NUEVAS INVESTIGACIONES REAFIRMAN EL ORIGEN
AFRICANO DE LA HUMANIDAD
Eva mitocondrial y Adán cromosoma Y,
protagonistas de un debate
Hasta hace dos décadas, y durante más de
un siglo, los fósiles han sido los protagonistas
indiscutibles en el escenario que trata de
reconstruir el pasado evolutivo de la Humanidad.
Pero ese cuadro ha cambiado drásticamente,
gracias al extraordinario desarrollo de la
Biología molecular y de la Genética, y muy
especialmente desde que en los años ochenta
se hizo posible la secuenciación del ADN
de las células. Ahora son los genes, actuales
o antiguos, los que reclaman ese protagonismo,
pues en ellos se encuentran al parecer las
claves de nuestro pasado.
La filogenia molecular ha encontrado una
amplia gama de marcadores genéticos que están
abriendo, en efecto, nuevas y muy prometedoras
perspectivas. Los investigadores tratan de
“leer” en los genes la información que explicaría
el origen y posterior dispersión de los linajes
moleculares de las mujeres –“escritos” en
el ADN mitocondrial– y de los hombres –en
el cromosoma Y–, así como el ulterior desarrollo
de las migraciones humanas que se han venido
produciendo desde nuestros orígenes. Con
ese telón de fondo, tuvo lugar el pasado
mes de abril en el Museo de la Ciencia de
Barcelona un simposio en el que se dieron
cita algunos de los más destacados expertos
en la materia.
En su intento de desvelar la historia biológica
del hombre moderno, la ciencia moderna ha
proporcionado en los últimos años diversas
clases de pruebas que merecen una especial
atención. Una de ellas proviene del estudio
de los genes contenidos en las mitocondrias
(ADN mitocondrial, o ADNmt), que se transmiten
sólo por vía materna. La tasa de cambio por
mutaciones del ADNmt es bastante más alta
que la del ADN del núcleo de las células,
ya que las mutaciones no se pierden en las
recombinaciones de las copias de los genes
que se transmiten a la descendencia. Por
esta razón las secuencias de nucleótidos
del ADNmt, juntamente con su transmisión
uniparental, aportan información muy valiosa
para cuantificar la divergencia genética
de las poblaciones humanas en función del
tiempo.
La reconstrucción de nuestra historia biológica,
a partir del análisis de los genes de las
poblaciones actuales, se basa en el hecho
de que personas distintas tienen versiones
distintas de un mismo gen. Seleccionando
varios genes en personas de orígenes geográficos
distintos y analizando las diferencias genéticas
entre ellas, se puede calcular el tiempo
transcurrido desde el comienzo del proceso
de diferenciación. Y a partir de ese origen
es posible también reconstruir la genealogía
de la Humanidad.
Si, como parecen indicar los datos genéticos,
el origen del hombre moderno aconteció en
África, cabe esperar que las poblaciones
africanas muestren entre sí una mayor heterogeneidad
genética que las poblaciones de otras partes
del mundo. Efectivamente, eso es lo que sucede,
tal como ya puso de manifiesto el estudio
llevado a cabo en 1986 por Cann, Stoneking
y Wilson, de la Universidad de California
en Berkeley, uno de los grandes hitos en
la historia de la Biología evolutiva moderna.
Otra prueba proviene de los estudios multidisciplinares
dirigidos durante los últimos años por L.
L. Cavalli-Sforza, de la Universidad de Stanford.
Gran parte de su trabajo se ha centrado en
la correlación que existe –y que es, no cabe
duda, sorprendente– entre la distribución
de genes y de lenguas en el árbol filogenético
de las principales etnias humanas.
La hipótesis conocida como Eva mitocondrial dio mucho qué hablar a la comunidad científica
a finales de los ochenta, tras la publicación
del estudio llevado a cabo por el equipo
de Wilson. Dicha hipótesis proponía que toda
la humanidad desciende de un tipo de mujer que vivió en África hace entre 190.000 y
200.000 años. Esa mujer sería muy pronto conocida como Eva negra. En realidad, se hablaba de una población
(un tipo de mitocondrias), y no de un individuo
concreto, como a veces parece sugerir la
literatura científica.
