CRISTOLOGIA
PASION, MUERTE Y RESURECCION DE JESUCRISTO
CAPITULO I: INTRODUCCION.
Al resucitar Cristo venció a la muerte de
una vez y para siempre. La muerte ya no tendrá
dominio sobre Jesús, pues una vez que ha
iniciado su vida de resucitado permanecerá
así para siempre; por eso la resurrección
de Cristo es el único acontecimiento pleno,
definitivo, escatológico de toda la historia
de la salvación, porque aunque es un hecho
que se da en el tiempo y en la historia sin
embargo trasciende a la historia y al tiempo,
se hace eterno y entra en la dimensión de
Dios.
Si la salvación significa para el hombre
su comunión con Dios, entonces en la resurrección
de Jesús se da el máximo de la salvación
que Dios haya ofrecido al hombre, porque
en la resurrección de Cristo su humanidad
trasciende junto a la divinidad y entonces
se da una perfecta unidad del hombre con
Dios; esto significa que la humanidad de
Jesús ha sido totalmente conservada en su
resurrección, porque fue divinizada.
Por eso la resurrección de Cristo es el acontecimiento
principal de toda la historia de la salvación.
Todo lo sucedido antes de la resurrección
había sido provisional, comenzaba pero tenía
un fin; así por ejemplo el pueblo de Israel
fue liberado de la esclavitud del Faraón
y salió de Egipto; ciertamente Dios intervino
en ese acto, pero fue un acontecimiento provisional
porque más tarde Israel volvería a ser esclavo,
ya no de Egipto, pero sí de Asiria y Babilonia.
Al iniciar el estudio de la resurrección
de Cristo es importante darnos cuenta desde
un principio de que se trata de un hecho
sucedido en la historia pero que tiene alcances
hasta la eternidad; esto se ve con claridad
al comparar entre sí las narraciones que
hacen los evangelistas de la pasión y de
la resurrección de Jesús.
Hay en todos los evangelios una concordancia
en los hechos sucedidos en los últimos días
de la vida de Jesús; todos ellos los presentan
en el siguiente orden: Jesús entra en Jerusalén,
la Ultima Cena, la oración en el Huerto de
los Olivos, el juicio del Sanedrín, Jesús
ante Pilatos, ante Herodes, nuevamente ante
Pilatos, Barrabás, la crucifixión y la sepultura.
Esta claridad con que se encuentran descritas
la pasión y la muerte de Jesús se comprende
porque son acontecimientos que han sucedido
y están dentro de la historia. En cambio,
cuando los escritos del Nuevo Testamento
intentan describir la resurrección tienen
que recurrir a las más diversas expresiones
para poder narrar la experiencia que vivieron
los testigos al ver a Jesús resucitado; y
es que este hecho no pertenece a la historia
como la pasión y la muerte, sino que se trata
de una dimensión nueva jamás sucedida en
el devenir humano, y esta experiencia, única
en su género, tiene que ser también única
en su expresión literaria.
Antes de analizar los diversos pasajes bíblicos
que nos hablan de la resurrección, nos detendremos
a estudiar los últimos días de la vida de
Jesús, para comprender en donde está el valor
de su muerte y así entender por qué Dios
lo resucitó de entre los muertos.
Veamos ahora lo sucedido con Jesús y sus
discípulos durante los últimos días de la
vida terrena del Maestro, para ello seguiremos
los pasos que nos narran los evangelios,
buscando la razón de ser de esos pasos; después
nos acercaremos a la experiencia personal
de Jesús internamente, tratando de ver cuales
fueron sus sentimientos poco antes de morir,
todo esto hecho con el fin de valorar la
muerte de Jesús en su significado teológico.
II.A.- Los últimos días de Jesús sobre la
tierra.
La última etapa de la vida de Jesús comienza
cuando llega con sus discípulos a Jerusalén
para celebrar la Pascua Judía (Cf. Mc 11.1-11
y paralelos). Jesús es el Rabí (Maestro) de un grupo de discípulos a los
ha venido enseñando su doctrina y conviviendo
con ellos desde hace dos o tres años; ahora
han llegado juntos a Jerusalén para la celebración
que se aproxima. Los discípulos han aprendido
durante esos años a entender las acciones
de su Maestro y a escuchar su doctrina. En
Israel era frecuente encontrar grupos de
maestros y discípulos como este.
Jesús ha tenido la intención de fundar su
propia Iglesia, por eso es que llamó a sus
discípulos y los enseñó con su comportamiento
y su palabra. Esta misión de fundar la Iglesia
la fue descu-briendo por ser Hijo de Dios;
al final —después de su muerte— resultaría
hecha realidad, pero en esos días de su pasión
Jesús como hombre debió sufrir enormemente
la sensación de no haber cumplido su misión,
la cual habría ido descubriendo poco a poco
y de la cual estaría ya plenamente seguro,
tal como se lo había demostrado a sus discípulos.
Los judíos celebran cada año la Pascua para
conmemorar la intervención de Dios que los
salvó de la esclavitud en Egipto. Esta había
sido la mayor intervención de Dios en toda
la historia del pueblo de Israel, y por eso
los judíos festejaban cada año en Jerusalén,
donde se encontraba el Templo, el recuerdo
de la maravilla que Dios había obrado con
su pueblo. Jesús y sus doce discípulos llegaron
a Jerusalén para celebrar la Pascua y regresar
a Galilea donde continuaría su predicación
y su enseñanza, pero todo habría de cambiar
en unas cuantas horas; los acontecimientos
se desenvolvieron de tal manera y con tal
rapidez que todos quedaron desconcertados.
