, los dos discípulos y los peregrinos
de Emaús.
La primera carta a los Corintios habla de
que Jesús se hizo ver de todos los apóstoles
(15,6), habiendo mencionado antes a los Doce;
esto significa que Pablo toma la palabra
apóstol con una acepción más amplia, aplicándola
también a los colaboradores en la predicación
del Evangelio, entre los que podemos citar
a Bernabé, Andrónico, Junia, Epafrodito,
Tito, etc.
Todos los testigos de la resurrección que
hemos mencionado (los apóstoles, los quinientos
hermanos, los dos discípulos y los dos de
Emaús) lo son, pero no con la misma calidad
que los once apóstoles; a estos también Jesús
se les hizo ver, pero ellos no pudieron por
sí mismos haberlo iden-tificado, sino que
tuvieron que acudir a alguno de los Once
para estar seguros. Estos testigos no oficiales
se colocan dentro del grupo que recibe la
promesa de Jesús de permanecer con ellos
hasta el fin del mundo; ya el Nuevo Testamento
da testimonio de la presencia de Jesús resucitado
en todos aquellos que colaboran en la predicación
del Evangelio.
El Nuevo Testamento nos habla de que el Espíritu
Santo fue enviado por Jesús a sus discípulos,
sin embargo no hace una distinción clara
entre lo que es la acción de Jesús resucitado
y la acción propia del Espíritu Santo; esta
distinción la haría después la Iglesia a
través de sus primeros concilios ecuménicos,
pero en adelante, y hasta el final de los
tiempos, Jesús resucitado seguirá haciéndose
presente en la historia de la humanidad,
y para identificar su presencia será siempre
necesario acudir al testimonio de los once
apóstoles.
b.3).- Las mujeres.
La situación de las mujeres con relación
a la resurrección de Jesús merece una mención
aparte, porque la mujer en la antigüedad
era considerada como un ser humano de segunda
categoría, y esta situación social la descartaba
como testigo de valor: las mujeres no podían
predicar la resurrección de Jesús simplemente
porque no se les podía creer nada de lo que dijeran.
"y se apareció primero a María Magdalena,
de la que había echado siete demonios. Ella
fue a comunicar la noticia a los que habían
vivido con él, que estaban tristes y llorosos.
Ellos, al oír que vivía y que había sido
visto por ella, no creyeron" (Mc 16,9-10).
Aunque las mujeres del grupo que seguía a
Jesús lo habían conocido en vida tan bien
como sus apóstoles, la peculiar concepción
antigua de la mujer anulaba cualquier testimonio
que pudieran proporcionar, por eso el evangelio
de Marcos señala el hecho de que a María
Magdalena no le creyeron. Pero si en la línea
de la predicación la aparición de Jesús a
las mujeres no es tomada en cuenta por el
Nuevo Testamento, en la línea de "ser
partícipes" de la salvación que está
implicada en la resurrección sí lo hace.
Si consideramos como punto de comparación
la asunción de María a los cielos, que si
bien es un dogma muy reciente tiene bases
bíblicas, veremos que a la Madre de Dios
no solamente se le apareció Jesús resucitado,
sino que además la redimió en cuerpo y alma.
María Magdalena participa también de la resurrección,
ya que es mencionada como testigo de ella
por los cuatro evangelios, sobre ello nos
dice el de Juan: "Estaba María junto al sepulcro, fuera, llorando.
Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro,
y ve dos ángeles de blanco, sentados donde
había estado el cuerpo de Jesús, uno a la
cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos:
'Mujer, ¿por qué lloras?' Ella les respondió:
'Porque se han llevado a mi Señor, y no se
donde le han puesto'. Dicho esto, se volvió
y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que
era Jesús. Le dice Jesús: 'Mujer, ¿por qué
lloras? ¿a quién buscas?'. Ella, pensando que era el encargado del
huerto, le dice: 'Señor, si tú te lo has
llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me
lo llevaré'. Jesús le dice: 'María'. Ella
se vuelve y le dice en hebreo: 'Rabbuní'
-que quiere decir: 'Maestro'- Dícele Jesús:
'No me toques, que todavía no he subido al
Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles:
Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios
y vuestro Dios" (20,11-17).