Los resultados de dicha investigación suscitaron
una fuerte polémica desde que la revista
Nature[1] los hizo públicos el primer día del año
1987. Basándose en el análisis del ADNmt
de 147 personas procedentes de diferentes
regiones geográficas, los investigadores
buscaban un sistema capaz de "tirar
del hilo genético", por así decirlo,
hasta llegar a la primera mujer, o sea, hasta la población femenina de Homo sapiens que habría aportado las mitocondrias de todos
los humanos actuales. En dicho estudio, se
prestaba especial atención a las diferencias
genéticas observadas entre los distintos
grupos humanos estudiados. Así, los ADNmt
de los africanos mostraban entre sí una mayor
diversidad genética que la observada en el
grupo que incluía al resto de poblaciones
analizadas. Esto se interpretó como una clara
evidencia de que la población africana era,
por lo pronto, la más antigua de todas.
Wilson y sus colaboradores calcularon también
el tiempo transcurrido desde el momento en
que se supone debió producirse la separación
de todas las líneas de ADNmt. Los resultados
pronto se convirtieron en una auténtica bomba
informativa: el hombre moderno racialmente
indiferenciado —se dijo— apareció hace unos
200.000 años y solamente en África. Lo cierto
es que desde entonces dicha investigación
se ha venido considerando como uno de los
más sólidos fundamentos del modelo de dispersión
de África (o modelo Arca de Noé), según el cual todos los humanos actuales
se remontan a un tronco materno común, de origen africano, en el
que convergen todas las líneas de ADNmt.
Cálculos posteriores a los de Wilson, señalan
que esa población de mujeres vivió en África
hace unos 150.000 años. Esta nueva datación
parece ser más concordante con la que se
atribuye –a partir del registro fósil– a
los Homo sapiens más antiguos. En efecto, los fósiles humanos
con rasgos modernos primitivos hallados en
Sudáfrica y en África oriental, cuya antigüedad
se cifra en unos 120.000 años, suelen ser
citados como una evidencia más de la monogénesis
africana.
Es bien sabido que casi todos los investigadores
de nuestros orígenes comparten posturas decididamente
neodarwinistas, es decir, poligenistas: la
Humanidad actual descendería, según esta
hipótesis, de una población más o menos numerosa
de individuos, y no de una pareja inicial,
como afirman los defensores del monogenismo.
Francisco Ayala (Universidad de California
en Irvine) piensa que el número de mujeres de las que supuestamente
descendemos los humanos actuales nunca fue
inferior a mil, ni superior a cinco mil. En todo caso, esta clase de apreciaciones
no pasan de ser suposiciones basadas en cálculos
estadísticos y simulaciones por ordenador
que quizás tienen poco que ver con lo que
realmente ocurrió. De hecho, algunos destacados
poligenistas, como el mismo Ayala, admiten
la posibilidad de un escenario diferente:
“Teóricamente –explica este científico– es posible que una especie descienda de una
sola hembra gestante...” (La Vanguardia, 7-V-2001). Y es que la historia de Adán y Eva —el “mito”,
suele decirse en círculos poligenistas—,
o sea, de la pareja que funda una especie,
es hoy posible para la biología. Lo ha sido,
en efecto, en otras especies, como lo demuestran
las 600 variedades genéticas de moscas drosófilas que viven actualmente en Hawai, descendientes
todas ellas de una sola hembra fecundada.
Los autores de los primeros estudios que
se realizaron a partir del ADNmt no significan
—ni lo pretendían— haber probado científicamente
el monogenismo. Resultan por ello un tanto
gratuitas algunas afirmaciones, como las
que podían leerse en alguno de los periódicos
que dieron cobertura al simposio celebrado
en Barcelona: “No es cierto —titulaba uno de ellos— que toda la humanidad descienda de una Eva
negra que vivió en África hace unos 150.000
años” (La Vanguardia, 7-V-2001). Aparte de otras
muchas cosas, hoy sabemos gracias a la genética
que la pigmentación de la piel es un suceso
biológico muy reciente en nuestra historia
evolutiva; en este sentido, resulta del todo
irrelevante que esa “Eva” de la que hablan
los científicos fuese negra o de otro color.