II.A.1.- Semana judía y semana actual.
Veamos ahora en un cuadro los pasos seguidos
por Jesús en Jerusalén, considerando un des-fase
entre los días de la semana judía y la cristiana,
pues en aquel tiempo los judíos contaban
la duración de los días a partir de una puesta
del sol, y su terminación hasta la siguiente.
La primera columna de la tabla siguiente
nos indica el día judío; en la segunda aparece
el mismo día, pero dividido en dos partes,
inicio y fin, con el propósito de compararlo
con las partes de nuestro día actual. En
la tercer columna se indican los días de
nuestra semana actual divididos también en
dos partes: día, que comprende desde el amanecer
hasta que oscurece, y noche hasta un nuevo
amanecer, ubicando en ellos los últimos acontecimientos
de la vida de Jesús en la parte que les corresponde.
|
Semana Judía:
|
Semana Cristiana: |
Suceso: |
|
Jueves |
Inicio: noche del miércoles. Fin: atardecer del jueves: |
Por la tarde: La Ultima Cena. Oración en Huerto de los Olivos. |
|
Viernes
|
Inicio: jueves en la noche: Fin: viernes al anochecer: |
Por la noche: Arresto de Jesús y juicio ante el Sanedrín
I. (Lc 22,54; Jn 18,13-24). Por la mañana: Juicio Sanedrín II (Mt 26,57-66; Lc 22,66-71) Jesús ante Pilatos I (Lc 23,2-7) Jesús ante Herodes (Lc 23,13-24) Jesús ante Pilatos II (Lc 23,13-24). Muerte en la cruz hacia las 3 PM. Sepultura, antes de del anochecer. |
|
Sábado
|
Inicio: viernes en la noche Fin: sábado al atardecer. |
Jesús está en el sepulcro, sus discípulos
se encuentran escondidos. |
|
Domingo |
Inicio: sábado por la noche. Fin: domingo al anochecer |
Jesús RESUCITA. |
Antes de analizar los diversos pasajes bíblicos
que nos hablan de la resurrección, nos detendremos
a estudiar los últimos días de la vida de
Jesús para poder comprender en donde está
el valor de su muerte, y así entender por
qué Dios lo resucitó de entre los muertos.
II.A.2.- La Ultima Cena.
En la tarde de nuestro jueves se reunió Jesús
con sus discípulos en Jerusalén para cenar,
sería la última vez que lo hiciera. Para
entonces ya se había dado cuenta de que el
Sanedrín lo buscaba.
El Sanedrín era la máxima autoridad religiosa
y civil de Israel; estaba formado por el
Sumo Sacerdote, un grupo de saduceos, un
grupo de fariseos y algunos ancianos de la
aristocracia laica. Como autoridad máxima
judía, el Sanedrín se vio obligado a intervenir
por las manifestaciones provocadas al llegar
Jesús a la ciudad, y luego al presentarse
en el Templo. No lo hizo de inmediato porque
sus miembros tenían miedo a la reacción del
pueblo sobre el cual Jesús ciertamente ejercía
influencia (Cf. Mt 21,14ss; Lc 19,47-48;
Jn 12,19), pero una vez decidido a intervenir
tenía que hacerlo antes de que comenzara
el sábado en que se celebraba la Pascua,
pues no hubiera sido posible hacerlo durante
la fiesta, por motivos religiosos. Entonces
convinieron los miembros del Sanedrín con
Judas Iscariote su traición y la entrega
de su Maestro en un lugar apartado.
II.A.3.- En el Huerto de los Olivos.
Después de cenar, Jesús y sus discípulos
se dirigieron al Huerto de los Olivos para
orar, porque Jesús sentía preocupación y
angustia (Mc 14,33), tanto que llegó a exclamar
en su oración "Padre, todo es posible para tí, aparta de
mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero,
sino lo que quieras tú" (Mc 14,36).
Los discípulos no comprendían lo que iba
a suceder y se quedaron dormidos; llegó entonces
la gente armada que había enviado el Sanedrín
a prender a Jesús, y Judas lo entregó con
un beso (Mc14,44-45). Jesús quedó hecho prisionero
y sus discípulos huyeron (Mc 14,50). Después de esto Jesús tendría
que caminar solo hacia la cruz.
Es importante darse cuenta de la traición
de Judas, de la reacción de los discípulos
y de las posteriores negaciones de Pedro.
En la reacción de los discípulos se constata
que todo lo que Jesús había enseñado y hecho
no fue suficiente para confirmarles la fe
en que él era el Hijo de Dios. Aparentemente,
al menos por esos días, no estaban convencidos
de la divinidad de Jesús, y es que ella no
era nada sencillo de entender.
El pueblo de Israel había sido depositario
de la revelación de Dios por más de mil años,
y estaba firmemente convencido de ser su
pueblo elegido (Ex 6,6ss), pero según la
revelación con-tenida en el Antiguo Testamento
Dios era un ser trascendente, omnipotente,
eterno, y por lo mismo extraño y lejano para
el mundo y para el hombre, al grado de que
los israelitas ni siquiera se atrevían a
pronunciar su nombre. Es cierto que Yahweh,
Dios, se manifestó en varias ocasiones al
pueblo de Israel, pero nunca descendió en
lo personal al mundo, sino que se comunicaba
con el pueblo a través de la nube, de los
ángeles, del sueño, etc. Ahora Jesús, con
sus treinta años de edad, se presenta en
medio del pueblo predicando que es el Hijo
de Dios, y dirigiéndose a él como un niño
se dirigiría a su padre, diciéndole Abbá,
hablándole con una de las palabras más familiares
que los niños pequeños aprendían a pronunciar.
