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Angelo Serra
Cuando se trata de responder a las dos preguntas
principales: 1) ¿Qué pueden decir legítimamente las ciencias
experimentales sobre el estatus del embrión?
; 2) ¿Qué dicen las ciencias experimentales sobre
cuándo se inicia el ciclo vital de un individuo
humano? , a menudo nos encontramos frente a dos obstáculos:
información errónea o incompleta con respecto
a la embriogénesis humana, e interpretaciones
incorrectas de los datos derivados de la
observación o experimentales.
El objetivo de esta sección es precisamente
describir sintéticamente las etapas principales
del proceso del desarrollo humano, particularmente
en los 14 días después de la fecundación,
en orden a facilitar la respuesta a estas
preguntas.
La «concepción» de un individuo humano es
el punto final de un proceso complejo llamado
proceso de fertilización [1] , cuyo curso «consta de sucesivas etapas
en un orden obligado» [2] . En este proceso están implicadas dos células
extraordinaria
A continuación de la fusión entre el esperma
y el oocito, el segundo se vuelve extraordinariamente
activo e inicia una cascada de eventos que
culminan en el impulso del desarrollo embrionario.
Prueba de esta activación son las variaciones
de la composición iónica del oocito, debidas
principalmente a un imprevisto y transitorio
aumento de la concentración intracelular
de los iones de calcio bajo la acción de
la oscilina, una proteína descubierta recientemente
que induce a la propagación de la «onda»
iónica denominada «onda del calcio», que
marca el inicio del desarrollo embrionario [6] .
Se ha formado una nueva célula: el cigoto o embrión unicelular. Esta nueva célula comienza a operar como
un sistema único, un ser viviente ontológicamente unitario,
esencialmente similar -si bien con alguna
peculiaridad- a todas las otras células en
fase mitótica. Una de las primeras actividades
del nuevo sistema es la reacción cortical, que consiste en la secreción de enzimas hidrolíticas
-como las proteasas, las peroxidasas y otros
enzimas- por parte de las miríadas de gránulos
corticales semejantes alas lisosomas y localizados
en la zona periférica del oocito, que lleva
a la inactivación de los receptores espermáticos
de la zona pelúcida y al endurecimiento de
la misma, impidiendo que inicie su propio
ciclo vital. B.M. Shapiro, después de haber
descrito la complejidad de las reacciones
químicas que preparan este «microincubador»
para el nuevo organismo durante su desarrollo
precoz, hace observar que esta notable cápsula
de fertilización es necesaria «para la protección
al inicio del desarrollo, cuando se establecen
los ejes embrionarios [...] El empuje del
plano somático complexivo depende de la comunicación
intercelular, y la cápsula de fertilización
aísla los blastómeros de los influjos extraembrionarios»:
en realidad «ella es fundamental para un
desarrollo normal y constituye una elegante
solución de la morfogénesis» [7] .
La reorganización del nuevo genoma, que representa el principal centro de información
para el desarrollo del nuevo ser humano y
para todas sus funciones ulteriores, es la
más importante entre las muchas otras actividades
de esta nueva célula. Sobre la base de datos
muy recientes [8] , sabemos que entre tres y seis horas desde
la incorporación del espermatozoide comienzan
a organizarse los microtúbulos que se disponen
como aureola y el oocito completa su meiosis
II con la expulsión del segundo globo polar.
Mientras los pronúcleos masculino y femenino siguen condensándose
y se acercan el uno al otro, el DNA se duplica,
los microtúbulos del pronúcleo masculino
prosiguen su expansión hasta circunscribir
entre ambos los dos pronúcleos que se acercan
estrechamente el uno al otro: es la fase
denominada de cariogamia, que se verifica en torno a las quince horas
de la fecundación. En este punto el centro
soma se divide y, a partir de los pronúcleos,
se organiza una estructura bipolar de microtúbulos.
Alrededor de una hora y media después, en
la primera fase mitótica, los cromosomas
masculinos y femeninos se condensan separadamente,
mientras que en la estructura de los microtúbulos
son visibles claramente los polos del primer
huso mitótico. Los cromosomas se alinean
en el ecuador del huso y se distribuyen de
modo ordenado en el citoplasma que ha comenzado
a dividirse, hasta que sean formadas, con
el complemento de la citodiéresis, dos células,
cada una dotada de una pareja del genoma
entero, que permanecen unidas íntimamente
formando el embrión de dos células.
La exposición de estos datos esenciales sobre
la formación del cigoto y sobre el paso de
embrión unicelular a embrión de dos células
indica, con toda evidencia, que en la fusión de los gametos comienza a operar
como una unidad una nueva célula humana,
dotada de una nueva y exclusiva estructura
informacional que constituye la base de su
desarrollo posterior.
A fin de comprender mejor la auténtica naturaleza
de esta nueva célula, hay que subrayar dos
características, que aclaramos a continuación.
La primera es que el cigoto existe y actúa desde la singamia como un ser ontológicamente unitario, y con una precisa identidad. La segunda es que el cigoto está intrínsecamente orientado y determinado hacia
un desarrollo bien definido. Ambas características, identidad y orientación, son esencialmente consecuencia de la información
genética de la que está dotado. Esta información
-sustancialmente invariable-, en realidad,
el fundamento de la pertenencia del cigoto a
la especie humana y de su singularidad individual o identidad, y contiene un programa codificado completo, que le dota de enorme potencialidad morfogenética que se realizará autónoma y gradualmente durante el proceso epigenético rigurosamente
orientado. Esta potencialidad no significa
mera «posibilidad», sino que representa la
capacidad natural intrínseca de un ser, que ya es existente, de realizar,
en las debidas condiciones, el plano codificado
entero.
Si la realidad se muestra así, al investigador
de embriología le surge entonces la pregunta
crucial: ¿Esta célula, el cigoto, representa también
el punto exacto en el espacio y en el tiempo
en el que un nuevo organismo individual humano
inicia su propio ciclo vital? Para responder a esta cuestión es indispensable
el análisis del proceso epigenético que parte
de esta célula. Para nuestro objetivo, hay
que distinguir entre tres períodos: (1) del
cigoto al blastocisto; (2) del blastocisto
al disco embrionario; y (3) del disco embrionario
al feto.
En un período aproximado de cinco días se
da una rápida multiplicación celular bajo
el control de un gran número de genes implicados
en muchos aspectos del ciclo mitótico [9] , desde la producción de ciclina y proteína-kinasa,
que regulan el propio ciclo, a la síntesis
de enzimas y otras proteínas necesarias para
la estructuración y la actividad del creciente
número de células. Este crecimiento, sin
embargo, es completamente diverso del que
se produce en el cultivo celular in vitro. En efecto, en el estadio de 2-8 células éstas
quedan unidas entre sí mediante microvillis y puentes citoplasmásticos intercelulares
que facilitan la transmisión de señales entre
célula y célula, absolutamente necesaria
para un acrecentamiento ordinario. Este contacto
llega a ser altamente adhesivo en el estadio
de 8-32 células, llamado de mórula que se caracteriza por dos procesos principales:
la compactación y la polarización.
Durante la compactación, entre el tercer y el cuarto ciclo celular
(el segundo y tercer día de la fecundación)
-definida por H. Vogler como «la fase de
la reorganización de las células individuales
y de la recíproca interacción» [10] las células se adhieren entre ellas todavía
más fuertemente, maximizando el área de contacto
y formando complejos agrupamientos particulares [11] , llamados tight junctions y gap junctions, que favorecen un rápido transporte intercelular
de iones y señales moleculares y el progreso
del proceso normal de desarrollo, que podría,
en cambio, resultar alterado por la ausencia
de una sola proteína unitiva [12] .
Durante la polarización [13] en tomo al cuarto día desde la fecundación,
se asiste a una redistribución de estructuras
endocelulares como el núcleo, los mitocondrios,
los microtúbulos, las grandes moléculas como
la actina, la clatrina, la caderina (AT Pasa).
En el cuarto ciclo de multiplicación celular
ya se pueden reconocer claramente dos tipos
de células: las polares, en las que se produce la redistribución,
y las apolares. Estas asumen posiciones diferentes: en la
periferia las primeras y en el centro las
segundas, y reciben un destino diferente,
las polares dan origen a la línea celular trofoblástica y las apolares a la línea celular embrioblástica, imprimiendo así al embrión una verdadera
heterogeneidad morfológica.
Esta heterogeneidad llega a ser más evidente
todavía en el quinto día después de la fecundación
(sexto o séptimo ciclo celular) cuando aparece
el blastocisto, formado por alrededor de 64-128 células.
Por tanto, pueden distinguirse tres tipos
de estratos celulares, histológicamente diferentes
y con destinos diversos: el trofoblasto mural y el trofoblasto polar, derivados de la diferenciación de las células
de la línea trofoblástica; el ectodermo primitivo y el endodermo, derivados, a su vez, de la diferenciación
de la masa celular interna formada por la línea celular embrioblástica.
Hasta este período el desarrollo embrionario
sucede dentro del revestimiento de fertilización, que origina el proceso de endurecimiento
( «hardening» ) de la zona pelúcida, revestimiento que
protege el embrión en desarrollo y le impide
que se adhiera alas paredes tubáricas. Las
membranas celulares de las células del trofectoderma
contienen una bomba de sodio potasio (Na+/K+-ATPasa)
recubierta mediante el blastocele, que transporta iones de sodio dentro de la
cavidad central. Esta acumulación de iones
de sodio provoca el paso osmótico de agua,
que se acumula en la cavidad blastocélica
aumentando el volumen [14] . Cuando el embrión alcanza el útero, y antes
del comienzo del proceso de implantación,
el blastocisto emerge ( «hatching» ) del revestimiento de fertilización y puede
adherirse libremente al epitelio endometrial
uterino, generalmente en la parte superior
de la pared posterior del útero.