Por otra parte, tampoco se puede afirmar
con rotundidad, a partir de los datos actualmente
disponibles, que la humanidad no tenga su
origen más remoto en una sola mujer.
Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que,
pese a las diversas explicaciones que intentan
desvelar los posibles mecanismos de especiación,
los científicos siguen buscando respuestas
al que, todavía hoy, sigue siendo el problema
central de la biología de la evolución: ¿Cómo
nace una especie? Cuestión que se torna aún
más compleja cuando nos interrogamos acerca
de nuestra propia historia evolutiva: ¿Cómo
nació la especie humana? Desde el punto de
vista científico, no se puede negar a priori, ni tampoco afirmar, que toda la humanidad
descienda en su origen más remoto de una
única pareja, y que en tiempos más recientes,
hace unos 150.000 ó 200.000 años, el suelo
africano estuviese ya poblado por varios
miles de (Evas mitocondriales) descendientes de esa primera pareja.
En 1995, un equipo de científicos japoneses
dirigido por Satoshi Horai, intentó precisar
aún más la antigüedad de Eva mitocondrial. Sus resultados, basados también en numerosos
análisis del ADNmt, sugieren que esa mujer,
o población de mujeres, vivió en África hace
143.000 años. Posteriores estudios realizados
por ese mismo equipo, sobre la base de la
diversidad genética observada en treinta
poblaciones humanas de todo el mundo (incluyendo,
entre otras, la africana y la europea), revelan
una buena concordancia entre la relación
genética y la distribución geográfica de
dichas poblaciones. Se observa que la mayor
diversidad genética (superior al 2%) se da,
en efecto, en las poblaciones africanas, y la menor
(en torno al 1%) en las europeas. La población
africana, entonces, habría divergido en primer
lugar y antes que las demás poblaciones (europeos,
asiáticos, etc.), lo que reforzaría adicionalmente
la teoría que defiende el origen africano
de nuestra especie y la posterior dispersión,
desde ese continente, al resto del planeta.
La antigüedad de los sucesos evolutivos que
intentan datar los científicos a partir del
material genético es, sin duda, uno de los
objetivos más complicados en esta clase de
trabajos. En 1987, Wilson y su equipo calcularon
para Eva mitocondrial una edad de entre 190.000 y 200.000 años.
Ocho años después, Horai le asigna una antigüedad
de 143.000 años. Otros, como Francisco Ayala,
hablan actualmente de una “población ancestral”
que vivió en África hace entre 100.000 y
200.000 años. Por su parte, Luca Cavalli-Sforza
(Universidad de Stanford, California) estima
para esa misma población una antigüedad de entre 100.000 y 170.000
años. Andamos, qué duda cabe, sobre un terreno escurridizo, en el que por
el momento no existe entre los científicos
una postura unánime y compartida.
Las diferencias de calibración temporal en
torno a nuestros orígenes siembran, como
cabía esperar, algunas dudas acerca de la
validez de los métodos y cálculos empleados
por los genetistas. Al mismo tiempo, ponen
también de relieve algunas de las limitaciones
que tienen los investigadores en su trabajo.
Por lo pronto, el método del carbono 14 —el
más aplicado en fósiles modernos— resulta
poco fiable cuando se retrocede en la escala
temporal más allá de los 35.000 ó 40.000
años de antigüedad, de modo que los “buscadores”
de las huellas de nuestro pasado han de aplicar
otros métodos de datación, no tan precisos
como los radiométricos. Se ha de tener en
cuenta así mismo que en las estimaciones
de antigüedad a partir de ADNmt, los genetistas
aceptan como intervalo de confianza un error estándar del 20%. Así, la datación
de Horai para Eva mitocondrial (143.000 años) abarcaría en realidad un
amplio intervalo de tiempo, comprendido entre
los 115.000 y los 170.000 años, aproximadamente.