Es muy interesante la forma en que Juan presenta
a Jesús en este pasaje, sin haber subido
todavía al Padre; es claro que ya ha resucitado,
pues María Magdalena se encuentra con él
junto al sepulcro y la tumba está vacía,
pero en los otros escritos del Nuevo Testamento
se habla de que Jesús ya había sido glorificado y se encontraba
a la derecha del Padre (He 3,26; Fil 2,6-11;
I Tim 3,16). Pareciera como si Juan le hubiera
hecho un lugar a María Magdalena en su evangelio,
colocándola en un sitio muy especial al hacer
una notable distinción en cuanto a su testimonio:
a los once apóstoles se les aparece después
de haber sido glorificado por el Padre, a
María Magdalena se le aparece antes.
III.D.- Los relatos de la tumba vacía.
III.D.1.- Situación a la que responden.
Es de extrañar que san Pablo no mencione
en sus cartas el descubrimiento del sepulcro
vacío a causa de la resurrección de Jesús,
sobre todo por la importancia que los cuatro
evangelios dan a este tema; la única explicación
que puede darse es que los relatos evangélicos
hayan nacido después de que Pablo escribió
sus cartas, y que este pasaje haya sido redactado
en respuesta a una tradición surgida del
judaísmo, que intentaba desvirtuar la resurrección
afirmando que los discípulos robaron el cadáver
de Jesús para poder fingir que había resucitado,
así lo dice el evangelio de Mateo:
"Mientas ellas iban, algunos de la guardia
fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes
todo lo que había pasado. Estos, reunidos
con los ancianos, celebraron consejo y dieron
una buena suma de dinero a los soldados,
advirtiéndoles: 'Decid: Sus discípulos vinieron
de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos.
Y si la cosa llega a oídos del Procurador,
nosotros le convenceremos y os evitaremos
complicaciones'. Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas.
Y se corrió esa versión entre los judíos,
hasta el día de hoy" (28,11-15).
III.D.2.- Los relatos y su contenido.
Los relatos de la tumba vacía se encuentran
en Mateo 28,1-20; Marcos 16,1-8; Lucas 34,1-10
y Juan 20,1-18, su contenido es muy sencillo:
el domingo algunas de las mujeres fueron
al sepulcro y encontraron movida la piedra
que tapaba la entrada, luego se les apareció
un ser celeste que les dijo que Jesús no
se encontraba ya en el sepulcro.
Comenzaremos por ver el contenido del mensaje
que da origen a la figura celeste, y luego
analizaremos los demás detalles proporcionados
en estos relatos de la tumba vacía.
a).- El mensaje del ser celeste.
El mensaje del ángel es prácticamente el
mismo en los cuatro evangelios, y es muy
semejante a los discursos de predicación
de la Iglesia primitiva que se encuentran
consignados en los Hechos de los Apóstoles:
|
Hechos 4,10: |
Marcos 16,6: |
Mateo 28,5.6: |
Lucas 24,5.6: |
|
10 sabed todos vosotros y todo el pueblo
de Israel que ha sido por el nombre de Jesucristo,
el Nazareo, a quien vosotros crucificasteis |
Pero él les dice: "No os asustéis. Buscáis
a Jesús de Nazaret, el Crucificado |
El Ángel se dirigió a las mujeres y les dijo:
"Vosotras no temáis, pues sé que buscáis
a Jesús, el Crucificado; |
¿Por qué buscáis entre los muertos al que
está vivo? |
|
y a quien Dios resucitó de entre los muertos |
ha resucitado |
ha resucitado |
ha resucitado |
|
|
no está aquí. |
no está aquí, |
No está aquí |
|
por su nombre y no por ningún otro se presenta
éste aquí sano delante de vosotros. |
Ved el lugar donde le pusieron. |
Venid, ved el lugar donde estaba |
Recordad cómo os habló cuando estaba todavía
en Galilea |
En las frases de los evangelios que se citan
la resurrección es anunciada por un mensajero
celeste, un ángel, en términos muy parecidos
a los del kerigma (= predicación) de la Iglesia primitiva tal
como se leen en He 4,10. La afirmación de
que Jesús resucitó se relaciona aquí con
la muerte confirmada por el sepulcro donde
su cuerpo fue depositado; dicho de otro modo,
la resurrección es vista como victoria sobre
la muerte, y su símbolo es la piedra removida.