A pesar de que los blastocistos humanos pueden
pasar in vitro a través de algunos de los primeros estadios
típicos del desarrollo después de la implantación,
llegando hasta la formación del sincitiotrofoblasto,
pero sin el soporte endometrial, sin embargo,
varios estudios experimentales sobre el desarrollo
in vitro de los blastocistos de ratón, de conejo y
humanos sugieren que en estas condiciones
el crecimiento embrionario resulta anormal [15] . La implantación aparece, por tanto, como
obligatoria para un ulterior desarrollo embrional
normal.
Está ahora bien definido [16] que la implantación, que en la especie humana
parece iniciarse nada más el embrión ha entrado
en el útero, implica una serie de estímulos
y respuestas integradas, es decir, un diálogo
activo entre las células maternas y las células
del blastocisto: hecho que supone, por consiguiente,
un rol activo para ambos. La naturaleza y
la integración de varios estímulos y respuestas,
que exigen una sincronía precisa, son ahora
objeto de estudio [17] . Pero antes recordaremos algunos datos relevantes.
El útero está preparado para la implantación
por la acción de las hormonas esteroideas,
producidas en el ovario durante su fase secretora
precoz, que influye en la síntesis de proteínas
esteroideo-sensibles. Entre éstas se encuentran:
1) enzimas, como las peptidasas, las glicosidasas
y las estearasas, usadas en la digestión
de la zona pelúcida y en la modificación
del endometrio y del trofoblasto para facilitar
la implantación; 2) proteínas encargadas
de la protección del feto por la respuesta
inmunitaria de la madre; y 3) otras proteínas
que estimulan y/o regulan, directa o indirectamente
el desarrollo embrionario, en particular
el de la familia del factor de crecimiento
epidérmico (EGF) y el factor inhibidor de
la leucemia (LIF).
El embrión, por su parte, una vez implantado,
rápidamente -o muy verosímilmente también
antes- segrega la proteína b-1 específica de la gestación (sp1), la gonadotropina
coriónica humana (b-hCG) y el 17-b-estradiol. Estas favorecen el mantenimiento
del cuerpo amarillo y colaboran en el proceso,
en tres estadios, de la adhesión del embrión
al útero. En el primer estadio, el de aposición, los microvillis del epitelio uterino y del
trofoblasto (que llegará a ser sincitiotrofoblasto)
se interdigitan, mientras en la superficie
del blastocisto se acumulan proteínas y glicoproteínas,
entre las cuales se halla el receptor del
factor de crecimiento epidérmico (EGFR) y
la 1-b interlewkina (IL-1b ), que facilitan los otros dos pasos -esto
es, la adhesión al útero y la penetración en el estroma endometrial a través del epitelio
uterino-, estabilizando así definitivamente
al embrión.
Simultáneamente a estos acontecimientos,
en el período denominado «ventana de implantación»,
entre el sexto y el decimocuarto día de la
concepción, el embrión prosigue extensamente
los sucesivos pasos de la diferenciación.
En torno a los ocho días de edad, en el blastocisto
-que alcanza un diámetro de cerca de 0,1
mm- aparece la cavidad amniótica. Entre tanto, en el ectodermo primitivo, derivado
de la masa celular interna, se forma un disco
--el epiblasto- compuesto por células cilíndricas que, junto
con el s útil estrato inferior de pequeñas
células vesiculares del endodermo embrionario,
configura una estructura bilaminar denominada
disco embrionario. Al décimo día el amnios está ya diferenciado, el saco vitelínico
primitivo está delimitado, y el trofoblasto
polar con el mesodermo extraembrionario da
origen al corion, del que se desarrollará la placenta. Entre
el undécimo y el decimocuarto día, del citotrofoblasto
que rodea al embrión se proyectan en el sincitiotrofoblasto
pequeñas masas de tejido, donde éstas continuarán
creciendo hasta formar las vellosidades coriónicas,
mientras el disco embrionario alcanza los
0,15-0,20 m m de diámetro, rodeado por el
corion. Finalmente, alrededor de 14 días
después de la fertlización, en el extremo
caudal del embrión, aparece un denso grupo
de células, denominado estria primitiva, que marca la formación de un tercer estrato
de células, el mesodermo.
El disco embrionario, una estructura altamente compleja compuesta
por gran cantidad de células, representa
un punto de llegada altamente significativo entre los estadios
iniciales del desarrollo precoz del nuevo
ser humano, y también un punto decisivo para su futuro desarrollo. En efecto, durante
las tres semanas siguientes, en este disco
embrionario -que forma un todo con las denominadas estructuras embrionales,
amnios y corion en particular, sin las cuales
no podría producirse un desarrollo posterior-
se define el diseño general del cuerpo (body plan) y se inicia el modelado (patterning) de los diferentes órganos y tejidos, seguido
por la histogénesis y por la organogénesis.
En la quinta semana de gestación, cuando
la longitud del embrión es algo inferior
a 1 cm, están ya presentes -aunque en estado
primario- la estructura del cerebelo, del
corazón y de algunos trazos pulmonares, gastro-entéricos
y urinarios, y se inicia la diferenciación
sexual; en la sexta semana los miembros en
esbozo son claramente visibles, y en la séptima
semana la forma del cuerpo es completa.
Este análisis sumario del proceso de desarrollo
a nivel morfológico sería suficiente para resolver la cuestión
crucial acerca del punto exacto en el tiempo
cuando un nuevo organismo humano individual
inicia su propio ciclo vital. Sin embargo,
recientemente, han emergido nuevos datos
que consideran el control del proceso epigenético
y que están en condiciones de dar mayor fuerza
a la argumentación expuesta hasta ahora.
M. Barinaga, al presentar los resultados
de una entrevista a eminentes biólogos del
desarrollo, con ocasión del primer centenario
del nacimiento de la embriología moderna,
fundada por Wilhelm Roux en 1894, afirmaba
que los investigadores «están llegando a
los secretos de cómo una única célula de
huevo fertilizada pasa por la compleja y
magníficamente orquestada serie de cambios
que crean un organismo entero» [18] . Entre los secretos que quedan todavía por
desvelar en parte, recordamos los más decisivos:
1) ¿Cómo todos los procesos descubiertos
hasta ahora, desde el cigoto hasta el disco
embrionario y otros, pueden suceder con tal
orden y regularidad en el espacio y en el tiempo? 2) ¿Qué conduce
y regula la diferenciación celular, el establecimiento de las líneas celulares, la agregación ordenada de células y tejidos en órganos y en áreas
bien definidas, de modo que se asegure armonía y unidad en la totalidad corpórea en crecimiento? 3) ¿Cómo puede la forma completa de un nuevo sujeto ser generada por una sola
célula, el cigoto?
Todavía no es posible dar una respuesta exhaustiva
a estas preguntas. Sin embargo, dos líneas
principales de investigación llevadas sobre
muchos modelos animales [19] -desde el pequeño nematodo Caenorhabditis elegans (constituido por sólo 959 células, de las
cuales 302 son nerviosas), hasta insectos,
anfibios, peces y mamíferos (incluidos los
primates y el hombre) han suministrado datos
que ofrecen algunas claves importantes para
penetrar un poco más en la profundidad de
estos secretos. La primera línea de investigación es el análisis de las modificaciones
bioquímicas que se producen en la célula singular, en
las diferentes líneas celulares y en varias
regiones del cuerpo en fase de crecimiento,
con atención particular a los estadios singulares
de la organización de la forma definitiva.
La segunda línea de investigación, ahora en rápida evolución,
es el descubrimiento, mediante los métodos
de la genética clásica y hoy, sobre todo,
de la nueva genética, de los genes implicados en los muchos steps epigenéticos, desde el cigoto hasta la adquisición
de la definitiva conformación somática.
Algunos resultados merecen ser recordados
aquí. Se ha demostrado que el nuevo genoma, que se establece en el cigoto, asume el control de todo el proceso morfogenético
desde los primerísimos estadios del desarrollo [20] . «La activación de los genes cigóticos es
absolutamente esencial para la prosecución
del desarrollo» [21] , aunque una notable cantidad de productos
de transcripción (mRNA) y de traducción (proteína)
de los genes de origen materno, acumulados
durante el crecimiento y la maduración del
oocito, son usados para sostener los primerísimos
estadios del desarrollo, pero se van sustituyendo
de modo muy rápido y gradual por los nuevos
productos genéticos, derivados de la transcripción
y traducción del nuevo genoma del embrión [22] . Como señala G.M. Kidder, «una importante
consecuencia es que todas las fases de la
morfogénesis (si no todas las divisiones
iniciales) antes de la implantación dependen
de la expresión de los genes propios del embrión» [23] . Esto se revela por la existencia de mutaciones
letales, presentes en el genoma embrionario,
que operan negativamente en el período del
desarrollo preimplantatorio [24] , y por la sensibilidad de tres importantes
pasajes morfogenéticos [25] a agentes que impiden la transcripción del
DNA o la síntesis de las proteínas. Ya en
1976, W. Engel y W. Franke, resumiendo un
gran número de observaciones sobre el desarrollo
en el conejo, concluían que la activación
del nuevo genoma «debe producirse desde el
estadio de una célula, a fin de que el desarrollo
pueda continuar hasta el estadio de ocho
células» [26] .
P. Braude y sus colaboradores [27] han presentado la primera prueba de que una
activación muy precoz del nuevo genoma sucede
también en el embrión humano.
Ésta, que fue durante largo tiempo una mera
intuición, se transforma en evidencia cuando
se tiene finalmente conocimiento de los numerosos
factores implicados en la persistente discrecionalidad
del desarrollo embrionario, y se comprende
mejor la extensa e inteligente actividad
del genoma. En realidad, de todos estos conocimientos
emerge también otra conclusión, que la regularización del proceso de desarrollo
es el resultado de una actividad jerárquicamente
ordenada de tres clases principales de genes:
los genes llamados «posicionales» (coordinate genes), «selectores» (selector genes) y «realizadores» (realizator genes) [30] .