En este campo —ha señalado Ayala[2]— “el nivel de incertidumbre, cuando hacemos
estimaciones de tiempo, es muy elevado”.
Algunos científicos piensan que las calibraciones
de tiempo basadas en los “relojes moleculares”
tienen una “fiabilidad”, cuando menos, bastante
mediatizada. Los cálculos estadísticos que
hacen algunos genetistas se basan, en efecto,
en suposiciones que no pasan de ser más que
simples conjeturas, como por ejemplo la presunción
(que podría ser ficticia) de que la tasa
en el ritmo de mutaciones es constante a
lo largo del tiempo, cuando, de hecho, se
sabe que en muchos casos no lo es.
Las simulaciones por ordenador y los cálculos
estadísticos comportan además otra dificultad,
y es que no tienen en cuenta las mutaciones
que realmente debieron producirse en las distintas poblaciones; esas mutaciones se han de suponer también,
con todo el margen de inseguridad que ello
conlleva. A ello se refería Francisco Ayala,
cuando afirmaba: “lo que hacemos en biología molecular es ficticio; pero es lo mejor que podemos
hacer para intentar responder a las preguntas
que nos hacemos”. Resultan así razonables las llamadas a
la cautela que hacen algunos científicos,
quienes reclaman “una mente abierta frente a los progresos
de la paleontología, ya que sin ese anclaje
–el que proporcionan los fósiles– podríamos estar moviéndonos en aguas muy
profundas, o sobre hielo muy fino”[3].
Adán cromosoma Y
Si el valor de los genes mitocondriales en
esta clase de trabajos resulta evidente,
por transmitirse intactos y sin mezclas de
las madres a su descendencia, otro tanto
cabe decir de los que se transmiten —también
sin mezcla— de los padres a los hijos (sólo
a los varones). Estos genes se encuentran
en la sección no recombinante del cromosoma
sexual masculino o cromosoma Y. Las investigaciones[4] llevadas a cabo sobre este cromosoma en
1986, ya apuntaban de hecho en la misma dirección
que los realizados por el equipo de Wilson
(sobre ADNmt) por aquellas mismas fechas.
Más recientemente, un equipo internacional
de científicos dirigido por Peter Underhill[5] (Universidad de Stanford) ha estado buscando
en ese cromosoma a nuestros antepasados en
la línea paterna, es decir, al denominado
Adán cromosoma Y, que sería —al menos teóricamente, en términos
genéticos— el homólogo de Eva mitocondrial. Con datos procedentes de más de mil hombres
oriundos de 22 áreas geográficas diferentes,
este equipo ha dibujado un árbol genealógico
de la humanidad, llegando a la conclusión
de que nuestro ancestro común, o sea, el
hombre (o población de hombres) cuyos genes
del cromosoma Y aparecen hoy en todos los
varones del mundo, vivió también en África.
Eso no ha hecho sino confirmar lo que muchos
esperaban. Lo realmente sorprendente de ese
estudio es que el susodicho ancestro apareció
—dicen sus autores— hace tan sólo 59.000
años, o sea, 84.000 años después que Eva mitocondrial. A primera vista, este nuevo dato parece
poner en aprietos a los partidarios de un
origen monogenista. Y eso es lo que, con
un cierto deje de ironía, expresaba la nota
informativa que la revista Nature Genomics —tal vez para dar mayor atractivo a la investigación
realizada— hizo circular poco antes de la
publicación del artículo: “Adán y Eva —decía la nota— quizás no se encontraron”.