El que Jesús llamara a Dios Abbá era una
verdadera blasfemia, una locura y un escándalo,
y el que un hombre se considerara Hijo de
Dios, y así lo predicara, era algo sencillamente
insoportable para los dirigentes religiosos
del pueblo judío.
Por otra parte Israel esperaba, y espera
todavía, un Mesías, si, pero de una personalidad
totalmente opuesta a la de Jesús; esperaba
un Mesías fuerte, a un hombre con poderes
divinos que fuera capaz de llevar al pueblo
hacia su libertad independizándolo del dominio
romano; que le uniera política y religiosamente,
que le diera prosperidad y bienestar; y Jesús
fue todo lo contrario. Esto explica la razón
que tenía el Sanedrín para tratar de acabar
con la vida de Jesús, ya que encontraba que
su predicación y su persona se apartaban
radicalmente de sus expectativas religiosas.
Jesús rompía con todos los moldes, su mensaje
no tenía cabida en el Antiguo Testamento.
Sería demasiado pedir que el Sanedrín pudiera
comprender lo que estaba sucediendo con Jesús;
sus propios discípulos, que lo conocieron
y convivieron con él, y que le vieron hacer
tantos milagros, no lo comprendieron: Judas
lo traicionó, Pedro lo negó, y los demás
lo abandonaron, ¿qué otra cosa iba a hacer
el Sanedrín?
Jesús se quedó solo prácticamente desde el
Huerto de los Olivos, incomprendido por los
apóstoles y por los judíos tendría que caminar
solo hacia la cruz y la muerte; desde ahora
con-templamos el paso tan difícil que debió
dar Jesús.
A lo largo de la historia de la salvación
Dios había pedido cosas difíciles: a Moisés
le pidió que liberara a todo un pueblo del
poder del Faraón, a Abraham que sacrificara
a su hijo Isaac, a María que aceptara ser
la madre del Hijo de Dios, etc., pero a todos
ellos Dios los protegió; a Jesús no, a Jesús
nadie le acompañó hasta su muerte, y fue
una muerte horrible.
En el capítulo siguiente, al tratar sobre
la actitud interna de Jesús en los últimos
días, veremos el significado de la traición
de Judas, de las negaciones de Pedro y de
la cobardía de los demás discípulos.
II.A.4.- Arresto de Jesús.
"Todavía estaba hablando, cuando de pronto
llegó Judas, uno de los Doce, acompañado
de un grupo con espadas y palos, de parte
de los sumos sacerdotes, de los escribas
y de los ancianos. El que le iba a entregar
les había dado esta contraseña: Aquel a quien
yo dé un beso, ése es, prendedle y llevadle
con cautela. Nada más llegar, se acerca a
él y le dice: Rabbí, y le dio un beso. Ellos
le echaron mano y le prendieron" (Mc 14,34-46).
El pueblo judío había sido conquistado por
el imperio romano desde el año 63 a.C.; con
él, al igual que con todas sus colonias,
la forma de dominio seguida fue de un gran
respeto hacia sus instituciones políticas
y religiosas, y en general hacia sus valores
culturales, militares, etc. La táctica romana
de dominio consistía en tener un representante
en el país, llamado Procurador, y varias
legiones de soldados encargados de imponer
y conservar la paz, tanto militar como diplomática-mente,
para que el pueblo pudiera trabajar y pagar
sus tributos al Emperador. Por eso el Sanedrín, como máxima autoridad
civil y religiosa de Israel, tenía cierta
libertad de acción; contaba incluso con un
pequeño ejército con el cual podía imponer
el orden entre los judíos, pero que era insuficiente
en número para enfrentarse a las legiones
romanas.
Junto con sus soldados, el Sanedrín envió
a un grupo de personas encargadas de hacer
aparecer el arresto de Jesús como consecuencia
de una pequeña revuelta callejera.
II.A.5.- Sanedrín I.
"Los que prendieron a Jesús le llevaron ante
el Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían
reunido los escribas y los ancianos... Entonces
el Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos y dijo:
¡Ha blasfemado! ¿Qué os parece? Respondieron
ellos diciendo: Es reo de muerte" (Mt 26,57 y 65-66).
"Caifás era el que aconsejó a los judíos que
convenía que muriera un solo hombre por el
pueblo" (Jn 18,14).
Jesús fue llevado ante el Sanedrín por primera
vez el mismo jueves en la noche; a partir
de entonces el procedimiento seguido para juzgarlo fue totalmente ilegal.
La legislación judía prescribía que los delitos
mayores, los merecedores de la pena capital,
se examinaran solamente de día, nunca en
tiempo de fiestas y nunca en el transcurso
de solo día. Además, los judíos estaban auto-rizados
para dar muerte ellos mismos a un reo por
blasfemia mediante el procedimiento de lapidación
(He 7,55s); sin embargo lo entregaron a Poncio
Pilatos para ser crucificado, lo cual indica
que la intención del Sanedrín era otra que
simplemente la de ejecutar a un blasfemo,
y es que Jesús había adquirido tal renombre
que los judíos tenían miedo de echarse al
pueblo encima en caso de ordenar ellos que
fuera lapidado, por eso les era más conveniente
hacer que lo condenaran los roma-nos por
motivos aparentemente políticos.