Los genes posicionales [31] , mediante la producción y la actividad de «proteínas morfogenéticas» y de otras moléculas de una acción similar (morfogénesis), establecen la exacta posición de células o grupos de células a lo largo de los ejes antero-posterior y dorso ventral del embrión, contribuyendo así a la definición del plano corpóreo general.
Los genes selectores [32] , regulan la secuencia de los procesos de
diferenciación en el tiempo y en el espacio
a lo largo de los ejes, que son determinados
por la actividad de los genes posicionales:
mediante la producción de factores de transcripción especifican en el plano corpóreo general
las numerosas regiones donde se formarán
los varios órganos y tejidos, operación indicada
como modelada (patterning).
Los genes realizadores [33] , bajo la influencia de los genes selectores
que activan e inhiben los productos o factores
de transcripción, conducen a la estructura definitiva de cada órgano con sus distintos tejidos.
En conclusión, la tarea específica de tanta
cantidad de genes reguladores es la de determinar la diferenciación de
las células y la gradual estructuración de
los diversos órganos a través de la acción
de una enorme variedad de macromoléculas
desde las que controlan la producción. Es
fácil imaginar la complejidad de la interacción de estos genes, sea en el mismo nivel de
organización, sea en niveles diferentes.
Esta complejidad aumenta necesariamente con
el progreso del desarrollo, y, por eso, implica
otros muchos factores de regulación y mecanismos
de autocontrol, especialmente a fin de facilitar
las comunicaciones entre el ambiente extracelular
y la célula, entre célula y célula, y entre
el citoplasma y el núcleo que contiene la
mayor parte de la información genética.
De hecho, continuamente se describen nuevas clases de genes [34] , que controlan la producción de moléculas
importantes, como las moléculas de adhesión celular (CAM, cell adhesion molecules), las moléculas de adhesión al sus trato (SAM, substrate adhesion molecules), los receptores, y los «segundos mensajeros» o moléculas de señalización. Es suficiente, por ejemplo, que cambie uno
de los cuatro genes del receptor del factor
de crecimiento fibroblástico (FGFR) para
que se manifiesten en el embrión graves malformaciones.
Por recordar solamente una de éstas: una
mutación en el gen receptor 3 (FGFR3) provoca
la displasia tanatofórica [35] . Justamente, L. Wolpert ha hecho notar que
«la clave verdadera para
Hasta ahora se han descrito brevemente los
primeros estadios del desarrollo del embrión
humano, y se ha hecho una aproximación a
su control genético. No se ha intentado ni
verificar ni falsificar ninguna hipótesis
particular. El objetivo era dar a conocer
algunos aspectos esenciales del complejo
proceso biológico que es el desarrollo de
un ser humano. Este conocimiento es la premisa
necesaria para la respuesta a las preguntas:
1) ¿Cuál es el estado de un embrión humano precoz?
, y 2) ¿Cuándo comienza un ser humano su ciclo vital?
Para responder a estas preguntas no es necesario
formular nuevas hipótesis, sino simplemente
analizar nuestros datos inductivamente. Esto
se puede hacer tomando en consideración las
tres propiedades principales que caracterizan
el completo proceso epigenético que, según C.H. Waddington, introductor del
término epigénesis, podría ser descrito como «la emergencia continua
de una forma de estadios precedentes» [37] .
La primera propiedad es la coordinación. El desarrollo embrional, desde el momento
de la fusión de los gametos hasta el de la
formación del disco embrional alrededor de
los 14 días tras la singamia, y todavía más
evidentemente después, es un proceso donde
existe una secuencia e interacción coordinada
de actividad molecular y celular, bajo el
control del nuevo genoma, que es modulado
por una cascada ininterrumpida de señales
transmitidas de célula a célula y del ambiente
externo y/o interno a las células singulares.
Precisamente esta innegable propiedad implica, y aún más, exige una rigurosa unidad del ser que está en constante desarrollo.
Cuanto más progresa la investigación científica,
más parece que el nuevo genoma garantiza
esta unidad, donde un gran número de genes
reguladores aseguran el tiempo exacto, el
lugar preciso y la especificidad de los eventos
morfogenéticos. J. Van Blerkom, concluyendo
un análisis de la naturaleza del programa
de desarrollo de los primeros estadios de
los embriones de los mamíferos, subraya claramente
esta propiedad: «Las pruebas disponibles
sugieren que los eventos en el oocito en
maduración y en el embrión precoz siguen
una secuencia directa de un programa intrínseco.
La evidente autonomía de este programa indica
una interdependencia y coordinación a los
niveles molecular y celular, que tiene como
resultado la manifestación de una cascada
de acontecimientos morfogenéticos» [38] .
Todo esto conduce a la conclusión de que
el embrión humano -como cualquier otro embrión
también en sus primeros estadios no es, como afirma N.M. Ford «tan sólo un amasijo
de células», «cada una de las cuales es un
individuo ontológicamente distinto» [39] , sino que el embrión completo es un individuo real, donde las células singulares están estrictamente integradas en un proceso mediante el cual traduce autónomamente,
momento por momento, su propio espacio genético en su propio espacio organísmico.
La segunda propiedad es la continuidad. Parece innegable, sobre la base de los datos
hasta ahora presentados, que en la singamia
se inicia un nuevo ciclo vital. «La función
última del espermatozoide es fundirse con
la membrana plasmática del oocito. En el
momento de la fusión [singamia] deja de ser
un espermatozoide y aparece como parte de
una célula formada de nuevo, el cigoto» [40] . El cigoto es el principio del nuevo organismo, que se encuentra precisamente
al inicio de su ciclo vital. Si se considera
el perfil dinámico de este ciclo en el tiempo,
se observa claramente que procede sin interrupciones:
el primer ciclo no termina en el disco embrionario,
ni se inicia otro ciclo desde aquel punto
en adelante. Un acontecimiento singular,
como la multiplicación celular o la aparición
de varios tejidos y órganos, puede aparecer
discontinuo a nuestros ojos; sin embargo,
cada uno de ellos es la prueba final, en
un momento dado, de una sucesión ininterrumpida
de hechos -podría decirse que infinitesimales-
interconectados sin solución de continuidad.
Esta propiedad implica y establece la unicidad o singularidad del nuevo ser
humano: desde la singamia en adelante, él
es siempre el mismo individuo humano que se construye
autónomamente según un plan rigurosamente definido, pasando
por estadios que son cualitativamente siempre
más complejos.
La tercera propiedad es la gradualidad. La forma final se alcanza gradualmente: se trata de una
ley ontogénica, de una constante del proceso generativo.
Esta ley del gradual construirse de la forma
final a través de muchos estadios partiendo
del cigoto implica y exige una regulación que debe ser intrínseca a cualquier embrión singular, y mantiene
el desarrollo permanentemente orientado en
la dirección de la forma final. Es precisamente
a causa de esta ley epigenética intrínseca, que está inscrita en el genoma y comienza
a actuar desde el momento de la fusión de
los dos gametos, que cada embrión -y, por
tanto, también el embrión humano- mantiene
permanentemente la propia identidad, individualidad y unicidad, permaneciendo ininterrumpidamente el mismo idéntico individuo durante todo el proceso del desarrollo, desde
la singamia en adelante, a pesar de la siempre
creciente complejidad de su totalidad.
W.J. Gehring reconoce claramente esta ley,
anticipando los futuros progresos de la genética
del desarrollo: «Los organismos -escribe-
se desarrollan según un preciso programa
que especifica su plano corpóreo con un gran
detalle y determina además la secuencia y
la temporización de los eventos epigenéticos.
Esta información está dibujada en la secuencia
nucleótida del DNA [...]. El programa de
desarrollo consiste en un determinado cuadro
espacio-temporal de expresión de los genes
estructurales que forman la base del desarrollo.
El desarrollo normal exige la expresión coordinada
de miles de estos genes en una modalidad
concertada. Puesto que el control independiente
de los genes estructurales singulares conduciría
aun desarrollo caótico, podemos predecir
que son genes de control que regulan la actividad
coordinada de grupos de genes estructurales» [41] .
Es evidente que las tres propiedades recordadas,
para una consideración apasionada, satisfacen
perfectamente los criterios esenciales establecidos
por una reflexión meta-biológica para la
definición de un «individuo».
Por eso la inducción lógica de los datos
que suministran las ciencias experimentales
conduce a la única conclusión posible, esto
es, que aparte de alteraciones fortuitas en la
fusión de dos gametos un nuevo individuo
humano real comienza su propia existencia,
o ciclo vital, durante el cual -dadas todas las condiciones
necesarias y suficientes- realizará autónomamente
todas las potencialidades de las que está
intrínsecamente dotado. El embrión, por tanto,
desde el momento de la fusión de los gametos
es un individuo humano real, no un individuo
humano potencial.
Nosotros consideramos que la clara afirmación
de la «Donum vitae», Instrucción sobre el respeto
de la vida humana naciente y la dignidad
de la procreación, publicada por la Congregación para la Doctrina
de la Fe en 1987, es científicamente correcta.
En ella se expresa: «Por las recientes adquisiciones
[de] la biología humana [...] se reconoce
que en el cigoto derivado de la fecundación
está ya constituida la identidad biológica
de un nuevo individuo humano» [42] .
Bajo el influjo de los progresos en embriología
humana, que llevaron a la producción de embriones
humanos para la reproducción asistida, y
actualmente además para la investigación,
la tesis que aquí se propone, compartida
por los embriólogos de los mamíferos, fue
considerada como un obstáculo para legislaciones
que favorecen el uso de embriones humanos.