Uno de los riesgos derivados del uso en trabajos
científicos de nombres tomados de la Biblia
(Adán, Eva, Noé, etc.) es el de mezclar las
conclusiones científicas con datos que no
son, ni pretenden ser, científicos. Simplemente,
no procede cotejar datos científicos, con
otros que no lo son. Ciertamente, cuando
leemos informaciones relacionadas con Eva mitocondrial o con Adán cromosoma Y, resulta difícil no pensar, aunque sólo sea
de pasada, en los personajes bíblicos. Pero,
llegados a este punto, debería siempre aclararse,
para evitar equívocos, que cuando se habla
de Adán y Eva en términos genéticos, se alude
generalmente a poblaciones, o a los genes
detectados en ellas, y no a los personajes
de quienes se habla en los primeros capítulos
del Génesis. Esas denominaciones son sólo
modos de referirse a los troncos comunes
en los que, según los datos científicos,
parecen converger los linajes humanos masculino
y femenino. Desde luego, no pretenden ni
de lejos desvelar la edad, o la historia
(ni cualquier otro rasgo) de quienes muchos
consideran —por razones no precisamente científicas—
como los primeros padres de la Humanidad.
El dato de Underhill plantea, como ya se
apuntó, una contradicción que es no sólo
aparente, sino también engañosa.
El hecho de que biológicamente haya explicación
o no al monogenismo no es una cuestión especialmente
relevante. Lo cierto es que hoy en día se
barajan diversas hipótesis biológicamente
viables. Una de ellas, basada en recientes
investigaciones, habla de una reestructuración
cromosómica, debida fundamentalmente al paso
de información del cromosoma X al Y, como
posible mecanismo de especiación humana.
Se trataría, según los genetistas que ha
estudian, de una reestructuración fuerte y drástica
(un “salto”, y no una acumulación gradual
de mutaciones en una población), que posibilitaría
un monogenismo desde un solo hombre. La ciencia
quizás acabe aportando nuevos datos en esta
línea de investigación. Entre tanto, sigue
prevaleciendo entre los científicos el prejuicio
neodarwinista, que ofrece la hipótesis poblacionista
como único modelo de especiación.
Amplitud de miras
La datación realizada por el equipo de Underhill
tuvo una buena acogida por parte de quienes
interpretan el relato bíblico del Génesis
como una mezcla de mitos y leyendas de los
pueblos orientales primitivos. No obstante,
los autores de dicha investigación se muestran
mucho más cautos en sus apreciaciones que
quienes suelen comentar sus resultados. Así,
Peter Oefner, uno de los investigadores del
equipo de Stanford, ofreció esta explicación:
"Hace 59.000 años, un solo cromosoma
Y empezó a predominar...Todos los demás cromosomas
Y que venían de los tiempos de Eva, 84.000
años antes, se acabaron perdiendo. La razón
de esto podría ser la selección sexual, es
decir, que las mujeres preferían sistemáticamente
a un tipo de hombres que tendían a llevar
el nuevo cromosoma. O quizá esos hombres
tenían alguna ventaja selectiva en la caza
o en la lucha". Los autores de la investigación se cuidan
muy mucho de no mencionar a los personajes
bíblicos, limitándose a exponer un trabajo
desarrollado a lo largo de trece años; un
trabajo que, en resumidas cuentas, permite
inferir que la especie humana actual nació
en África oriental hace unos 143.000 años
y que 84.000 años después se impuso un nuevo
tipo de varón.
Los estudios basados en el análisis del ADN
dejan abierto un margen de posibilidades
muy amplio, principalmente en el aspecto
temporal. Ya se comentó esa circunstancia
en relación con el ADNmt. Por lo que respecta
a los marcadores del cromosoma Y, si bien
la antigüedad media estimada para Adán cromosoma Y es de 59.000 años, en realidad dejan abierta
la posibilidad de que esos posibles ancestros
tuviesen una antigüedad de casi 90.000 años,
lo que muestra ya una mayor proximidad con
las estimaciones de edad hechas para Eva mitocondrial.
Los datos genéticos parecen confirmar, en
fin, que el lugar de origen de los humanos
modernos, hace unos 100.000 años, es África,
y más concretamente el Este del continente.