El mismo jueves por la noche el Sanedrín
declaró a Jesús reo de muerte, como lo comenta
el evangelio de Mateo, y sus miembros discutieron
acerca de la acusación. La sentencia que
reporta el evangelio de Juan en 18,14 nos
da la clave del resultado: "...convenía que muriera un solo hombre por
el pueblo".
Las acusaciones presentadas contra Jesús
fueron muchas: Considerarse Hijo de Dios,
considerarse el Mesías, correr a los vendedores
y cambistas del Templo, predecir la destrucción
de su edificio, llamar Abbá a Dios, pretender
tener poder de perdonar los pecados, etc.
La verdad es que Jesús con su actuación ponía
en tela de juicio toda la religión judía,
y esto resultaba intolerable para el Sanedrín,
de allí la frase del Sumo Sacerdote, era
mejor que muriera Jesús y no que todo el
pueblo se viera afectado en la base misma
de su religión.
La primera reunión con Jesús esa noche fue
para declararlo reo de muerte, pero el Sanedrín
quiso que muriera crucificado por los romanos
y no lapidado por los judíos.
II.A.6.- Sanedrín II.
"Llegada la mañana, todos los sumos sacerdotes
y los ancianos del pueblo celebraron consejo
contra Jesús para darle muerte. Y después
de atarle le llevaron y le entregaron al
Procurador Pilatos" (Mt 27,1-2).
El viernes por la mañana se reunió por segunda
vez el Sanedrín para preparar la estrategia
que seguirían para acusar a Jesús ante Poncio
Pilatos. En esta segunda reunión las acusaciones
cambiaron totalmente respecto a las que se
habían presentado la noche anterior: Acusarían
a Jesús de no querer pagar los impuestos
y de proclamarse Rey de los judíos, en oposición
al Emperador romano; incurriría entonces
en el grave delito de rebelión contra la
autoridad imperial y merecería el castigo
de morir en la cruz (Cf. Lc 23,2-3).
II.A.7.- Poncio Pilato I.
"Comenzaron a acusarle diciendo: Hemos encontrado
a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo
pagar tributos al César y diciendo que él
es Cristo Rey. Pilatos le preguntó: ¿Eres
tú el Rey de los judíos? El le respondió: Si, tu lo dices. Pilatos
dijo a los sumos sacerdotes y a la gente:
Ningún delito encuentro en este hombre. Pero
ellos insistían diciendo: Solivianta al pueblo,
enseñando por toda Judea, desde Galilea,
donde comenzó, hasta aquí. Al oír esto, Pilatos
preguntó si aquel hombre era Galileo. Y,
al saber que era de la jurisdicción de Herodes,
le remitió a Herodes, que por aquellos días
estaba también en Jerusalén" (Lc 23,2-7).
El evangelio de Lucas nos informa de una
primer comparecencia de Jesús ante Pilatos,
quien lo encuentra inocente pero lo envía
ante Herodes por ser originario de Galilea;
a su vez, Herodes no quiere juzgarlo y lo
regresa al Procurador Pilatos. Los otros
tres evangelistas condensan estos hechos
en una sola presentación ante Pilatos, sin
mencionar la visita a Herodes.
La actitud y las palabras de Pilatos nos
muestran que él no encuentra culpa en Jesús
y que se ha dado cuenta de su inocencia desde
el primer momento que lo vio, sin embargo
como Procurador romano debe buscar la paz
en su territorio, y un punto clave para ello
es conservar las buenas relaciones con el
Sanedrín; de allí su táctica evasiva de enviar
a Jesús con Herodes, y luego de dar al pueblo
a escoger entre la libertad de Jesús y la
de Barrabás. Desde su posición como funcionario
romano Pilatos no cree que Jesús se haya
rebelado contra el imperio, pero sí capta
lo importante que es para el Sanedrín condenar
a Jesús, por eso al final terminará lavándose
las manos en señal de que el castigo impuesto
ha sido por complacer a los judíos y no por
las acusaciones hechas a Jesús.
II.A.8.- Herodes.
"Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho,
pues hacía largo tiempo que deseaba verle
por las cosas que oía de él, y esperaba presenciar
alguna señal que él hiciera. Le preguntó
con mucha palabrería, pero él no respondió
nada. Estaban allí los sumos sacerdotes y
los escribas acusándole con insistencia.
Pero Herodes, con su guardia, después de
despreciarle y burlarse de él, le puso un
espléndido vestido y le remitió a Pilato" (Lc 23,8-11).
A la muerte de Herodes el Grande, en el año
4 a.C., el Emperador Augusto hizo que se
cumplieran sus disposiciones testamentarias
y dividió el reino entre sus hijos, dando
la zona nor-occidental a Herodes Filipo,
la Galilea a Herodes Antipas, y Samaria y
Judea a Arquelao. En el año 6 d.C., ante
la incapacidad de Arquelao como gobernante,
se añadieron Judea y Samaria a la provincia
de Siria y quedaron bajo el mando del Procurador
de Siria; es por eso que cuando ocurrió la
pasión de Jesús el sur de Palestina estaba
gobernado por Poncio Pilato, mientras que
Galilea lo era por Herodes Antipas, aunque
éste también estaba sometido al Imperio Romano;
todo esto nos lo confirma Lucas en 3,1: "En el año quince del imperio de Tiberio César
siendo Poncio Pilato Procurador de Judea,
y Herodes Tetrarca de Galilea...".