En los tres evangelios sinópticos la ausencia
del cadáver se convierte cada vez más en
un testimonio tangible de la resurrección
de Jesús.
b).- El descubrimiento de la tumba vacía.
En las narraciones del descubrimiento de
la tumba vacía se encuentra un esquema apocalíptico
de cuatro puntos muy bien definidos:
1.- Una figura celeste de apariencia humana
se hace presente con luz (Dn 8,15; Ez 1,26-28).
2.- La persona vidente se llena de terror (Dn
8,12; Ez 2,1).
3.- La figura celeste con apariencia humana toca
al vidente (Dn 8,10; Ez 2,1).
4.- La figura celeste comunica su mensaje (Dn
8,19; Ez 2,2).
La finalidad de este esquema es crear una
introducción para resaltar al mensaje, de
manera que el lector se de cuenta de que
es muy importante, que viene de parte de
Dios a través de una figura celeste. También
podemos encontrar este esquema de cuatro
puntos semejantes comparando el Apocalipsis
con los relatos de la tumba vacía en los
evangelios:
|
Apocalipsis: |
Esquema apocalíptico: |
Relatos de la tumba vacía: |
|
1o.- 1,13-16:
|
"Vi como un Hijo de hombre... y su rostro,
como el sol cuando brilla con toda su fuerza". |
Figura celeste con apariencia humana (Mc
16,5; Lc 24,4). Figura angélica con apariencia
humana (Mt 28, 1; Jn 20,12). |
|
2o.- 1,17: |
"Cuando lo ví, caí a sus pies
como muerto..." |
Los guardias tiemblan y se quedan como muertos
(Mt 28,4). Las mujeres de quedan atónitas
(Mc 16,5) |
|
3o.- 1,17: |
"El puso su mano derecha sobre mí...". |
Acercamiento del ángel con figura humana (Jn 20,17). La figura celeste les habla (Mc
16,6; Mt 28,5; Lc 24,5). |
|
4o.- 1,17-19 |
El mensaje del Hijo del Hombre. |
El mensaje de la figura celeste con apariencia
humana. |
El mensaje tiene carácter divino, de allí
que provenga de la figura celeste.
c).- La fecha.
Todos los relatos fijan este acontecimiento
en el primer día de la semana, que hoy es
el domingo. Mateo 28,1 y Lucas 16,2 precisan
que ocurre en la madrugada.
d).- Las mujeres en el sepulcro.
Varían, según el autor, tanto el número como
el nombre de las mujeres que acudieron al
sepulcro la mañana del domingo de resurrección:
son tres mujeres en Marcos, dos en Mateo,
tres y las demás en Lucas, solamente una
según Juan. Los evangelistas no se preocuparon
por armonizar estos datos, lo que nos hace
pensar que no tuvieron otra intención al
mencionar a las mujeres que la de enlazar
el relato del sepulcro vacío con los discípulos,
que estaban escondidos y por tanto no podían
haber sido ellos los que descubrieran que
Jesús ya no estaba en su tumba; las mujeres
en cambio si podían, porque no siendo muy
creible su testimonio corrían poco peligro
de ser apresadas por los judíos para evitar
que hablaran, por eso ellas solamente se
encargaron de avisar a los apóstoles, y luego
fueron ellos los que verificaron la información
y pudieron dar fe de que Jesús había resucitado.
e).- La intención de ir al sepulcro.