Por esto se emitieron muchas opiniones alternativas
principalmente por parte de filósofos, teólogos
y científicos, sobre todo respecto al punto cronológico en el que un embrión
humano debe ser considerado un individuo
humano, cualificado para atribuirle el estatus ontológico y moral de persona y/o para ser titular de plenos derechos humanos.
Éstas implican objeciones a la tesis que
aquí se ha sostenido, y por eso las reagruparemos
y discutiremos brevemente.
Una opinión que hoy tiene aceptación general
es que hasta el 15º día de la fecundación
o, al menos, hasta la implantación -que se
inicia aproximadamente al 5º-6º día de la
fecundación desde un punto de vista ontológico,
el embrión humano no puede ser considerado un
individuo. En favor. de esta opinión se aducen cuatro
razones principales.
La primera razón es que el embrión, en los primeros estadios
del desarrollo y hasta el estadio del disco
embrionario, sería simplemente un «amasijo
de células genéticamente humanas», un «montón
de células individuales y distintas», cada
una de las cuales es una «entidad ontológicamente
distinta en simple contraste con las otras» [43] . Obviamente, estas afirmaciones contrastan
totalmente con los datos científicos de que
disponemos, algunos de los cuales hemos recordado
anteriormente. Esta objeción, por consiguiente.
no sólo carece de cualquier fundamento biológico,
sino que simplemente la evidencia biológica la contradice .
La segunda razón la propuso inicialmente la reconocida investigadora
de la embriología del topo, A. MacLaren.
Ella considera que, hasta cerca del día 14º
desde la fecundación, sólo tiene lugar una
preparación de los sistemas protectores y
nutritivos requeridos para cubrir las futuras
necesidades del embrión. En efecto, sólo
al 15º día tras la fecundación aparece la estría primitiva, que es una entidad espacialmente definida,
llamada disco embrionario, que «puede desarrollarse directamente en
un feto y después en un niño» [44] . Fue precisamente éste el motivo que la
indujo a introducir el término «pre-embrión», para designar el embrión humano desde el
momento de la fertilización hasta el 14º
día del desarrollo.
A este respecto se puede considerar simplemente,
recordando lo expuesto más arriba, que el
disco embrionario es, en realidad, una estructura celular organizada
que deriva de una diferenciación del embrioblasto, el cual está ya presente cuando el embrión en su totalidad provee, bajo el control genético, para una
más rápida diferenciación de los derivados
trofoblásticos, indispensables para un correcto
y regular avance del proceso morfogenético.
En efecto, tanto el trofoblasto como el embrioblasto,
derivados ambos del cigoto, componen simultánea y globalmente el propio camino como un todo según un programa finamente orquestado.
Una reflexión sobre estos datos no puede
conducir más que a afirmar, como hacen D.J.
Jones y B. Tefler, que «el embrión precoz
(masa celular interna y tejidos extra-embrionarios)
debe ser visto como un todo», y que «esto
lleva a rechazar el término pre-embrión porque
-escriben los dos autores- no estamos convencidos
de que ello sirva para aclarar ni los aspectos
científicos ni los éticos del inicio de la
vida humana» [45] .
La tercera razón es el fenómeno de los gemelos monocigóticos [46] . Este fenómeno, según los objetores, es
la prueba de que el cigoto no puede ser ontológicamente
un individuo humano. En efecto, en su opinión, este fenómeno muestra
que el propio cigoto tiene la capacidad de
llegar a ser dos individuos. Ésta parece ser la razón más sólida para
que, sobre todo por los filósofos, sea negada la individualidad al embrión, por lo menos hasta el término
del período de la posible separación de los
gemelos.
Esta objeción es, por una parte, un claro
ejemplo de que pueden ejercerse realmente
objeciones consistentes -al menos aparentemente-contra
nuestra tesis; pero, por otra, muestra que,
cuando las objeciones se basan en procesos
biológicos, para llegar a la correcta interpretación
de un fenómeno dado y dar así a la objeción
un sólido fundamento, debe apoyarse en amplias
y en cuidadosas observaciones: en estos casos
no se puede formar un juicio sobre una base
simplemente metafísica o especulativa. En
nuestro caso, y con los datos actualmente
disponibles, la objeción derivada del fenómeno
de los gemelos monocigóticos aparece como
inconsistente .
Antes que nada, el fenómeno es una excepción real: el 99-99,6% de los cigotos se desarrollan
como un único organismo [47] . Esto lógicamente significa que el cigoto está por sí determinado a desarrollarse como un
único individuo humano.
Además, estudios muy recientes [48] sobre el mecanismo sustentante del fenómeno
consolidan la hipótesis de que en cualquier
parte del embrioblasto, a causa de cualquier
error -por ejemplo, un retraso cromosómico
en la anafase o un crossing-over mitótico [49]- - acaecido entre el cuarto y el séptimo día
tras la fecundación, se determina un nuevo e independiente plano de desarrollo,
de modo que un nuevo individuo inicia su propio ciclo vital. Parece, por
esto, muy razonable afirmar que hay un primer
ser humano del que se origina un segundo ser humano. Al contrario, parece
incorrecto afirmar -como sostienen los objetantes
que un sistema indeterminado llega a ser dos sistemas determinados. Por lo demás, el propio concepto de «sistema
indeterminado» está, desde el punto de vista
biológico, privado de significado.
Finalmente, la afirmación de que hay un primer ser humano, que continuará su camino epigenético,
y un segundo ser humano, que se origina del primero y
que seguirá después su proceso de desarrollo
independiente, encuentra una seria confirmación
-casi se podría decir una prueba- en muchas
observaciones recientes [50] . Los casos más significativos son aquellos
en los que uno de los gemelos tiene un cariotipo
con 47 cromosomas y está afectado de síndrome
de Down, mientras que el cogemelo tiene un
cariotipo normal con 46 cromosomas. El primer
sujeto -el cigoto- podría ser, desde un punto
de vista cromosómico, normal o trisómico-21.
Una segregación anómala muy precoz del cromosoma
21 podría originar una línea trisómica-21
en el primer caso, o a una línea normal en
el segundo. Es evidente que en ambos casos
el primer individuo continúa su propio curso
de desarrollo, mientras que el segundo inicia
su propio ciclo vital en cuanto el nuevo
plano llega a ser independiente del primero.
La cuarta razón para negar el estatuto de individuo al cigoto
y al embrión precoz, al menos hasta la implantación,
es que la coexistencia embrión-madre es una condición necesaria para que un embrión perteneciente a la especie
humana pueda adquirir el carácter de individuo
humano y llegar a ser un miembro de la comunidad
humana [51] . Esta condición, según algunos autores,
se puede verificar sólo en la implantación.
Este argumento no tiene fundamento. Es bien sabido que la coexistencia del embrión
con la propia madre se inicia mucho tiempo
antes de la implantación, esto es, desde
el momento en el que inicia su camino a lo
largo de la trompa. Además, muchos descubrimientos
recientes muestran que tal coexistencia es
conveniente y sabiamente preordenada, pero
no necesaria. Para probar esto, sería suficiente
recordar que el desarrollo del embrión in vitro puede proseguir bien fuera del estadio de
implantación y que el embrión de topo implantado
bajo la cápsula renal del macho puede alcanzar
el estado fetal [52] .
En conclusión, por las razones antes referidas,
la opinión de que el embrión humano no puede ser considerado
un individuo hasta la implantación o hasta
el día 15º de la fecundación, no tiene un
fundamento sólido, y resulta, por consiguiente,
insostenible.
La totipotencialidad, una extraordinaria propiedad dinámica del
cigoto y de las células del embrión muy precoz,
es la segunda objeción contra su propia individualidad. El éxito de H. Driesch, que en 1891, separando
los dos blastómeros de un embrión en dos
células de erizo de mar, obtiene dos pluteos,
aunque más pequeños de lo normal, fue el
primero de una larga serie de ingeniosos
experimentos para el análisis de esta sorprendente
-aunque sí lógicamente previsible potencia de las células del jovencísimo embrión. Una
muestra de los principales datos disponibles
sobre los mamíferos [53] permitirá comprender mejor la cuestión.
Los topos, ratones y conejos fueron los principales
objetos de estos estudios; pero la investigación
se extendió también hacia otras especies
domésticas, como las ovejas, los bueyes,
los caballos y los cerdos. En los topos y
en los ratones el 65% de los blastómeros individuales obtenidos por embriones
de dos células son capaces de desarrollarse en fetos completos
viables o hasta el nacimiento; pero esto
no era posible en el caso de los blastómeros
aislados por embriones en estadio de desarrollo
más avanzado. En el conejo, en la oveja o
en el caballo, en cambio, los blastómeros individuales aislados por embriones
de dos, cuatro y ocho células pueden desarrollarse en nacimientos completamente
vitales, aunque en porcentajes decrecientes
con el aumento del número de los blastómeros
del embrión original.
En el topo, agregados de blastómeros provenientes de la sola masa interna o de
una sola célula periférica, o de ambas en
conjunto, extraídas de los embriones en el
estadio de mórula (16-32 células), no muestran
diferencia en el desarrollo tras la implantación,
indicando que por lo menos algunas células de cada población celular hasta el estadio
de mórula son todavía totipotentes. Sin embargo, mientras que las células periféricas pierden su totipotencia al término del estadio
de mórula, algunas células internas del blastocisto precoz -alrededor del quinto
ciclo celular- son todavía totipotentes.
Como afirma R.A. Pedersen, «los embriones
precoces de los mamíferos placentarios se
caracterizan por un alto grado de regulación
del desarrollo. Blastómeros de los primeros
estadios son totipotentes, y esta totipotencialidad
persiste hasta la fase de partición. También
tras la formación del blastocisto, cuando
las células del trofectoderma se comportan
como ya orientadas al propio destino, las
células de la masa interna permanecen totipotentes
para un ulterior ciclo celular, o quizá todavía
más» [54] .