Poncio Pilatos, al saber que Jesús era de
Galilea, y en un intento por disuadir al
Sanedrín de sus acusaciones, envió al prisionero
ante Herodes Antipas aprovechando que éste,
como él mismo, se encontraba en Jerusalén
con motivo de la fiesta de Pascua. Por su
parte Herodes también se dio cuenta de la
responsabilidad que le pasaba Pilato; él
tenía poder para mandar lapidar a Jesús,
pero en conciencia no podía hacerse cargo
de ejecutar el plan del Sanedrín, por lo
que decidió regresarlo al Procurador.
II.A.9.- Pilato II.
"Pilatos convocó a los sumos sacerdotes, a
los magistrados y al pueblo y les dijo: Me
habéis traído a este hombre como alborotador
del pueblo, pero yo lo he interrogado delante
de vosotros y no he hallado en este hombre
ninguno de los delitos de que lo acusáis.
Ni tampoco Herodes, porque nos lo ha remitido.
Nada ha hecho, pues, que merezca la muerte.
Así que le castigaré y le soltaré. Toda la
muchedumbre se puso a gritar a una: ¡Fuera
ése, suéltanos a Barrabás! Este había sido
encarcelado por un motín que hubo en la ciudad
y por asesinato. Pilato les habló de nuevo,
intentando liberar a Jesús, pero ellos seguían
gritando: ¡Crucifícale, crucifícale..." (Lc 23,13-21).
En este pasaje vemos cómo Pilatos, en su
intento por no ejecutar a Jesús, recurre
a la costumbre de dejar en libertad a un
prisionero como regalo romano a los judíos
por la celebración de la Pascua, pues Pilatos
sigue convencido de la inocencia de Jesús.
Ante esta actitud, el Sanedrín se encarga
de difundir entre el pueblo instrucciones
para que se grite pidiendo la libertad de
Barrabás y la condenación de Jesús; entonces,
cuando Pilatos pregunta a la muchedumbre
cuál de los dos prisioneros debe ser puesto
en libertad, todos responden en favor de
Barrabás. Tal vez en otras circunstancias
los judíos no habrían aceptado la liberación
de un asesino, sin embargo el Sanedrín veía
en Jesús un peligro mucho mayor que el que
ofrecía Barrabás, ya que Jesús con su doctrina
cuestionaba todo el fundamento de la religión
judía, según la entendían los maestros de
la Ley.
Pilatos, habiendo agotado todos sus recursos,
viendo la insistencia del Sanedrín y teniendo
como prioridad el salvaguardar la paz en
la región a su cargo, en un último intento
preguntó: "Y ¿qué voy a hacer con el que llamáis Rey de
los judíos?".
II.A.10.- La crucifixión.
"Pilatos entonces, queriendo complacer a la
gente, les soltó a Barrabás y entregó a Jesús,
después de azotarle, para que fuera crucificado" (Mc 15,15).
La crucifixión era el castigo que los romanos
daban por los delitos más graves, como la
rebelión o el asesinato; lo aplicaban para
hacer desistir a la población de cometer
esos delitos, y para ello los reos eran puestos
en el suplicio en sitios donde pudieran ser
vistos por mucha gente. Era común que antes
de la crucifixión se diera a los condenados
un trago de vino con alguna droga que adormecería
sus conciencias y atenuaría su sufrimiento,
pero Jesús lo rechazó; también era una tradición
que los soldados encargados de la ejecución
se repartieran las ropas de los condenados,
como sucedió con Jesús. Estos dos hechos
adquirieron, vistos a la luz de las profecías
de los Salmos del Dolor (22,19 y 69,22),
una especial importancia para los evangelistas
que vieron en ellos su cabal cumplimiento.
También era costumbre colocar sobre el crucificado
un letrero en el que se indicaba la causa
de su condena. San Juan en 19,19 recuerda
que la tabla de la acusación de Jesús contenía
una inscripción el hebreo, griego y latín
que decía: "Jesús Nazareno, el Rey de los Judíos".
Los signos extraordinarios que según los
evangelios acompañaron a la muerte de Cristo
quieren ser testimonio de que una nueva era
ha comenzado: Las tinieblas que se extendieron
por todo el país y la ruptura de la cortina
del Templo que cubría al Sancta Sanctorum,
lugar santísimo donde solamente el Sumo Sacerdote
podía entrar para ofrecer el sacrificio expiatorio.
Estas señales son expresión y símbolo de
que la Antigua Alianza había terminado y
comenzaba un nuevo orden divino (Cf. Heb
8,6-13). También es testimonio de ello la
confesión del centurión romano al pie de
la cruz: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (Mc 15,39); en ella vemos que en el
momento en que el pueblo judío dejaba que
su Mesías muriera en manos de los romanos,
surgió la confesión de que Jesús es el Hijo
de Dios en labios de uno sus verdugos.
II.A.11.- La sepultura.
Por lo general la muerte de los crucificados
ocurría después de largas horas, cuando que-daban
exhaustos. Normalmente eran sepultados en
fosas comunes ubicadas en sitios apartados,
pero la valiente intervención de José de
Arimatea evitó que a Jesús le fuera dada
esa clase de sepultura: él fue donde Poncio
Pilatos y le pidió el cuerpo de Jesús para
sepultarlo en una tumba de su propiedad,
excavada en la roca (Cf. Mc 15,42s).
La relación que escribieron los evangelistas
sobre la sepultura de Jesús es sobria, concisa
y objetiva, pero precisamente es así como
la sepultura se convierte en la confirmación
oficial de su muerte. La sepultura es una
consecuencia de la muerte, es la muerte llevada
a su consumación perceptible para los sobrevivientes;
el entierro manifiesta en forma visible la
partida del hombre de este mundo, su separación
definitiva de la sociedad humana; el entierro
es la última despedida que los sobrevivientes
harán al difunto. Se trata de una separación
definitiva que fue vista por San Pablo como
la ruptura final del hombre con el pecado
del mundo.