Los evangelios citan dos motivos por los
cuales las mujeres fueron al sepulcro aquella
mañana: según Marcos y Lucas para ungir el
cadáver; según Mateo y Juan para lamentar
la muerte de Jesús. La primera de estas dos
intenciones es difícil considerarla históricamente
aceptable, ya que todo hace suponer que el
cadáver de Jesús había sido embalsamado antes
de sepultarlo con apego a la tradición, como
lo dice el evangelio de Juan. Parece que
el motivo real es el que presentan Mateo
y Juan: la simple intención de estar cerca
del ser querido.
f).- La piedra removida.
Los cuatro relatos dan mucha importancia
al hecho de que la piedra que tapaba la entrada
al sepulcro había sido apartada, pero en
realidad este dato solamente confirma de
una manera más plástica que la muerte de
Jesús fue real, que Jesús fue verdaderamente
sepultado, y que su cuerpo verdaderamente
resucitó y no quedó oculto dentro de la tumba.
g).- Valor histórico de los relatos de la
tumba vacía.
Varios son los elementos que nos llevan a
pensar en una elaboración tardía de estos
relatos: en primer lugar el hecho de que
san Pablo no mencione nada al respecto; luego
está el mensaje del ángel, que según hemos
visto es muy semejante a lo que se predicaba
en la Iglesia primitiva; también tenemos
que el descubrimiento de la tumba vacía se
explica según un esquema apoca-líptico, y
finalmente encontramos discordancia en las
versiones evangélicas respecto al nombre
y al número de las mujeres.
Es muy probable que estos relatos fueran
elaborados tardíamente para responder a la
proble-mática planteada por los judíos, en
el sentido de que el cadáver había sido robado
por los propios discípulos para aparentar
que había resucitado, tal como nos lo hace
saber Mateo en 28,11-15; esta tradición negativa
nacería desde el momento mismo de la resurrección,
pero sólo después de varios años comenzaría
a hacer mella entre los cristianos. Por otra
parte, también es lógico pensar que los evangelistas
elaboraron estos relatos partiendo de datos
históricos, como el que señala el día de
la semana en que las mujeres fueron al sepulcro;
es además muy natural que las personas que
acompa-ñaron a Jesús en el momento de su
muerte fueran a visitar el sepulcro una vez
pasado el sábado.
Los apóstoles no habrían sentido la necesidad
de poner por escrito el relato de la tumba
vacía porque fueron testigos presenciales
de la resurrección de Jesús, y su experiencia
es mucho más importante y convincente que
la de encontrar vacía la tumba. El sepulcro
vacío es un testimonio físico de la resurrección,
pero solamente de una manera indirecta; lo
primero es haber sentido la presencia de
Jesús vivo mediante sus apariciones.
III.E.- Las fórmulas de fe.
Durante los cuarenta años que separan la
muerte de Jesús de la redacción de los primeros
evangelios la Iglesia naciente vio circular
entre sus fieles numerosas tradiciones, sobre
todo fórmulas en las que se expresaba su
fe común. La elaboración de estas fórmulas
nació de las necesidades vitales de la comunidad,
sea para condensar lo esencial de la fe cristiana,
sea para instruir a los neófitos, sea para
asegurar la autenticidad de la fe contra
las herejías y en los tiempos de persecuciones,
o para mantener en la liturgia la unanimidad
de los participantes, etc. Estas fórmulas
se centraron rápidamente en el acontecimiento
principal de la existencia de Jesús de Nazaret:
su resurrección de entre los muertos.
III.E.1.- I Cor 15,3-5.
"Porque os transmití, en primer lugar, lo
que a mi vez recibí: que Cristo murió por
nuestros pecados, según las Escrituras; que
fue sepultado y que resucitó al tercer día,
según las Escrituras; que fue sepultado y
que resucitó al tercer día, según las Escrituras;
que se apareció a Cefas...".