Recientemente se ha realizado un experimento
similar sobre embriones humanos -no sin críticas,
aunque sólo desde el punto de vista deontológico-por
el grupo de J. Hall en el The in vitro Fertilization
and Andrology Laboratory de la George Washington
University [55] . Los blastómeros individuales, separados
a partir de 17 embriones de dos, cuatro y
ocho células -considerados no adaptados a
la implantación-, fueron revestidos de una
zona pelúcida artificial y puestos en un
terreno nutritivo donde pudieran comenzar
a dividirse de nuevo. Se desarrollaron 48
nuevos embriones. En particular, los blastómeros
obtenidos de embriones de 8 células se desarrollaron
sólo hasta el estadio de 8 células; los provenientes
de embriones de 4 células alcanzaron el estadio
de 16 células; tan sólo los derivados de
embriones de dos células llegaron al estadio
de 32 células. La decadencia de la totipotencia durante la segmentación de embriones humanos precoces parecería, por consiguiente, similar a la
observada en el topo.
Otro índice de totipotencialidad de las células
de embriones precoces es la posibilidad del
desarrollo parcial o también total de una o ambas mitades (gemelas) tras una división provocada. Datos
relativos al topo ya algunos animales domésticos
muestran que las proporciones de supervivencia
de la mitad del embrión son: 46% cuando la
división se hace en el estadio de 4 células;
30% en el estadio de 8-16 células; 42% en
el estadio de mórula compacta; y 46% si se
hace en el estadio de blastocisto. La supervivencia
de ambas mitades de un embrión alcanza, en
cambio, el 30% si se derivan de embriones
de 8-16 células, y el 27% si se obtienen
de una mórula compacta.
Es evidente, entonces, que la manipulación
experimental de los embriones mediante procedimientos
de microcirugía -como extirpaciones, desagregaciones,
agregaciones y dislocaciones de células intactas
o marcadas, con la finalidad de determinar
su potencialidad y su destino- ha demostrado
que al inicio del desarrollo embrionario
hay un intervalo de tiempo, que varía según
la especie, en el que las células embrionarias
son totipotentes, es decir, tienen la «gama completa de capacidad
de desarrollo», pudiendo no sólo diferenciarse
de modo distinto en varios ambientes, sino
también dar origen a individuos completos.
Se plantea entonces la pregunta sobre si
la presencia de estas células totipotentes,
que aún son capaces de dar origen aun nuevo
individuo si fueran separadas del embrión en desarrollo, nos constriñe a negar la individualidad del propio embrión precoz al que pertenecen
y del cigoto o, por el contrario, nos lleva
a considerar el embrión como un agregado
de individuos como máximo potenciales, y el cigoto como una célula indeterminada. La reconsideración del proceso de desarrollo,
ya trazado en la segunda parte de nuestro
texto, podrá ofrecer una respuesta.
La totipotencia, obviamente presente en el cigoto, no significa indeterminación, sino, tal y como se ha expuesto, una capacidad
actual de ejecutar un plan de acuerdo con
un programa determinado. Cuando este plan
se ejecuta según el programa, esto es, sin
interferencias disturbadoras, la unidad morfofuncional
en la totalidad fenotípica autoorganizadora
es la señal evidente de una existencia individual
y por eso de un individuo que, en este caso
específico, está construyéndose a sí mismo;
y cada célula, cualquiera que pueda ser su potencialidad,
está en su lugar correcto según el proyecto
preparado y resulta implicada en un proceso
ordenado, único y coordinado. En este proceso
la totipotencialidad inicial del cigoto se
produce cada vez de manera siempre más restringida, según la exigencia del plano de diferenciación.
En un embrión precoz hasta el cuarto o quinto
ciclo celular, tan sólo un error o un acontecimiento
mutante podría llegar a aislar aquella eventual célula o grupo de células
en las que el genoma, según el plan de diferenciación, no tiene todavía restricción experimentada.
En tal caso, estas células podrán ser capaces
-puestas las condiciones necesarias- de iniciar
su ciclo vital. Ahora, y tan sólo ahora, esta célula o este grupo de células podrá
considerarse como un nuevo individuo; mientras que antes tan sólo era una célula
o un grupo de células perteneciente a otro individuo, en su preciso estadio de
desarrollo.
Por eso, la totipotencia no se opone a la individualidad.
Células totipotentes pueden ser parte de
un individuo sin destruir su individualidad.
Un gran número de líneas de investigación
testimonia el amplio y útil uso de los estudios
sobre quimeras no sólo en el campo de la
biología del desarrollo, sino también en
otros campos de la medicina [56] . Gran parte de la información proviene de
estudios sobre animales de laboratorio, concretamente
del topo. Sin embargo, datos obtenidos de
otros animales, especialmente de bovinos
y ovinos, aunque limitados, indican que los
embriones quiméricos «tienen como en el caso
del topo, una gran flexibilidad en lo que
concierne a los sistemas de regulación» [57] .
Los estudios experimentales sobre el desarrollo
implican generalmente la agregación de dos
o más embriones todavía separados al estadio
de blastocisto; por ejemplo, un embrión de
dos células se funde con un embrión, de la
misma especie o de otra, que se encuentra
en un estadio de desarrollo que va del de
célula al de mórula. Otra técnica de agregación
consiste en la inyección en un blastocisto
de una masa celular interna (ICM) proveniente
de otro blastocisto.
Será suficiente aquí llamar la atención sobre
dos observaciones. La primera es que la temporización
de los acontecimientos de la compactación
y de la blastulación no parecen sufrir alteración
por el cambio del número total de las células.
La segunda es que los embriones quiméricos
tienen la capacidad de controlar un número
mayor de células de lo normal, al menos desde
el estadio de blastocisto en adelante.
Aunque están insuficientemente documentadas,
en la especie humana se conocen como quimeras naturales. C.E. Ford [58] ha definido posibles nuevos tipos de quimeras,
seis de las cuales se describen también en
el hombre. Entre éstas, que implican dos
actos distintos de singamia -y son por eso
importantes en nuestro contexto-, merecen
ser recordadas: (1) dispermia con fecundación
del oocito y del segundo glóbulo polar; (2)
dispermia con fecundación de dos núcleos
haploides, hijos del núcleo del oocito; y
(3) dispermia con fusión de un hijo del núcleo
del cigoto con el segundo corpúsculo polar
fecundado.
Es ciertamente correcto plantearse si este
fenómeno no contrasta con la atribución de
una individualidad al embrión, el cual, de hecho, puede agregarse
y fundirse con otro, dando así origen aun
tercer individuo.
Si bien la evidente rareza del fenómeno en
la naturaleza debería sugerir mucha cautela
al darle una interpretación, la aproximación
experimental ha contribuido válidamente a
su mejor comprensión. Los modelos experimentales
son esencialmente de dos tipos.
En un modelo, células todavía dotadas de
toda o gran parte de la potencialidad original
se extraen de la masa celular interna de
uno o más blastocistos «donadores» y se trasplantan,
mediante inyección, en un blastocisto «receptor». Este procedimiento
puede considerarse como un microtrasplante: en lugar de un órgano, tan sólo se toma un
grupo de células del donante. Estas células,
dada su todavía gran plasticidad y adhesividad,
se mezclan con las de los blastocistos receptores
y se implican en su plan y control del desarrollo.
En este caso, prácticamente se destruye el
blastocisto donante; el blastocisto receptor, en cambio, continuará su propio desarrollo, encauzando las células trasplantadas a lo
largo de diversas vías en diferentes tejidos
y órganos. En este modelo, no se cuestiona la individualidad del blastocisto
receptor; por el contrario, las células singulares
del blastocisto donante se implican en su
proyecto de desarrollo, que continúa según
sus propias directrices.
En el otro modelo experimental, dos o más
sets de células embrionales de estadio de pre-blastocisto
se agregan en conjunto dentro de la propia
zona pelúcida (técnica de la agregación). El proceso epigenético procede así con la
contribución de varios sets de células, terminando con la formación de
un nuevo ser cuyo fenotipo es la expresión
de dos genotipos originales. Cómo sucede
la combinación y la integración de dos o
más planes de desarrollo no se conoce todavía;
por eso, toda interpretación no puede ser
más que hipotética. Sin embargo, el hecho
de que para el éxito del experimento se requiera
una notable concordancia de los dos genomas
y de los estadios de desarrollo de los dos
embriones, sugiere que el individuo posiblemente
predominante destruya la unidad del otro,
cuyas células estarán ahora implicadas en
el plan de desarrollo del primero; o bien
que emerja realmente un nuevo plan de desarrollo
inmediatamente después de la fusión de dos
seres humanos homogenórnicos y homofásicos,
todavía totipotenciales o casi, los cuales
pierden su propia individualidad mientras
no aparezca una nueva, con la cual tiene
inicio el ciclo vital de un nuevo individuo humano.
Estas consideraciones podrían parecer demasiado
elementales, y ciertamente deberán ser revisadas
a mydida que se progrese en el conocimiento
de este fenómeno curioso, que, sin embargo,
permanece en los límites de una inducción
biológica lógica.
Según una opinión, sostenida principalmente
por algunos filósofos y teólogos, ningún
embrión humano tendría que ser considerado
un individuo humano -y mucho menos una persona-
hasta que el sistema nervioso central esté
suficientemente formado, esto es, aproximadamente hasta la 6ª-8ª semana
de gestación. Según J .M. Goldening, «la
vida humana puede ser vista como un espectro
continuo, entre el inicio de la vida cerebral
(8ª semana de gestación) y la muerte cerebral.