II.B.- Valor teológico de la muerte de Jesús.
II.B.1.- Introducción.
Analizamos en las páginas anteriores los
últimos momentos de la vida terrena de Jesús
con-templados desde un punto de vista externo,
es decir desde el proceso seguido contra
Jesús por el Sanedrín y por Poncio Pilatos,
y las razones que los judíos y romanos tuvieron
para condenarlo a morir en la cruz. En esta
sección se tratará de ver cómo sufrió Jesús
su muerte y qué experiencia humana le significó;
de esta manera podremos comprender, por una
parte, la generosidad de Dios, y por la otra
el valor insustituible que tuvo la muerte
de Jesús en la cruz para la salvación de
los hombres. Para descubrir esta experiencia
interna de Jesús hemos de recurrir a la figura
del Siervo de Yahweh presentada en el Antiguo Testamento.
II.B.2.- El Siervo de Yahweh.
a).- Los cuatro himnos del Siervo.
La figura del Siervo de Yahweh se encuentra
escrita en el libro del profeta Isaías, en
la forma de cuatro himnos o cantos: Is 42,1-4;
49,1-6; 50,4-9; 52,13 a 53,12; de estos cuatro
himnos es el cuarto el que está más lleno
de dramatismo y el que mejor delinea la figura
del Siervo, dice:
"He aquí que prosperará mi Siervo, será enaltecido,
levantado y ensalzado sobremanera. Así como
se asombraron de él muchos, pues tan desfigurado
tenía el aspecto que no parecía hombre ni
su apariencia era humana, otro tanto se admirarán
muchas naciones; ante él cerrarán los reyes
la boca, pues lo que nunca se les contó verán,
y lo que nunca oyeron reconocerán ¿Quién
dio crédito a nuestra noticia? Y el brazo
de Yahweh ¿a quién se le reveló? Creció como
un retoño delante de él, como la raíz de
tierra árida. No tenía apariencia ni presencia;
y no tenía aspecto que pudiéramos estimar".
"Despreciable y desecho de hombres, varón
de dolores y sabedor de dolencias, como uno
ante quien se oculta el rostro, despreciable,
y no le tuvimos en cuenta".
"Todos nosotros como ovejas erramos, cada
uno marchó por su camino y Yahweh descargó
sobre él la culpa de todos nosotros. Fue
oprimido, y él se humilló y no abrió la boca.
Como un cordero al degüello era llevado,
y como oveja que ante los que la trasquilan
está muda, tampoco él abrió la boca".
"Tras el arresto y juicio fue arrebatado,
y de sus contemporáneos ¿quién se preocupa?
Fue arrancado de la tierra de los vivos;
por las rebeldías de su pueblo ha sido herido;
y se puso su sepultura entre los malvados
y con los ricos su tumba, por más que no
hizo atropello ni hubo engaño en su boca.
Mas plugo a Yahweh quebrantarle con dolencias.
Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia,
alargará sus días, y lo que plazca a Yahweh
se cumplirá por su mano. Por las fatigas
de su alma, verá la luz, se saciará. Por
su conocimiento justificará mi Siervo a muchos
y las culpas de ellos él soportará.
Por eso le daré su parte entre los grandes
y con poderosos repartirá despojos, ya que
indefenso se entregó a la muerte y con los
rebeldes fue contado, cuando él llevó el
pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes".
Este cuarto himno, así como los tres que
le preceden, fueron escritos en una de las
épocas más difíciles de la relación que vivió
el pueblo de Israel con Dios. Yahweh había
prometido a su pueblo darle una numerosa
descendencia, una tierra propia para que
la habitara, un Rey, una Ley y un Templo:
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Promesa de descendencia numerosa: |
1800 a.C |
A Abraham. |
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Promesa de un territorio propio:
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1200 a.C. |
A Moisés y Josué |
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Promesa de una Ley: |
1170 a.C. |
A Moisés. |
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Promesa de una gran dinastía: |
1000 a.C. |
A David. |
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A David. |
950 a.C. |
A Salomón. |
Todas estas promesas le había cumplido Dios
a Israel como pueblo, sin embargo él no supo
corresponder a esa generosidad, no cumplió
la parte que le correspondía, fue infiel
a su Dios (Cf. Ez 16,23s). Por esa falta
de correspondencia Yahweh quitó a Israel
todas las promesas que le había cumplido;
esto sucedió históricamente en el año 586
a.C., fecha en la que Babilonia conquistó
a Israel, destruyó el Templo de Jerusalén,
deportó a su Rey y a la mayor parte del pueblo
apropiándose su territorio, le suprimió la
Ley que había recibido Moisés y le obligó
a seguir la propia de Babilonia; finalmente
hizo que los israelitas tuvieran que casarse
con babilonios, perdiendo así la pureza de
su raza. Fue en la amargura de este exilio
cuando un profeta escribió los cantos del
Siervo de Yahweh.
El profeta Isaías expresa en estos cantos
la experiencia dolorosa de un pueblo que
se ve abandonado por su Dios (Is 40-55).