Otras investigaciones[6] han señalado incluso a los bosquimanos Kung
y a los pigmeos de Biaka, como las poblaciones
actuales ligadas a los linajes humanos más
antiguos. En todo caso, no parece que existan
razones científicas para poner en duda el
relato bíblico que narra la creación por
parte de Dios del primer hombre y de la primera
mujer, ni la historia de su descendencia.
Quienes así lo hacen, quizás pierden de vista
que la Biblia no pretende dar nociones científicas.
Sí nos da, sorprendentemente, el sentido
y significado de lo que sabemos por las ciencias
empíricas. En este sentido, resulta reveladora,
y a la vez sugerente, la lectura de las primeras
páginas del Génesis, donde se recoge una
historia asombrosamente armónica con los
datos que aportan las investigaciones provenientes
de la biología molecular y de la genética.
Unidad genética y lingüística
Entre los argumentos favorables al modelo
de dispersión africano, cabe destacar la
correlación que se ha observado entre distribución
de genes y de lenguas en el árbol filogenético
de las etnias humanas. En este sentido, es
de obligada mención el estudio realizado
en 1988 por Cavalli-Sforza[7], al cual se debe la primera síntesis de
las bases teóricas de la genética de poblaciones
actual y el primer intento de elaborar una
historia de diferenciación entre los grupos
étnicos humanos.
Posteriores investigaciones[8] de este y otros científicos, muestran la
confluencia de todas las etnias actuales,
hace algo más de 100.000 años, en una única
población africana. Una conclusión coincidente
en líneas generales con los resultados obtenidos
en 1995 por la doctora Johanna Nicols (Universidad
de California en Berkeley), según los cuales
existe una clara superposición de los parentescos
lingüístico y genético entre las diversas
poblaciones humanas actuales.
Según estos científicos, las 5000 lenguas
actualmente existentes en el mundo tienen
su origen más remoto en una protolengua que existió hace unos 100.000 años en el
Este de África, o quizás en Oriente Medio.
De hecho, Cavalli-Sforza va todavía más lejos
en sus conclusiones: la clave del éxito en
la expansión del hombre moderno se encuentra,
según este investigador, en el lenguaje y
no tanto en el desarrollo de las tecnologías,
como se ha venido insistiendo durante mucho
tiempo.
La idea de que el arte es posterior al lenguaje
y que “somos lo que somos, porque hablamos” es, en efecto, una de las tesis más novedosas
defendidas por Cavalli-Sforza, quien ha sugerido
la idea de que, para comprender el hombre
moderno, es más importante el lenguaje que
las industrias líticas. La apuesta parece
gratuita, pues de hecho no sabemos prácticamente
nada acerca de esa supuesta lengua ancestral;
los análisis lingüísticos, en efecto, sólo
permiten retroceder hasta hace unos pocos
miles de años. En todo caso, la correlación
que se observa entre los genes y las lenguas
actuales podría explicar, entre otras cosas,
el hecho de que todos los Homo sapiens, y sólo ellos, llegasen a tener un dominio
del lenguaje.
En otro orden de cosas, hoy más que nunca
se puede afirmar que las investigaciones
llevadas a cabo en los últimos años indican,
y cada vez con más contundencia, que la presunta
oposición entre evolución y acción divina
carece de fundamento. Sorprende, en este
sentido, que algunos de los más destacados
biólogos moleculares no tengan reparo en
declararse entusiastas defensores del diálogo
entre ciencia y religión, y reconozcan abiertamente
que la evolución y la acción divina son compatibles.
Uno de ellos, Francisco Ayala, refiriéndose
a la creación a partir de la nada, afirma
que “es una noción que, por su propia naturaleza,
queda y siempre quedará fuera del ámbito
de la ciencia”. Así mismo, admite que “otras nociones que están fuera del ámbito
de la ciencia son la existencia de Dios y
de los espíritus, y cualquier actividad y
proceso definido como estrictamente inmaterial”[9].