En todo momento [de la vida] pueden darse
tejidos y órganos, pero sin la presencia
de un cerebro humano funcional éstos no pueden
constituir un ser humano, al menos en sentido
médico» [59] . y J .F. Donceel, teólogo, considera que
«no puede haber alma humana, y por consiguiente
persona, en las primeras semanas de gestación»,
porque «lo mínimo que se puede exigir antes
de admitir la presencia de un alma humana
es la disponibilidad de un sistema nervioso,
del cerebro y especialmente de la corteza» [60] .
Sin ninguna duda un cerebro que funciona
tiene un rol esencial como «centro crítico
de unidad» cuando el sujeto humano está formado.
Pero la situación es totalmente diferente en el embrión. En efecto, durante el estadio embrionario
hay una intensa relación entre las células, tejidos y órganos -sostenida
también por un continuo, ordenado y coordinado
aumento del número de células nerviosas-,
que testimonia la unidad morfo-funcional. Durante el estadio
embrionario nos encontramos frente a un proceso altamente dinámico, donde la ley ontogenética exige una gradual
organización de todo el cuerpo y, por eso,
también de las propias estructuras nerviosas
y del cerebro, y donde la unidad y la individualidad están garantizadas por la ley intrínseca
del desarrollo inscrita en el genoma.
Se ha subrayado en la primera parte que calificar
un embrión humano como persona no es tarea de la ciencia biológica, especialmente
cuando esta calificación está estrechamente
ligada a la presencia de un alma, como constituyente esencial del ser humano.
Es oportuno recordar, sin embargo, que la
razón fundamental que está detrás de la objeción
de Donceel y de otros, es de naturaleza metafísica:
el embrión sería todavía materia inadecuada para recibir el alma, puesto que el alma
y el cuerpo deben ser proporcionales entre
sí.
Se puede considerar simplemente que, sobre
la base de los actuales conocimientos biológicos,
se está constreñido a admitir las conclusión
a la que llega S.J. Heany al término de un
riguroso análisis de los argumentos del Aquinate
sobre los que se basan Donceel y otros tomistas.
«Desde el momento de la fertilización el
concebido es materia propiamente dispuesta para ser
el sujeto de una forma como la de alma racional»
--escribe Heany- «un concebido unicelular
dotado de un específico genoma humano [...]
es materia muy bien dispuesta para ser precisamente
el sujeto tanto de un alma intelectiva como
de un acto primero, materia para la cual
tal alma es la forma sustancial» [61] .
La definición del estatus ontológico del
embrión humano es una cuestión urgente. Comités
nacionales e internacionales y diversos gobiernos
son muy conscientes de esta urgencia; pero
todo esfuerzo por encontrar un consenso aunque
sólo sea sobre algunos puntos fundamentales
parece frustrarse.
El gran obstáculo para alcanzar tal definición,
a fin de poder reconocer la dignidad y los
derechos del embrión, lo constituye la posición
contraria que fue originalmente tomada en
el seno del Comité Warnock [62] , y que ha llegado a ser una norma generalmente
aceptada y hoy profunda y fuertemente enraízada.
En el capítulo 11 del Informe final, donde
se consideraba el problema de la experimentación
sobre el embrión humano, se lee: «Mientras
que, como se ha visto, la temporización de
los diferentes períodos del desarrollo es
crítica, apenas ha comenzado el proceso,
no hay ninguna particularidad del proceso
de desarrollo que sea ya más importante que
otra; todo forma parte de un proceso continuo,
y si cada período no sucede normalmente,
en el tiempo justo y en la secuencia correcta,
el desarrollo ulterior cesa» [63] . Sigue, entonces, una segunda aserción:
«Por eso, biológicamente no se puede identificar
en el desarrollo del embrión un estadio singular
al margen del cual el embrión in vitro no debería ser considerado con vida» [64] . Evidentemente la lógica científica habría
llevado a los miembros del Comité a nuestra
misma conclusión: el ciclo vital de cada
ser humano se inicia cuando los dos gametos
se funden. Parecería entonces que el derecho
a la vida del embrión hubiese sido reconocido
desde el estadio de cigoto. y desde este
estadio, en el que se inicia la vida de un
nuevo ser humano, ésta no debería ser interrumpida.
No obstante esto, tras haber tomado en consideración
un amplio espectro de opiniones sobre el
problema de la investigación y de la experimentación
sobre el embrión humano, el texto poco después
prosigue así: «Sin embargo, se ha convenido
que ésta es un área en la que se debe tomar
alguna decisión precisa, a fin de calmar
la preocupación del público». y la decisión,
tomada por mayoría, se expresó así: «A pesar
de nuestra división sobre este punto, la
mayoría de nosotros recomienda que la legislación
debería conceder que la investigación pueda
conducirse sobre cualquier embrión obtenido
mediante fertilización in vitro, cualquiera que sea su procedencia, hasta
el término del día 14.2 de la fertilización» [65] . ¡La contradicción lógica con las afirmaciones
precedentes es evidente! y fue entonces cuando
se introdujo el término «pre-embrión», propuesto
precisamente por un miembro del propio Comité,
a fin de «polarizar la cuestión ética» [66] a la cual no se podía sustraer. y es sobre
este terreno donde se ha desarrollado el
disenso, que ha contribuido a obscurecer
los datos gen éticos y embriológicos hasta
ahora evidentes.
La ciencia y la medicina han abierto ciertamente
nuevas y maravillosas oportunidades para
una mejor comprensión del ser humano, desde
el primer momento de su existencia, y para
nuevas empresas de frontera para el tratamiento
y/o prevención de las enfermedades. Sin embargo,
quizá, ciencia y medicina, en su entusiasmo
por el conocimiento y la acción dentro de una perspectiva empírica, han reducido
el valor del ser humano a un puro valor biológico. Desde la observación del desarrollo humano
se podría haber atribuido un valor diferente
al cigoto, al embrión antes o después de
la implantación, al feto en diferentes semanas
de gestación, y hasta el neonato. Éstos,
sin embargo, son valores cuantitativos, basados
tan sólo sobre la valoración de la complejidad
estructural del ser humano. Tales juicios
de valor representarían, con respecto al
hombre, un reduccionismo biológico, con todas sus graves consecuencias.
Tan sólo posteriores investigaciones interdisciplinares
podrían conducir a los científicos y tecnólogos,
por una parte, ya los filósofos y teólogos,
por otra, a una comprensión más profuda del
peculiar status ontológico y moral del ser
humano a partir de su concepción, de modo
tal que su dignidad sea honrada y sus derechos
plenamente respetados desde aquel misterioso,
pero ineludible primer acto de nuestra vida.
[1] Cf. R. YAGANIMACHI, «Mammalian fertilization». en E. KNOBIL, I.D. NEILL (a cura di), The Physiology of Reproduction, Rayen Press, Nueva York, 2.. ed., 1994, vol. 2, pp. 189-317.
[2] Cf. P.M. WASSARMAN, «The biology and chemistry offertilization», Science, 235 (1987),553-556,553. Ver también: íd., «Fertilization in mammals», Scientific American, 256 (6) (1989),78-84, R.I. AITKEN, «The Complexities of Conception», Science, 269 (1995),39-40
[3] Cf. P.M. W ASSARMAN, «Zona pellucida glycoproteins», Annual Review of Biochemistry, 57 (1988),415442; R.B. SHABANOWlTZ, M.O. O'RAND, «Characterization of the human zona pellucida from fertilized and unfetilized eggs», Journal of Reproduction and Fertility, 82 (1988),151-161. I. DEAN, «Biology of mammalian fertilization: role of the zona pellucida», Journal of Clinical lnvestigation, 89 (1992), 1055-1059. La zona pelúcida de los mamíferos está constituida por tres diferentes glucoproteínas principales (ZPI, ZP2 y ZP3). La glucoproteína zonal más estudiada es la ZP3, por el hecho de que esta molécula, al menos en la rata, desempeña un papel determinante en el reconocimiento del esperma y en la inducción de las reacciones acrosomiales.
[4] Cf. M.O. O'RAND, «Steps in fertilization process: understanding and control>, Advances in Experimental Medicine and Biology, 207 (1986),383-393; D. RALT, M. OOLDENBERO, P. FETTERHOLF, C. THOMPSON, I. DOR, S. MASHIACH, D.L. OARBERS, M. EISENBACH, «Sperm attraction to a follicular factor(s) correlates with human egg fertilizability», Proceedings of the National Academy o fSciences, 88 (1991), 2.840-2.844; C.P. BLOBEL, T.G. WOLS_o. BERG, G. W. TURCK, D.G. MYLES, P. PRIMAKOFF, I.M. WHITE, «A potential fusion perpetide and an integrin ligand domain in a protein active in sperm-egg fusion», Nature, 356 (1992),248-252; L.H. BOOK BINDER, A. CHENG, I.D. BLEIL, «Tissue and species-specific expression of sp56, a mouse sperm fertilization protein», Science, 269 (1995), 86-89; D.I. BURKS, R. CARABALLADA, H.D.M. MOORE, P.M. SAILING, «Interaction of tyrosine-kinase from human sperm with the zona pellucida at fertilizatioD», Science, 269 (1995), 83-86; X. CONG, D.H. DUBOIS, D.I. MILLER, B.D. SHUR, «Activation of a G-protein complex by aggregation of B-I,4 galactosiltransferase on the surface of the sperm», Science, 269 (1995),1718-1721.
[5] Cf. D.J. ANDERSON, A.F. ABBOT , R.M. JACK, «The role of complement component C3b and its receptors in sperm-oocyte interaction», Proceedings of the National Academy of Sciences, 90 ( 1993 ), 10.051-1 0.055; M. OKABE, S. MATZNO, T. NAGIRA, T. NIMURA, Y. KAWAI, T. MAYUMI, «A human sperm antign possibly involved in binding and/or fusion with zona-free hamster eggs», Fertility and Sterility, 54 (1990), 1.211-1.226; F. FUSI, R.A. BRONSON, Y. HONG, B. GHEBREHIWEI, «Complement component C1q and its receptor are involved in the interaction of human sperm with zona-free hamster eggs», Molecular Reproduction and Development, 29 (1991), 180-188.