Los sufrimientos y las calamidades del Siervo
reflejan la situación que afronta el pueblo
de Israel al tener que vivir la amarga experiencia
de su exilio en Babilonia, la cual acepta
como un castigo por su infidelidad. En ese
momento de dolor, abandono y sufrimiento,
Dios la da a su pueblo una esperanza que
el Deutero-Isaías recoge en la figura del
Siervo de Yahweh.
b).- Contenido doctrinal de los cantos del Siervo
de Yahweh.
El Siervo de Yahweh:
1.- Es inocente, no tiene culpa (53,9).
2.- Carga con las culpas de los demás (53,7):
"Yahweh descargó sobre él las culpas de todos
nosotros".
3.- No reclama (42,2): "No vociferará ni alzará el tono, y no hará
oír en la calle su voz".
(50,6): "Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban
y mis mejillas a los que
mesaban mi barba"
4.- Dios mismo le infringió este sufrimiento
(53,6): "Yahweh descargó sobre él la culpa de todos
nosotros", (53,10): "Mas plugo a Yahweh quebrantarle con dolencias".
5.- Lo abandonaron los suyos (49,7): "Aquel cuya vida es despreciada y es abominado
de las gentes".
6.- Dios mismo lo abandonó (49,4): "Pues yo decía: Por poco me he fatigado, en
vano e inútilmente mi vigor he gastado ¿De
veras Yahweh se ocupa de mi causa, y mi Dios
de mi trabajo?
7.- Y Dios le había encomendado una misión
(42,3s): "Lealmente hará justicia; no desmayará ni
se quebrará hasta implantar en la tierra el derecho,
y su instrucción atenderán las islas. Así
dice Dios..."
8.- Su vida termina en el más completo abandono,
sin haber podido descubrir para qué lo había
llamado Dios. Ya muerto es enterrado entre
los malhechores (53,9): "Y se puso su sepultura entre los malvados".
c).- Valor salvífico del sufrimiento del
Siervo.
El sufrimiento del Siervo se convierte en
causa de salvación para los demás, y al padecer
en favor de los otros lo hace también en
favor suyo; al cargar con la culpa, la anula;
queda así puesta la condición necesaria para
la salvación designada metafóricamente como
una curación: "El soportó el castigo que nos trae la paz,
y con sus cardenales hemos sido curados" (53,5).
La salvación que da el Siervo de Yahweh consiste
en un estado de seguridad, que resulta del
apaciguamiento ((shalom = paz) instaurado en todos los ámbitos de
la vida humana y que, como lo muestran sobre
todo las descripciones bíblicas del estado
original y de la salvación escatológica,
se debe en último término a la paz con Dios;
y la paz, para la Biblia, es un estado de
armonía de todas las relaciones del hombre
con Dios, con los demás seres humanos y con
la naturaleza.
La obra y la salvación del Siervo tendrán
un éxito perdurable. Esta idea del éxito
final luego de pasar por todas las dificultades
se encuentra en los poemas del Siervo (42,2;
49,4; 50,7s) y culmina con la proclamación
de Yahweh en el Canto cuarto; en él, el Siervo
obtendrá un éxito inaudito e inesperado,
para maravilla de los pueblos y reyes "subirá y crecerá mucho" (52,13s). Este éxito se ilustra mediante
dos series de imágenes típicamente bíblicas:
una pertenece al ámbito militar por tratarse
de una victoria en batalla, "le dará una multitud como parte, y tendrá
como despojo una muchedumbre"; la otra está tomada del ámbito forense
y se refiere a la victoria de su causa ante
el tribunal, cuando finalmente el Siervo
sea reconocido como justo (53,11).
La exaltación, victoria o justificación del
Siervo consiste en que "verá la luz" (53,11). En el lenguaje de la Biblia
y del Oriente antiguo esto significa que
vivirá y "prolongará sus años" (53,10); el Siervo podrá incluso trasmitir
la vida después de la muerte: "Verá su descendencia" (53,10); así el Siervo vuelto a la
vida transmitirá esa vida , y siendo justo
justificará a Israel. En cuanto sea exaltado,
ejercerá la misión de mediador entre Dios
y los hombres.
II.B.3.- La muerte de Jesús y la figura del
Siervo.
La muerte de Jesús nos hace ver que su misión
no es otra que la descrita para el Siervo
de Yahweh, ya que él hizo realidad aquello
que en el libro del profeta Isaías era solamente
una promesa. Jesús es el Siervo de Yahweh,
y su figura como tal ejerció un influjo notable
en la Cristología del Nuevo Testamento (Cf
Mc 1,11; 10,45; Lc 22,37; 24,25-26; He 3,13-18;
8,26-36; I Cor 15,3; 2 Cor 5,21; Fil 2,7;
Heb 9,28).
Jesús, al igual que el Siervo, es inocente;
por eso Pilatos se lava las manos. Jesús
carga con las culpas de los demás: "Cristo murió por nuestros pecados" (I Cor 15,3). Jesús no reclama: "pero no sea lo que yo quiero, sino lo que
tu quieras" (Mc 14,36). Dios mismo le infringe
este sufrimiento: "¡Abba, Padre!; todo es posible para ti; aparta
de mí esta copa...". Lo abandonaron los suyos, Pedro no
negó (Mc 14,66-72), Judas lo traicionó, sus demás discípulos se escondieron
(Mc 14,50), Dios mismo parece haberlo abandonado:
"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".
La muerte de Jesús tiene valor por haberse
cumplido en ella la profecía del Siervo de
Yahweh y no por el sufrimiento físico que
implicó, pues muchos otros también sufrieron
el dolor tremendo de ser crucificados, y
otras personas han padecido enfermedades
muy dolorosas por un tiempo más largo que
el que duraba el tormento de la crucifixión.