En sus escritos más recientes, Ayala recoge
también algunas ideas estrictamente teológicas:
“la existencia y la creación divinas —dice Ayala— son compatibles con la evolución y otros
procesos naturales. La solución reside en
aceptar la idea de que Dios opera a través
de causas intermedias... La evolución también puede ser considerada como un proceso
natural a través del cual Dios trae las especies
vivientes a la existencia de acuerdo con
su plan”[10]. Son ideas cuando menos sorprendentes, si
se tiene en cuenta que han sido escritas
por uno de los más destacados representantes
del neodarwinismo actual, convencido defensor
del poligenismo.
Ideas, en todo caso, que recuerdan también
de manera muy significativa estas otras de
Juan Pablo II: “desde el punto de vista de la doctrina de
la fe, no se ven dificultades para explicar
el origen del hombre, en cuanto cuerpo, mediante
la hipótesis del evolucionismo. Es preciso,
sin embargo, añadir que la hipótesis propone
solamente una probabilidad, no una certeza
científica. En cambio, la doctrina de la fe afirma de
modo invariable que el alma espiritual del
hombre es creada directamente por Dios. O
sea, es posible, según la hipótesis mencionada,
que el cuerpo humano, siguiendo el orden
impreso por el Creador en las energías de
la vida, haya sido preparado gradualmente
en las formas de seres vivientes antecedentes.
Pero el alma humana, de la cual depende en
definitiva la humanidad del hombre, siendo
espiritual, no puede haber emergido de la
materia”[11].
Con todo, la aparición en el escenario evolutivo
de nuestros ancestros sigue envuelta en el
misterio. Cierto es que las investigaciones
genéticas parecen estar a punto de despejar
algunas de las grandes incógnitas en relación
con nuestros orígenes. Pero eso no significa
que los científicos tengan en relación con
estas cuestiones la última palabra. La ciencia
puede ser de mucha ayuda para saber qué ocurrió, pero sólo por medio del razonamiento
filosófico y teológico se pueden dar respuestas
a otras preguntas que nunca podrán responderse
a través de la ciencia experimental, como
por ejemplo: ¿por qué ocurrió?, ¿quién lo planeó y llevó a término?, ¿por
qué lo hizo?.
Octavio Rico
20 de octubre, 2001
[1] CANN, R., STONEKING, M. y WILSON, A., Mitochondrial DNA and human evolution, Nature, 325, (1987), 31-36
[2] Ayala, F., Polimorfismos genéticos y evolución de los seres humanos modernos, Jornadas sobre “Evolución molecular humana”, Museo de la Ciencia de la Fundación “La Caixa” (Barcelona, 24-25 de abril, 2001)
[3] ARNASON, U., Estimaciones de las divergencias moleculares entre primates, en particular hominoides, Jornadas sobre “Evolución molecular humana”, Museo de la Ciencia de la Fundación “La Caixa” (Barcelona, 24-25 de abril, 2001)
[4] NGO, K.Y., VERGNAUD, G., JOHNSSON, Ch., LUCOTTE, G., y WEISSENBACH, J., A DNA Probe Detecting Multiple Haplotypes of the Human Y Chromosome, Am. J. Hum. Genet., 1986, 38, 407
[5] UNDERHILL, P. et al., Nature Genetics, noviembre (2000).
[6] WALLACE, D.C., El uso de los genes paternales y maternales para elucidar los orígenes humanos y las enfermedades complejas , Jornadas sobre “Evolución molecular humana”, Museo de la Ciencia de la Fundación “La Caixa” (Barcelona, 24-25 de abril, 2001)
[7] CAVALLI-SFORZA, L.L., Genes, pueblos y lenguas, Investigación y Ciencia, 184, (1992), 4
[8] CAVALLI-SFORZA, L.L., MENOZZI, P. y PIAZZA, A., The history and Geography of Human Genes. Princeton University Press. (1995).
[9] AYALA, F., La teoría de la evolución. De Darwin a los últimos avances de la genética, Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1994, p. 147.
[10] Ibid., pp. 21-22
[11] JUAN PABLO II, Audiencia general, El hombre, imagen de Dios, es un ser espiritual y corporal, 16 abril 1986: Insegnamenti, IX, 1 (1986), p. 1041.