[6] Cf. P.M. W ASSARMAN, «The biology and chemistry of fertilizarion», art. cit., p. 554. Ver también, M. WITHAKER, C. SWANN, «Ligthing the fuse at fertilizatioD», Development, 117 (1993),1-12: I. PARRINGTON, K. SWANN, V.I. SHEVCHENKO, A.K. SESAY, F.A. LAI, «Calcium oscillation in mammalian eggs riggered by a soluble sperm protein», Nature, 32 (1996), 364-268.
[7] Cf. B.M. SHAPIRO, «Control of oxidant strees at fertilization», Science, 252 (1991), 533-536, 536.
[8] Cf. O. PALERMO, S. MUNNÉ, J. COHEN, «The human zygote inherits its mitotic potential from male gamete», HumanReproduction, 9 (1994),1.220-1.225; Z.P. NAGY, J. LIU, H. JORIS, P. OEVROEY,A. VAN STEIRTEGHEM, «Time course of oocytes fetilized by intracytoplasmic spenn injection», Human Reproduction, 9 (1994), 1.743-1.748; R. ASCH, C. SIMERLY, T. ORD, V.A. ORD, O. SCHATTEN, «The stages at which human fertilization arl'eSts: microtubule and chromosome configurations in inseminated oocytes which failed to complete fertilization and development in humans», Human Reproduction, lO (1995), 1897-1906; o. OOZORTSEV, A. RYBOUC»KIN, A. DE SUTTER, C. QIAN, M. OHONT, «Human OOCyte activation following intracytoplasmic injection: the role of spenn cell», Human Reproduction, 10 (1995),403-407: C. SIMERLY, C.J. BINOR, R. ASCH, O. SCHATTEN, «The paternal iheritance ofthe centrosome, the cell's microtubule-organizing center in humans and the implications for infertility», Nature Medicine, 1 (1995), 47-52.
[9] Cf. G.A. SCHULTZ, «Utilization of genetic information in the preimplantation mouse embryo», en I. RosSANT, R.A. PEDERSEN, (coord.), Experimental approach to mammalian embryonic development, Cambrigde University Press, Cambridge, 1986, pp. 239-259; A.W. MURRAY, N.W. KIRSCHNER, «Cyclin synthesis drives the ear1y embryonic ce11 cycle», Nature, 339 (1989), 275-280; T. HUNT, «Cell cycle gets more cyc1ins», Nature, 350 (1991), 462-463.
[10] H. VOOLER, Human blastogenesis: formation o fthe extraembryonic cavities, Karger, Basilea, 1987, p. 13.
[11] Cf. S. CAVENEY, «The role of gap junctions in development», Annual Review of Physiology, 47 (1985), 319-335; S. LEE, L.B. OILULA, A.E. WARNER, «Gap junctional communication and compaction during preimplantation stages of mouse development», Cell,51 (1987), 851-860; J. PEREDA, S. CHEVIAKOFF, H.B. CROXATTO, «U1trastructure of a 4-cell human embryo developed in vivo», Human Reproduction, 4 (1989), 680-688; O. FISHMAN, L.E. ROGERS, T.B. SHOWS, L. ROSENTHAL, L.A. LEINWAND, «The human conexin family of gap junction proteins: distinct chromosomal locations but similar structures», Genomics, lO (1991), 250-256.
[12] Cf. J. GERHARDT, «The primacy of cell interaction in development», Trends in Genetics, 5 (1989), 250-256.
[13] Cf. M.H. JOHNSON, B. MARO, «Time and space in the mouse early embryo: a cell biological approach to cell diversification», en J. ROSSANT, A. PEDERSEN (coord.), Experimental approach to mammalian embryonic development, op. cit., pp. 35-65; A. PEDERSEN, «Potency, lineage and allocation in preimplantation mouse embryos», en J. ROSSANT, A. PEDERSEN (coord.), Experimental approach to mammalian embryonic development, op. cit., pp. i 3-33; O.L. MOTTLA, M.R. ADELMAN, j.L. HALL, P.R. OINDOFF, R.J. STILLMAN, K.E. jOHNSON, «Lineage tracing demostrates that blastomeres of early cleavage stage human pre-embryos contribute to both throphectoderm and inner cell mass», Human Reproduction, 10 (1995), 384-391.
[14] Cf. R.M. BORLAND, «Transport processes in the mammalian blastocyst», Development of Mammals,) (1977), 31-67; L.M. WILLEY, «Cavitation in the mouse preimplantation embryo: Na+/K+-ATPase and the origin of nascent blastocoel fluid», Developmental Biology, 105 (1984), 330-342.
[15] Cf. R.O. EDWARDS, Conception in the Human Female, Cambridge Academic Press, Cambridge, 1980, pp. 804-807
[16] Cf. ibíd, pp. 767-801; K. YOSHINAGA, «Uterine receptivity for b1astocyst imp1antatioD», Annals of the New York Academy of Sciences, 541 (1988), 424-431; R.O. EDWARDS, «Human uterine endocrino1ogy and the imp1antation window», ibíd, 445-454; W-Y. CHAN, W-R. Qru, «Human pregnancy-specific B1-g1yucoprotein is encoded by mu1tiple genes localized on two chromosomes», American Journal of Human Genetics, 43 (1988), 152-159; J.C. CROSS, Z. WERB, Z.. S.J. FISHER, «Implantation and placenta: key pieces of development process», Science, 266 (1994), 1.508-1.518.
[17] La implantación del blastocisto humano es una «paradoja biológica» (H. W. DENVER, «Implantation: a cell biologica1 paradox», Journal of Experimental Zoology, 266 [1993], 541-558) difícil de explicar con los conocimientos biológicos actuales. ¿Cómo pueden dos células epiteliales (las células trofoblásticas del blastocisto y las células epitelia1es del endometrio) establecer un contacto así de fuerte entre sus membranas apica1es estando generalmente privadas de adhesión? Como reseña bibliográfica reciente y una exposición sobre un modelo molecular hipotético de cómo pueda suceder la implantación del blastocisto humano, ver P. BISCHOF, A. CAMPANA, «A model for implantation of the human blastocyst and early placentatioD», Human Reproduction Update, 2 (1996), 262-270.
[18] Cf. M. BARINAGA, «Looking to development's future», Science, 266 (1994), 561.
[19] Cf. W.B. WOOD, COMMUNITY OF CAENORHABDITS ELEGANS RESEARCHERS (coord.), The nemathode Caenorhobditis elegans, Co1d Spring Harbor Laboratory, 1988; N. TOUCHETtE, «Finding c1ues about how embryo structures form», Science, 266 (1994),564-565; C. NUESLEINVOLHARD, «Of flies and fishes», Science, 266 (1994), 572-574.
[20] CF. T. MANGUSON, C.J. EPSTEIN, «Genetic control ofvery early mammalian development», Biological Reviews, 56 (1981),369-408; L. PIKO, «RNA synthesis and cytoplasmic polyadenilation in the one-cell mouse embryo», Nature, 295 (1982), 342-345; íd., «Quantitative aspects of RNA synthesis of RNA synthesis and polyadenilation in the I-cell and 2-cell mouse embryos», Journal of Embriology and Experimental Morphology, 74 (1983), 169-172, L.M. CROSBY, F. GANOOLFI, R.M. MOORE, «Control ofproteins synthesis during early cleavage of sheep embryos», Journal of Reproduction and Fertlity, 82 (1988),769-775.
[21] Cf. R.M. SCHULTZ, D.M. WORRAD, «Role of chromatine structure in zygotic gene activation in the mammalian embryo», Seminaris in Cell Biology, 6 (1995),201.
[22] Cf. C.L. SANTIAGO, W.F. MARzLUFF, «Changes in gene activity early after fertilization», en H. SCHATTEN, G. SCHATTEN (coord.), The Molecular Biology of Fertilization, Academic Press, San Diego, 1989, pp. 303-322; N .A. TELFORD, A.J. W ATSON SCHULTZ, «Transition from maternal to embryonic control in early mammalian development: A comparison of several species», Molecular Reproduction and Development, 26 (1990),90-100; M.B. DWORKIN, E. DWORKIN-RASTL, «Functions of maternal mRNA in early development», Molecular Reproduction and Development, 26 (1990), 261-297.
[23] Cf. G.M. KIDDER, «The genetic program for preimplantation development», Developmental Genetics, 13 (1992),319-325,320.
[24] Cf. T. MAGNUSON, «Mutations and chromosomal abnormalities: How are theu useful for studying genetic control of early mammalian development?», en J. ROSSANT, R.A. PEDERSEN (coord.), Experimental Approaches to Mammalian Embryonic Development, op. cit., pp. 437-474.
[25] Cf. G.M. KIDDER, McLACHLIN, «Timing of transcription and protein synthesis underlying morphogenesis in preimplantation mouse embryos», Developmental Biology, 112 (1985),265-275; J.B. LEVY, M.H, JOHNSON, H. GOODALL, B. MARO, «The timimg of compactin: control of major developmental transition in mouse early embryogenesis», Journal of Embryology and Experimental Morphology, 95 (1986), 213-237; P.B. SESHAGIRI, B.D. BAVISTER, J.L. WILLIAMSON, J.M. AIKEN, «Qualitative comparison of protein production at different stages of hamster preimplantation development», Cell Diferentiation and Development, 31 (1990), 161-168.
[26] Cf. W. ENGEL y W. FRANKE, «Maternal storage in mammalian oocytes», en A. GROPP, K. BENIRSCHKE (coord.), Developmental Biology and Pathology, Current Topics in Pathology, Springer Verlag, Berlín, 1976, pp. 29-52.