La vida y la muerte de Jesús tienen un enorme
valor por la confianza que durante ellas
demostró en su Padre Dios, una confianza
sin límites llevada hasta el extremo.
Tratemos ahora de comprender lo que pasaba
en el interior de Jesús durante sus últimos
días.
Jesús, a medida que iba creciendo y desarrollándose,
descubría su divinidad. Este descubrimiento
no debe haberle sido sencillo de aceptar,
porque como ser humano era igual a nosotros
y por lo tanto tenía nuestra misma anatomía
y nuestra misma forma de pensar, de tal manera
que para poder juzgar algo necesitaba contar
con elementos; su juicio era limitado pues
como humano no podía adivinar el futuro,
ni predecirlo, ni conocer lo que las personas
sentían y pensaban. Era de nuestra misma
condición en todo, menos en el pecado. Como
Dios, en cambio, lo sabía todo, podía comprender
las cosas presentes, las pasadas y las futuras;
era omnisciente y omnipotente.
Cuando Jesús comenzó a descubrirse como Dios,
cuando comenzó a notar que Dios estaba presente
en él, tuvo que ir poco a poco aprendiendo
a traducir su divinidad a términos de su
humanidad; es como el caso de un místico
que tenga una experiencia muy fuerte de Dios,
que tiene que aprender a expresarla con la
lógica y dentro de las categorías humanas
para que sea comprensible a los demás.
Jesús siempre fue Dios, desde su nacimiento
hasta su muerte, desde antes de encarnarse
hasta después de ser glorificado en la Resurrección,
pero como hombre verdadero tuvo que pasar
por un proceso humano para comprender su
divinidad; podríamos decir que a medida que
iba creciendo, humanamente hablando, aprendía
a comprender a Dios y a convivir con él.
El conocimiento pleno de su misión en el
mundo fue manifestado por Jesús en la sinagoga
de Nazaret, en una ocasión que ha sido recordada
por Lucas en 4,16-21: "Vino Jesús a Nazaret, donde se había criado, y, según su costumbre, entró en la sinagoga
el día sábado, y se levantó para hacer la
lectura. Le entregaron el volumen del profeta
Isaías, y desenrollando el volumen, halló
el pasaje donde estaba escrito: 'El Espíritu
del Señor está sobre mí, porque me ha ungido
para anunciar a los pobres la Buena Nueva,
me ha enviado para proclamar la liberación
a los cautivos y dar la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos y proclamar
el año de gracia del Señor'. Enrollado el
volumen lo devolvió al ministro, y se sentó.
En la sinagoga todos los ojos estaban fijos
en él. Comenzó a decirles: 'Esta Escritura,
que acabáis de oír, se ha cumplido hoy" A continuación Jesús manifestó a los
presentes que en él se cumplía todo aquello que el profeta Isaías había
escrito muchos años antes. Se trata este
texto de una profecía de carácter mesiánico,
y si Jesús se la aplicó es porque tenía la
certeza de ser el Mesías, el Salvador de
los hombres.
Tomando el cuenta que Jesús se había descubierto
como el Hijo de Dios, a quien llamaba Abba, el haberse identificado en la sinagoga
como el Mesías y Salvador profetizado por
Isaías no puede reducirse a un momento de
emoción religiosa, sino a una realidad comprendida
que también es aceptada por Pedro en Mc 8,27-29
cuando Jesús pregunta "¿Quién dicen los hombres que soy yo?. Ellos
le dijeron, unos, que Juan el Bautista; otros
que Elías; otros que uno de los profetas.
Y él les preguntaba: y vosotros ¿quién decís
que soy yo?. Pedro le contesta: 'Tú eres el Cristo..."
A lo largo de su vida Jesús se ha descubierto
ser el Hijo de Dios y se ha percatado de
su misión como Mesías, sin embargo en el
momento en que se encuentre próximo a morir
todo habrá de cuestionarlo, pues se verá
traicionado por Judas, negado por Pedro y
abandonado por todos los suyos. Ya desde
su oración en el huerto de Getsemaní Jesús
comienza a sentir una terrible angustia humana,
y se dirige al Padre: "Abba, todo es posible para tí; aparta de
mí esta copa..." (Mc 14,36). El hecho de que estas
palabras hayan sido conservadas en arameo
es prueba de que se trasmiten tal como fueron
dichas por Jesús; en ellas manifiesta el
horror tremendo que experimenta al ver que
su existencia terminará en la cruz, y lo
que es peor, sentir que allí fracasará su
misión. Luego, en sus últimos momentos, apelará
al Padre pensando que también El le ha abandonado:
"Eloi, Eloi, ¿lema sabactani?", Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?, palabras que el evangelista
Marcos conservó también en arameo, la lengua
madre de Jesús.
La muerte de Jesús es una tremenda desilusión
porque implica que todo aquello que había
experimentado como Hijo de Dios venía a convertirse
en una mera ilusión; su muerte en la cruz
implicaba que había fracasado en el cumplimiento
de su misión, que ni era el Hijo de Dios,
ni el Mesías, ni el Salvador. Esta desilusión
es la que sentía Jesús, el hombre, aquel
viernes en que era sentenciado a muerte por
Poncio Pilatos; pero sería el hecho de continuar
hasta la cruz a pesar del abandono de los
suyos, de obedecer ciegamente a Dios a pesar
de su aparente abandono, lo que lo convertirá
en el Salvador de los hombres, en el Mesías,
porque Hijo de Dios nunca dejó de serlo.
La