La antigüedad de esta cita bíblica está garantizada
por la fecha en que se escribió la Carta,
entre los años 55 y 56 d.C., por la alusión
que contiene de la visita anterior hecha
por el apóstol a Corinto, hacia en año 51,
y por el modo como Pablo introduce estas
palabras: al decir que él mismo las ha recibido
deben ser anteriores a la época de su conversión,
se deben haber originada entre el año 40
y el 42 de nuestra era. La fórmula de Pablo
contiene dos afirmaciones paralelas: una
sobre la muerte de Jesús y otra sobre su
resurrección.
a).- Sobre la muerte de Cristo.
Cristo conoció perfectamente el fin de su
vida, con el que compartió la suerte normal
de los mortales; pero apenas se supo que
había muerto cuando su muerte cobró sentido
teológico: no murió a causa de sus pecados
sino para borrar los nuestros; la resurrección
hizo que su muerte fuera una acción redentora
que no solamente alcanza a Jesús de Nazaret,
sino también a todos los hombres que han
sido liberados por él (Cf He 2,36; 4,11-22).
Como ya hemos visto, el carácter redentor
de Jesús estaba profetizado desde tiempo
atrás en los cánticos del Siervo de Yahweh
de Isaías 53,4-12.
b).- La resurrección de Jesús.
En la Primer Carta a los Coríntios se utiliza el
verbo griego egeiren (= despertar) para designar la acción de
la resurrección de Jesús, dando a entender
que Jesús fue despertado de la muerte. Por
su parte, verbo que expresa la muerte está
en el tiempo aoristo (apethanen= murió) y el que expresa la resurrección
en tiempo perfecto (egergetai = ha resucitado y sigue resucitado). El
tiempo perfecto del verbo significa que el
interés no se dirige hacia una acción pasada,
sino sobre el efecto que ésta tiene en el
tiempo presente: Cristo murió (en aoristo,
que indica sólo una acción que se da en el
pasado) y ha resucitado (en tiempo perfecto,
que indica que sigue estando resucitado).
El contraste verbal es intencionado, tanto
mas que Pablo utiliza el mismo tiempo perfecto
en otras seis ocasiones dentro de la misma
carta.
Pablo nos dice que Jesús resucitó al tercer
día según las Escrituras. En esta expresión
hace uso de una forma habitual de presentar
un acontecimiento decisivo que es inminente,
por ejemplo Abraham vio al tercer día el
lugar en donde debía sacrificar a su hijo
(Gn 22,4); significa este detalle la intención
de destacar que la resurrección de Jesús
es un acontecimiento de capital importancia.
Lo mismo hay que decir de "según las Escrituras", expresión que hace referencia al
Salmo 16,10 sin que podamos considerarla
simplemente como una cita; la resurrección
de Jesús da cumplimiento a una larga espera
del pueblo de Israel, por eso es que la frase
de Pablo debe referirse a toda la Escritura,
a todo el Antiguo Testamento, y no solamente
a una profecía.
III.E.2.- Otras fórmulas de fe: I Tes 1,10;
4,14; Rom 10,9.
Se encuentran en las obras de Pablo otras
fórmulas de fe más cortas que la que ya hemos
visto, pero que conservan la doble afirmación
de la muerte y resurrección de Jesús: "y esperar así a su Hijo Jesús que ha de venir
de los cielos, a quien resucitó de entre
los muertos..." (I Tes 1,10). "Porque si creemos que Jesús murió y resucitó..." (I Tes 4,14). "Porque, si confiesas con tu boca que Jesús
es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó
de entre los muertos, serás salvo" (Rom 10,9).
Desde los orígenes de la Iglesia, y en forma
unánime, los cristianos expresan su fe mediante
la fórmula "Dios resucitó a Jesús de entre los muertos", en ella afirman que la resurrección
tuvo lugar en el pasado y ocurrió a un hombre bien determinado; especialmente
quieren proclamar con ella que Jesús resucitó y está vivo para siempre.