[27] Cf. P. BRAUDE, V. BOLTON, S. MOORE, «Human gene expression first occurs between the four and eightcell stage of preimplantation development», Nature, 332 (1988),459-461.
[28] Cf. E. PERGAMENT, M. FIDDLER, N. CHO, D. IOHNSON, W.I. HOMGREN, «Sexual diFFerentation and preimplantation growth», Human Reproduction, 9 (1994),1730-1732; M. FIDDLER, B. ABDEL-RAHMAN, D.A. RAPOLEE, E. PERGAMENT, «Expression of SRY transcripts in preimplantation human embryos», American Journal of Medical Genetics, 55 (1995), 80-84; A. Ao, R.P. ERICKSON, R.M.L. WINSTON, A.H. HANDYSIDE, «Transcription of patemal Y-Iinked genes in the human zygote as early as the pronucleate stage», Zygote, 2 (1994), 281-287.
[29] Cf. Y. VERLINSKY, G. MOROZOV, V. GINDILIS, C.M. STROM, M. FREIDINE, S. RECHITSKY, O. VERLINSKY, v. IVAKHNENKO, v. ZDANOVSKY, A. KULIEV, «Homebox gene expression in human oocytes and preembryos», Molecular Reproduction and Development, 41 (1995),127-132; R. DAN!ELS, T. KINIs, P. SERHAL, M. MONK, «Expression of myotonin protein-kinase gene in preimplantation human embryos», Human Molecular Genetics, 4 (1995), 389-393; A. KULIEV, V. KUKHARENKO, a. MOZOROV, M. FREIDINE, s. RECHffSKY, 0. VERLINSKY, v. IvAKHNENKo, v. aINDILIS, c. STROM, Y. VERLINSKY, «Expression of homebox-containning genes in human preimplantation development and in embryos with chromosomal aneuploidies», Journal of Assisted Reproduction and Genetics, 13 (1996), 177-181.
[30] C. S. GLUECKSON-WAELSCH, «Regulatory genes in development», Trends in Genetics, 3 (1987),123-127: M. KESSEL, «Murine developmental control genes», Science, 249 (1990), 374-379; P.S. BUDD, I. I. IACKSON, «What do the regulators regulate? First glimpses downstream», Trends in Genetics, 7 (1991),74-76.
[31] Cf. L. REID, «From gradients to axes, from morphogenesis to differentation», Cell, 63 (1990),875-882; a.B.A. aREEN, «Growth factors as morphogenes: do gradients and thresholds establish body plans?», Trends in Genetics, 7 (1991),245-250; I.B. aURDON, P. HARGER, A. MITCHELL, P. LEMAIRE, «Activin signalling ans response to a morphogen gradient»,Nature, 371 (1994), 487-492; J. KIMBLE, «An ancient molecularmechanism íorestablishing embryonic polarity?», Science, 266 (1994),577-578; K. ANDERSON, «One signal, two body axes», Science, 269 (1995),489-490; I.B. aURDON, A. MITCHELL, D. MAHONY, «Direct ans continuous assesment by cells oítheir position in amorphogen gradient», Nature, 376 (1995) 520-521; E.H. DAVID SON, K.I. PETERSON, R.A. CAMERON, Origin oí bilateral body plans: evolution of developmental regulatory mechanisms, Science, 270 (1995) 1.319-1.325.
[32] Cf. S.A. NEWMAN. «Developing systems. Lineage and pattem in the developing vertebrate limbs», Trends in Genetics, 4 (1988),329-332; P. HUNT, R. KRUMLAUF, «Hox genes coming to head», Current Biology, 2 (1991) 304-306; D.A. MELTON, «Vertebrate embryonic induction: Mesodermal and neural patteming», Science, 266 (1994), 596-604; D.I. ROBERTS, C. TABIN, «The genetics of human limb development», American Journal of Human Genetics, 55 (1994) 1-6; R. KRUMLAUF, C.I. TABIN, «Pattem formation and the developmental mechanisms», Current Opinion in Genetics and Development, 5 (1995),423-425; I. KIMBLE, I. SMITH, «Pattern formation and developmental mechanism», Current Opinion in Genetics and Development, 6 (1996),391-394.
[33] Cf. I.D. MOLKENTIN, E.N. OLSON, «Defining the regulatory networks for muscle development», Current Opinion in Genetics and Development, 6 (1996),445-453; H.L. MOSES, R. SERRA, «Regulation by TGF-f3», Current Opinion in Genetics and Development, 6 (1996),581-586.
[34] Cf. B. GEIGER, «Adherin and catherin», Current Biology, 1 (1991), 237-238; M. TAKEICHI, «Catherin cell adhesion receptors as a morphogenetic regulator», Science, 251 (1991), 1451-1456; P.W. INGHAM, «Signalling by hedgehog family proteins in Drosophila and vertebrate development», Current Opinionin Genetics and Development, 5 (1995),495-498.
[35] Cf. T.P. YAMAGUCHY, I. ROSSANT, «Fibroblast growth factor in mammalian development», Current Opinion in Genetics and Development, 5 (1995), 485-491
[36] Cf. L. WOLPERT, «Do we understand development?», Science, 266 (1994), 571
[37] Cf. C.H. W ADDlNGTON, Principies of Embriology, O. Allen and Uwin, Londres, 1956, p. 10.
[38] Cf. J. VAN BLERKOM. «Extragenomic regulation and autonomous expression of a developmental program in fue early mammalian embryo», Annals ofthe New York Academy of Sciences. 442 (1985).61.
[39] Cf. N.M. FORD, When did I begin? Conception of the human inidividual in history, philosophy and science, Cambridge University Press, Cambridge, 1988, p. 145. A medida que disponemos de nuevos datos citológicos y moleculares sobre los embriones precoces del mamífero, queda sin fuerza la afirmación de Ford de que «al menos hasta el estadio de 8 células en el embrión humano hay 8 individuos distintos, más que un solo individuo multicelular» (p. 137).
[40] Cf. D.G. MyLES, P. PRIMAKOFF, «Why did the sperm cross the cumulus? To get to the oocyte. Functions pf the sperm surface protein PH-20 and fertlin in arriving at, and fusing wifu, fue egg», Biology of Reproduction, 56 (1997),320-327.
[41] Cf. W.J. GEHRING, «Homeo-boxes in the studuy of development», Science, 236 (1987), 1.245-1.251, p. 1.245.
[42] Cf. lnstrucción «Donum vitae» sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, 22 de febrero de 1987, A AS 80 (1988), 70-102, p. 82
[43] Cf. N.M. FORO, op. Cit., ppo 137-146; M.J. COUGHLAN, The Vatican, the Law and the Human Embryo, MacMillan, Basingstoke, 1990, pp. 6970, sostiene que «en el desarrollo del embrión humano, hasta el estadio de ocho o dieciséis células, cada célula es un individuo independiente, en el sentido que una vez que ha sido formada es orgánicamente bastante independiente de las otras, y, en realidad, podría alejarse del resto si no fuese retenida en su lugar por la zona pelúcida»
[44] Cf. A. McLAREN, «Prelude to embryogenesis», en THE CIBA FOUNDATION, Human Embryo Research, res or no? , Tavistock, Londres/Nueva York, 1986, pp. 5-23, esp. p. 12.
[45] Cf. D.J. JONES, B. TEFLER, «Before I was an embryo, I was pre-embryo or was i?», Bioethics, 9 (1995), 47,
[46] Cf. W. RUFF, «Individualität und Personalität im embryonalen Werden. Die Frage Nach dem Zeitpunkt der Geistbeselung», Theologie und Philosophie, 45 (1970), 25-49; N.M. FORO, op. cit., pp. 132-137.
[47] Cf. P. PROPPING, I. KRUEGER, «Über der Hiiufigkeit von Zwillingsgeburten», Deutsche Medizinische Wochenschrift, 101 (1976), 506-512, P.M. LAYDE, I.D. ERICKSON, A. FALEK. B.I. MCCARTY, «Congenital malformations in twins», American Journal of Human Genetics, 32 (1980), 69-78; H.I. LANDY, S. WEINERT, S.L. CORSON, F.R. BATZER, R.I. BOLOGNESE, «The «vanishing»twin: ultrasonographic assesment of fetal disappereance in the first trimester», American Journal of Obstetrics and Gynecology, 155 (1986), 14-19.
[48] Cf. C.E. BLOKAGE, «On the timing of monozygotic twinning events», Progress in Clinical and Biological Research, 69(A) (1981), 155-165; id., «Twinning, non-righthandedness and fusion malfonnation: evidence for heritable causal elements held in common», American Journal of Medical Genetics, 28 (1987), 67-84.
[49] Cf. G.B. COTÉ, I. GYFGODINOU, «Twinning and mitotic crossing over: some posibilities and their implications»,American Journal of Human Genetics, 49 (1991),120-130.
[50] Cf. I.G. ROGERS, S.M. VOULLAIRE, H. GOLD, «Monozygotic twins discordant for trisomy 21», American Journal of Human Genetics, 11 (1982),143-146; T. HASSOLD, «Mosaic trisomic in human spontaneous abortions», Human Genetics, 61 (1982), 31-35; C.E. SCHWAR1Z, S.M. SAUER, A.M. BROWN, R.A. SAUL, R.F. STEVENSON, «Detection of DNA fingerprint differences in monozygotic twins discordant for the Proteus Syndrome»,Cytogenetics and Cell Genetics, 51 (1989), 1075.
[51] Cf. F. AREL, «Nascita e morte dell'uomo: prospettive de11a bio1ogia e della medicina», en S. BIOLO (coord.), Nascita e morte dell' Uomo: Problemi Filosofici e Scientifici della Bioetica, Marietti, Génova, 1993, pp. 3753