De entre dos maneras de hablar de la resurrección,
con el lenguaje judío forjado para los últimos
tiempos, "Dios hace que se levanten
los muertos" y "Dios hace que vivan
los muertos", los cristianos han escogido
la primera para comunicar su experiencia que es única, completamente nueva. Aplicando
a un momento preciso del tiempo una frase
que es válida para los últimos días de la
humanidad los primeros cristianos pasaron
de lo escatológico a lo histórico, porque un hecho anunciado
para el fin de los tiempos ocurrió en el
curso de la historia humana.
CAPITULO IV: CONCLUSION AL MISTERIO PASCUAL
Con la muerte de Jesús la historia humana
hubiera continuado su curso, pero con la
resurrec-ción de Jesús la historia humana
lo ha cambiado radicalmente.
Un hombre, Jesús de Nazaret, de carne y hueso
como nosotros, nacido en Belén de Judá, crucificado
en Jerusalén siendo Emperador de Roma Tiberio,
y Poncio Pilato Procurador de Palestina,
dejó la historia humana, traspasó las barreras
del espacio y del tiempo y se "unió"
al Hijo de Dios, se divinizó; y lo más sorprendente
de todo es que este hombre, glorificado y
hecho uno con la Segunda Persona de Dios,
haya regresado y vuelto a la historia cotidiana
de los hombres: se apareció, se hizo ver,
se hizo encontrar por los suyos, por los
once apóstoles y por sus discípulos.
Volvía Jesús a la historia humana para hablar
a sus discípulos de Dios Padre y para hacer
presente entre ellos al Dios vivo y verdadero.
Uno de los nuestros, un ser humano, un mortal,
había vencido la muerte para siempre y se
encontraba con Dios, y lo más esperanzador
de este hecho es que podía comunicarse con
los suyos; ya habiendo sido glorificado y
vuelto a la vida, podía estar de nuevo entre
sus discípulos.
Los once apóstoles fueron testigos de este
singular acontecimiento; luego de haberse
sentido abandonados por su Maestro, desilusionados,
ahora lo encontraban de nuevo cuando les
salía al paso.
Lo podían reconocer en sus apariciones, pero
ya no era el mismo, ya no podía temer el
juicio de los judíos ni la cruz de los romanos.
Aquel encuentro de Jesús resucitado con los
once apóstoles habría de quedar para siempre
plasmado en la letra, en la expresión, en
la fórmula, en la corporalización, para que
los hombres de cualquier raza, lengua, nación
y época pudieran volver a vivir aquel momento
en que la historia humana cambió de rumbo
y de sentido.
Jesús resucitado sigue vivo, sigue presente,
sigue en nuestra historia y en nuestra Iglesia;
tú y yo podemos también encontrarle porque
una vez que venció a la muerte vivirá para
siempre; y cada día, hasta el final de los
tiempos, seguirá siendo posible el encuentro.
Sin embargo aquel primerísimo encuentro de
los discípulos con Jesús resucitado continuará
siendo la norma, o el criterio, para identificar
cualquier encuentro suyo con el ser humano,
seguirá siendo el molde de cualquier otra
presencia de Jesús en la historia humana.
Lo escrito por los discípulos ha quedado
grabado en letras que podemos traducir y
comprender, pero en letras que expresan la
realidad única en la historia humana, la
realidad de cuando Dios irrumpió en la vida
de un hombre llamado Jesús, y por medio de
él en la de los demás seres humanos.
Jesús ha resucitado de entre los muertos,
ya no está en lugar alguno sobre la tierra
porque está vivo junto a Dios, pero hoy como
en otros tiempos sigue buscando de quien
poderse hacer ver, como lo hizo con María
Magdalena, con los dos de Emaús, con los
once apóstoles, con los quinientos hermanos,
y con Pablo.
Sigue hoy, y seguirá siempre, tendiendo un
lazo de unión entre la trascendencia y la
inmanencia, entre Dios y el hombre, entre
la historia y la eternidad; un lazo que fue
real y concreto en el ayer de los apóstoles,
y que puede ser real y concreto en el hoy
de cada uno de nosotros.